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El pirata en su laberinto

Las instancias diplomáticas no se rigen por el derecho positivo con implementación asegurada por el poder de policía, sino por el más lábil derecho internacional, siempre sujeto a interpretaciones y acuerdos. Nelson Gustavo Specchia.

25 de agosto de 2012 a las 12:01 a. m.
Nelson Gustavo Specchia*
El pirata en su laberinto

Julian Assange, el hacker que provocó la mayor filtración de secretos de los tiempos modernos, confió en que la vía diplomática podría librarlo de la encerrona judicial. Pero las instancias diplomáticas no se rigen por el derecho positivo con implementación asegurada por el poder de policía, sino por el más lábil derecho internacional, siempre sujeto a interpretaciones y a acuerdos que, en definitiva, expresan la voluntad política de los gobiernos.Su intento de salida de un laberinto lo ha metido en otro, cruzado de relaciones de poder entre las cuales Assange, el pirata, se difumina al punto de aparecer como una ficha que mueven otros intereses. Las cuatro esquinas. Los protagonistas no se esfuerzan en disimular lo que el "caso Assange" implica para cada quien, aunque se expresen en el oscuro lenguaje diplomático. El periodista australiano sostiene que Suecia pide su extradición desde Gran Bretaña, por presuntos abusos sexuales, con el fin de permitir su reclamo por Estados Unidos para ser juzgado allá por revelar secretos de Estado: los 700 mil cables del Pentágono que robara el soldado Bradley Manning y que WikiLeaks pusiera a disposición de todo el mundo.Por eso, Assange no se dirige a las autoridades británicas, ni a las suecas, ni a las de su Australia natal, sino directamente al presidente de los Estados Unidos.En su teatral salida al balcón del victoriano edificio de Knightsbridge, Assange le pidió a Barack Obama que terminara con la caza de brujas desatada contra los autores de la filtración.La portavoz del departamento de Estado, Victoria Nuland, negó la acusación y aseguró que el actual juicio militar al soldado Manning no tiene relación con los delitos sexuales que se ventilan en los tribunales suecos.Sin embargo, es claro el resentimiento de la administración norteamericana contra WikiLeaks. La propia Hillary Clinton manifestó que había puesto en riesgo la seguridad del personal estadounidense en el extranjero.La difusión de los cables consulares ha empujado a modificar todo el sistema de comunicaciones del Departamento de Estado y fue un auténtico golpe a la confiabilidad de la primera potencia mundial.No son pocas las voces, especialmente entre los republicanos, que sostienen que tamaña ofensa al orgullo de los Estados Unidos obliga a un enjuiciamiento de Assange por tribunales norteamericanos y –de encontrárselo culpable– inclusive a su condena a la pena capital.Otra esquina de ese laberinto es su abogado defensor. Baltasar Garzón, el ex juez de la Audiencia Nacional española, también tiene intereses que exceden el caso en sí mismo.Garzón es un activo defensor de los derechos humanos, especialmente los conculcados por las dictaduras y los autoritarismos. Acaba de ser aclamado por ello por el Parlamento argentino y recibió el agradecimiento de la presidenta de la Nación, mientras seguía la sesión legislativa sentado entre dos Madres de Plaza de Mayo.Garzón fue quien pidió la extradición a España del ex dictador Augusto Pinochet, a quien el gobierno británico concedió un asilo pleno, ese que hoy le niega a Assange. Aquella vez, Gran Bretaña contestó negativamente la solicitud del juez madrileño y permitió que Pinochet volviera a Chile, por razones humanitarias: la avanzada edad del tirano y su delicado estado de salud. (Un Pinochet ancianito, con cara de enfermo y en silla de ruedas, subió al avión en Heathrow, pero bajó por sus propios pies en Santiago, sonriente, saludable y fuerte).Ahora, Garzón, a quien acaban de echar vergonzosamente de su tribunal en virtud de una acusación impulsada por la corporación franquista de abogados, tiene la posibilidad de cobrarse una vieja deuda.En todo caso, Garzón sostiene que un gran jurado constituido en Alexandria, Virginia, estaría llevando una investigación en secreto sobre el jefe de WikiLeaks, y, aunque se desconocen aún los eventuales cargos, estos podrían ser los de espionaje, traición y colaboración con el enemigo.Con semejantes acusaciones, la instrucción secreta del sumario conduce, en la interpretación del abogado, a una situación de total indefensión para Assange.Ante este panorama, la decisión de pedir asilo diplomático parece más que justificada. El ex juez sostiene que, si Londres no extiende el salvoconducto para que pueda salir de la embajada y del país, apelará el caso a la Corte Internacional de Justicia. Reflectores. Rafael Correa, la última esquina del laberinto, ha conseguido que todos los focos le apunten. Su pelea interna contra "las seis familias", propietarias de los principales medios de comunicación en Ecuador, ha quedado enterrada bajo el nuevo protagonismo internacional del presidente en pos de la libertad de opinar y de difundir noticias. A nivel regional, Unasur y Alba lo respaldaron sin fisuras, y hasta la OEA –a pesar de las renuencias norteamericana y canadiense– tuvo que reunirse ayer en Washington para apoyar la inviolabilidad de la Embajada de Ecuador en Londres. Al gobierno de David Cameron no le quedará otra que negociar bilateralmente con Correa.Y en ese plano iluminado, es posible que Assange encuentre una pequeña salida al laberinto en que se metió. De lo contrario, deberá acostumbrarse a los escuetos metros de su piecita en el tercer piso del edificio de Knightsbridge. Hay antecedentes de asilos en legaciones diplomáticas que han durado años, incluso décadas.

*Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)