Un país sobreviviente
Somos un país sobreviviente, que encontró la manera de rescatarse del naufragio a través, sobre todo, del Estado.
Tenían casa propia, una moto y hasta un autito; los domingos echaban al cielo del patio y del barrio el humo de los asados, y regaban la espera con un blanco de mesa y las voces de Los Fronterizos en el combinado (radio más tocadiscos). En verano, a veces se llevaban el asado a las Sierras y, en los años más memorables, eran capaces de partir con toda la familia de vacaciones a la Costa, a conocer el mar, ese increíble horizonte de agua al que no se habían asomado nunca ni sus padres ni sus abuelos. Los lunes volvían temprano al trabajo, tranquilos porque sus hijos iban a la escuela pública, donde la educación era una oportunidad abierta para todos, y sabían que no era una quimera sino una certeza, la ilusión de verlos universitarios el día de mañana. Sí, había algunas ilusiones que eran certezas. Tenían, además, obra social para cuidar su salud y la de su gente, y si la adversidad era brava, contaban con la solvencia de los hospitales del Estado. “La clase obrera va al paraíso”, podía haber sido el título de este breve retrato, pero no, la clase obrera iba a la calle, e iba por más. Es que había más por qué pelear: no sólo por mejores condiciones y mejor reparto de la riqueza, sino por otro destino político. Esos eran los trabajadores que el 29 de mayo de 1969 hicieron el Cordobazo. Esos y los estudiantes que se sumaron, entre los que estaban miles de hijos de obreros venidos de distintos rincones del interior, que habían alcanzado ya la oportunidad del ascenso social. Sí, en el seno de una casa de trabajadores también podían nacer los intelectuales, los científicos del mañana. Aquellos que salieron a las calles cordobesas de mayo eran, además, los trabajadores mejores pagos del país en ese momento. Mientras tanto, con el aparato productivo en plena acción, la abundancia de la oferta de empleo hacía que la fuerza laboral fuera protagonista. Es que los movimientos más audaces los suelen hacer los pueblos cuando alcanzan cierta satisfacción de necesidades mínimas, para proyectarse a partir de ahí. El tiempo pasó y ya hemos andado bastante los comienzos del siglo 21. “Los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que estos los ‘ofrezcan’ al mercado. Pero el mercado condiciona a los gobiernos para que estos les ‘ofrezcan’ a sus pueblos. “En nuestra época de mundialización liberal, el mercado es el instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder económico y financiero. Este no es democrático, puesto que no ha sido elegido por el pueblo, no es gestionado por el pueblo y sobre todo porque no tiene como finalidad el bienestar del pueblo”. Lo decía en 2004 el escritor portugués José Saramago, premio Nobel de Literatura. En ese retrato de democracia, quizá reconozcamos la Argentina que cruzó el siglo, en el que lejos de decidir con claridad un rumbo fuimos de espasmo en espasmo. El gran desbarranco de la hiperinflación hizo posible en 1989 la llegada de un gobierno que hizo lo opuesto a lo que declamó en la campaña electoral; después, la posibilidad de consumir en cuotas, en contraste con los padecimientos vividos, abrió las puertas de la reelección, en medio de un aturdidor discurso neoliberal. Somos un país sobreviviente, que encontró la manera de rescatarse del naufragio a través, sobre todo, del Estado. Y no es una historia sola, sino que se parece a otras de las que entibian la Sudamérica de estos días.

