Oración por Tomás Caeiro
El vacío que nos deja Tomás Caeiro con su partida es de una dimensión inconmensurable. Emilio Crespo.
El vacío que nos deja Tomás Caeiro con su partida es de una dimensión inconmensurable. A tal punto lo creo así, que de aquí en más, por muy largo tiempo –hasta tanto recobremos el equilibrio–, nada será lo mismo en el ámbito del Hospital Privado ni en el seno de nuestras vidas. No me voy a referir a su obra –que de hecho es de valor incalculable– sino que resaltaré las condiciones tan especiales de su persona.Quienes lo conocimos de joven, vimos en él a un par con características sobresalientes expresadas no sólo en la corrección de su conducta sino en su desempeño como alumno. Tomás sabía todo y mucho más que todos nosotros juntos, pero nunca se jactaba de ello.Con el tiempo se recibió de médico –con las más altas calificaciones–, y desde entonces se definió en su profesión, tal como pedía Arturo Orgaz: "Un médico: ese que está listo para el primer llamado, sobrepuesto a la fatiga, al hogar, a las lecturas, a la diversión. No se puede saber si todo en él es vigor de cuerpo o, además, riqueza de espíritu".Su presencia era la de una persona muy agradable, que al tomar contacto con uno hacía su clásica reverencia de tipo oriental juntando las manos debajo del mentón e inclinando levemente la cabeza. A partir de allí se abría paso el tema en cuestión. El clásico Namasté oriental que significa poner mente, cuerpo y espíritu en contacto con el otro. Así era Tomás, con esos ojos profundos que expresaban una honda y puntual concentración.Espíritu docente por naturaleza, dispuesto a repartir sus conocimientos sin apartarse de la ortodoxia moderna que concibe la docencia como la forma de enseñar a aprender. Aprovechando al mismo tiempo toda ocasión para extraer el contenido ético-humanista en cada caso.En su larga trayectoria como presidente del Honorable Directorio (durante largos y difíciles 12 años), sin ser el prototipo de ejecutivo actual, demostró dotes especiales como conductor ya que su actitud de mando provenía de su natural autoridad.En ese sentido, Tomás cumplía con los sabios consejos que el Quijote daba a Sancho para el gobierno de la península Barataria: "Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre esos dos extremos". Así era él, de una ecuanimidad y de una prudencia extraordinarias. Sabía unir las voluntades, suscitar acuerdos, demandar el esfuerzo común sin ningún tipo de asperezas.Debido a que la medicina es un cometido moral, Tomás actuaba siempre en un nivel de excelencia médica superlativo, unido a un profesionalismo médico intachable.Poseía esa integridad moral tan necesaria para el manejo de las instituciones. Era un ser esencialmente responsable ya que actuaba bajo los pilares que sustentan la responsabilidad, como son la conciencia y la libertad.Pero, como si todo esto fuera poco, Tomás era un gran ciudadano ya que en su desempeño institucional era poseedor de una verdadera moral civil. Moral civil –como dice el teólogo Salmantino Olegario González de Cardeda en su libro El poder y la conciencia – "es el conjunto de ideales últimos, de valores intermedios y de normas particulares a través de los cuales un pueblo vive su destino como humano y logra su identidad histórica. Esos valores, ideales y esperanzas se expresan a través de las instituciones y formas de vida, que suscitan para las nuevas generaciones la posibilidad de una identificación y de una vida dotada de dignidad personal, de responsabilidad activa y de eficacia histórica".Pero volvamos al principio. Dijimos que Tomás era portador de una inteligencia brillante, luminosa. Aún más, creo que podríamos agregar, sin temor a equivocarnos, que Tomás fue un ser que vivió en la luz.Nota: este texto es un resumen del discurso de despedida pronunciado por el autor en el funeral del doctor Tomás Caeiro, el pasado miércoles 23.

