Pinta tu aldea
Un día, en su exilio en México, Álvaro García Linera exclamó: “No moriré sin ver un indio en la presidencia de Bolivia”. Ángel Stival.
Un día, en su exilio en México, Álvaro García Linera exclamó: "No moriré sin ver un indio en la presidencia de Bolivia". La semana pasada, Página 12 publicó una entrevista a García Linera en su condición de vicepresidente del aimara Evo Morales, en la que cuenta que, pasado el momento de asombro de propios y extraños, de construcción de una voluntad de poder, de consolidación y unificación de la base social de ese poder, están en una meseta en la que emergen las contradicciones internas por el reparto del botín, las tentaciones populistas de quedarse con todo y los peligros de caer en la edificación de otro corporativismo.¡Increíble! Aimaras, quechuas, guaraníes y otras etnias minoritarias tienen en sus manos el destino de Bolivia. Y ya pasaron la etapa del asombro de la llegada de los españoles. La casa verde , segunda novela de Mario Vargas Llosa, el excepcional escritor peruano perdido en los meandros del trasnoche del liberalismo y en las garras de la industria editorial, se inicia con una descripción arquetípica de los comportamientos de conquistadores y conquistados. Primero, la desconfianza de los aguarunas ante esas monjas tan raras que se arriesgan, porque la Misión necesita muchachas jóvenes para engrosar la grey; luego, el asombro de que esas personas tan raras hablen en su idioma; la alegría, a la vista de los regalos: espejitos, collares, cuentas de colores, limonadas y comida; por fin, el terror y la impotencia de los hombres, la angustia y el llanto desgarrador de las madres cuando ven aparecer a los soldados que estaban escondidos y se llevan a la rastra lo que habían venido a buscar.Pinta tu aldea y pintarás el mundo, habrá pensado Vargas Llosa, recordando la célebre frase de León Tolstoi. Y escribe: "Santa María de Nieva se alza en la desembocadura del Nieva en el Alto Marañón, dos ríos que abrazan la ciudad y son sus límites. Frente a ella, emergen del Marañón dos islas que sirven a los vecinos para medir las crecientes. Desde el pueblo, se divisan, atrás, colinas cubiertas de vegetación y, adelante, aguas abajo del río ancho, las moles de la Cordillera".Imágenes de la primera mitad del siglo 20, en una región peruana en la que seguían mandando las armas y la cruz y los indios eran carne de cañón de la explotación del caucho (el jebe), asunto que, como una curiosidad, retorna en la última novela de Vargas Llosa, El sueño del celta . Paisaje difícil de entender en la Argentina, un país latinoamericano ubicado en el último rincón del continente, pero que se cree Europa.

