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Peor que la cuarentena sería perder la memoria

26 de abril de 2020 a las 12:01 a. m.
Gonio Ferrari*
Peor que la cuarentena sería perder la memoria

¿Cómo era aquello? Es tanto el tiempo que ha pasado; son tantas y tan intensas las situaciones vividas, las angustias compartidas y los secretos guardados, tan vertiginoso el desfile del espanto que aprendimos a clamar hacia adentro que se acortaran las horas y los momentos.

¿Cómo era aquello? No es grato evocarlo ahora desde un encierro no deseado e impuesto por la acción subterránea de una mísera partícula, que a lo mejor algún pariente mayor consideró insignificante, lo que provocó su enojo.

Esa porquería nos cambió la vida, nos incorporó términos ahora ya comunes, como virus, barbijo, contagio, cuarentena, pliegue de codo, alcohol en gel, distancia social, y otros que se agregaron a embole, aburrimiento, claustrofobia, tedio, raíces del pelo, salvoconducto, rompecabezas, crucigramas y toda la gama de entretenimientos televisivos, incluso los más insoportables y promocionados, que descendieron al nivel de necesaria basura.

Envidiamos a quienes tienen en sus casas amplios patios, balcones a la calle o terraza propia.

¿Cómo era aquello? Nos volvemos a preguntar... La tos, el estornudo, una inocente febrícula o no distinguir olores como café, vinagre o chocolate nos empujaban hacia la aspirina y el té de limón con miel. Y los inclinados por la hipocondría apelaban al médico o al servicio de emergencia, para insultar después porque demoraban por lo menos dos horas.

¿Cómo era aquello? Y seguíamos con la laguna en la memoria... La salida al Centro, el asado con los amigos, agitar trapos en la tribuna, el café de la confidencia, el sexto al truco, el chinchón, el antiguo Ludo, el Estanciero o la simple caminata barrial habían ingresado a esas brumas que conducen al olvido.

Nos aburría a veces leer a Jorge Luis Borges o a Leopoldo Lugones, porque las revistas de la farándula eran más entretenidas. Y en el peor de los casos plumereábamos el viejo y atesorado ejemplar de El Eternauta y lo devorábamos por enésima vez.

Leídos todos los libros de la casa, hasta la ya desaparecida y vetusta guía telefónica, que guardábamos sin saber para qué, pasaba a ser material de entretenida lectura.

¿Cómo era aquello? Nos ocupaban la mente, el alma, evocaciones nostalgiosas y algunas lágrimas que el pudor machista nos hacía que bebiéramos en silencio.

Y llegó el día tan ansiado en que murió la salvaje cuarentena, igual a cualquier otro día pero sin virus, sin gel, sin barbijo, sin lejanías ni temores. Sin angustias por el futuro, pero con el lacerante dolor de lo perdido.

Habíamos dado el paso vital e histórico de sobremorir a sobrevivir.

Y cuando experimentamos aquello que rondaba en las tinieblas del drama, en los predios de las desgracias, en los confines de la resignación, regresó victorioso aquel calor de cuerpo a cuerpo con húmedo jadeo y sin palabras, porque ya no eran necesarias.

Y pudimos traer al presente, a nuestro presente, que así eran los abrazos.

* Periodista