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Paul y la invención de la juventud

Paul McCartney mostró en Córdoba la esencia de la frescura de esos días en los que él y sus amigos inventaron la juventud.

22 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
Paul y la invención de la juventud

Si el mundo es ancho y ajeno, como decía Ciro Alegría, entre tantas sensaciones fuertes que se encendieron en el firmamento desplegado sobre la silueta del estadio Kempes, una parecía susurrar la ilusión de que había sido abolida la lejanía. Pero hay distintos modos de lejanía; en este caso, tiene que ver con la paradoja de la cercanía. Es que hace medio siglo Los Beatles no sólo sonaban en la infinidad de parlantes repartidos en el camino de la vida cotidiana y sus estaciones, sino también en la intimidad de tantos corazones. Eran un asunto musical de masas como no se había visto jamás, pero no se quedaban en la superficie de los sentimientos sino que le ponían melodías personales a una manera de vivir lo sentido y hasta de imaginar el sentido de vivir. Sucedió apenas un domingo atrás: Paul McCartney volvió a llenar un estadio y esta vez fue en Córdoba. “Los Beatles inventaron la juventud”, según Charly García. Al menos se puede decir que, del centro de Occidente con irradiaciones a la periferia, fueron algo así como los mesías de una generación que se plantó con conciencia de su tiempo y de su propio poder. No son las canciones de Los Beatles las que hicieron a aquellos años, sino aquellos años los que hicieron posible las canciones de Los Beatles. Ellos sí fueron una mágica reunión de talentos que se encontraron en la esquina del barrio o algo así, listos para escribir canciones de belleza irrepetible, tanto como su capacidad de acción y conmoción. Al ver además la energía de Paul a los 73 años, uno se pregunta cómo habrá sido el caudal de aquella que ponían en escena los cuatro juntos cuando tenían 20 años. John Lennon nació una noche en la que arreciaban las bombas alemanas sobre Inglaterra. Y ese inmenso caos en el que se sumergió el mundo casi en la mitad del siglo pasado: 50 millones de muertos y dos bombas atómicas, anticipos de que el Apocalipsis de la humanidad estaba y está en nuestras manos. Eran muchos los hijos de la guerra que no querían ser los hijos del rigor de los mayores, de quienes los enviaban como carne de cañón de sus intereses. Y enarbolaron canciones como inmensas banderas que flamearon de cielo a cielo. Los Beatles no vinieron a enfrentar a los hijos con los padres, como se suele decir, sino que, en el desenfado de las canciones, en los gestos, en el pelo y en las ropas que rompían con el sinsentido de una formalidad asfixiante, venían a interpelar a sus mayores por lo que estaban haciendo con el mundo mientras se ocupaban de cuidar detalles absurdos. La bandera de paz no era bucólica: era real. Incluso fue esa mirada joven la que terminó acorralando a Estados Unidos en Vietnam. Después, las cosas cambiaron. También los jóvenes. La lejanía, esa que ya se asumía como definitiva, fue finalmente abolida un alucinado domingo de otoño en el Kempes. Allí estaba Paul: tenía la esencia de la frescura de aquellos días en los que él y sus amigos inventaron la juventud.