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Octubre y después

Las primarias marcaron con claridad la cancha en la que los dirigentes deben jugar en los comicios generales. La tienen más complicada los que gobiernan, sean Cristina, De la Sota o Mestre, porque están puestos bajo la lupa por sus dichos y sus acciones cotidianas.

25 de agosto de 2013 a las 01:41 p. m.
Redacción La Voz
Octubre y después

Nada terminará en octubre, pero mucho puede cambiar. Y quizá de manera definitiva. Todos los gobiernos encararán los dos últimos años de gestión. Pero ninguno quiere inaugurar tan temprano la etapa del “post”, esa que los pone a las puertas del adiós.

Los resultados de los comicios pueden despertarlos a la cruda realidad. De hecho, el ensayo de hace dos domingos, con las elecciones primarias, ya les marcó la cancha en la que deberán jugar el próximo 27 de octubre cuando, ese día sí, llegará la hora de la verdad.

Veamos las implicancias institucionales.

Los magros resultados del Frente para la Victoria y sus satélites no fueron suficientes para que su líder, la presidenta Cristina Fernández, esbozara una autocrítica, ni siquiera la más mínima, sobre los errores de gestión.

Peor, la jefa kirchnerista se escudó en un pequeñísimo resultado en la Antártida y en otro amañado en una comunidad de aborígenes qom para autoconvencerse (porque quizá eso sea lo único que pudo lograr) de que sólo hubo un traspié, pero no una caída.

Sin embargo, fuera del círculo de aplaudidores convencidos, los socios peronistas del modelo advirtieron tres cosas:

Que si quieren sobrevivir, no pueden volver a quedar fuera de juego.

Que las listas deben armarse según las realidades de sus propios distritos.

Y que los muchachos de La Cámpora, a los que Cristina depositó en gran parte de las boletas en el interior, son tan incapaces de levantar vuelo en una campaña como de administrar una aerolínea.

El discurso radicalizado de la viuda de Kirchner fue incapaz de advertir que hay grietas que la sociedad reclama que se cierren: inflación, inseguridad, impuestos sobre los salarios, expectativas congeladas.

Más de lo mismo no garantiza que ese malhumor social pueda catalizarse, menos aun si escucha, en un discurso flamígero, comparaciones arrogantes con países desarrollados en serio.

Los más veteranos constructores de política lo notaron. En particular, el fenómeno fue visible en la provincia de Buenos Aires, donde el intendente de Tigre, Sergio Massa, venció al candidato oficialista, Martín Insaurralde.

La vieja troika de intendentes y caudillos locales comenzó de a poco a cruzar el Rubicón para estar más cerca de la promesa de Massa que del destrato del kirchnerismo.

Ni muy ni tan

“No todo está bien, pero tampoco todo está mal, y estamos mejor y podemos mejorarlo aun más. Hay que corregir lo que haya que corregir. Este Gobierno debe terminar de la mejor manera posible”.

Fue el hasta ahora aliado silente y poco cortejado de Cristina, Daniel Scioli, quien abrió una brecha para demostrar que hay otras miradas, que la gobernabilidad es la principal preocupación y que él está anotado para 2015.

¿Es capaz Scioli de construir un liderazgo que reconstituya la matriz peronista con la inclusión del kirchnerismo dentro de un remozado Partido Justicialista?

Desde el “ringside”

En Córdoba, la pelea se mira por ahora desde el costado del ring, aunque en términos hipotéticos le sería más cómodo al peronismo de esta provincia jugar con Massa que con un Scioli apañado por el kirchnerismo.

Aquella mesa del locro del 25 de Mayo que De la Sota armó con Francisco de Narváez, Hugo Moyano y Claudia Rucci, entre otros, ya quedó en el olvido.

Sus resultados en la provincia de Buenos Aires fueron calamitosos.

No es dato menor, por cierto, que la dupla José Manuel de la Sota-Juan Schiaretti debe consolidar en octubre su condición de referencia del peronismo cordobés, para sentarse en la mesa en la que podría definirse lo que viene después del cristinismo.

Si en aquella puja bonaerense tienen poco por hacer, sus esfuerzos deben concentrarse en esta provincia para levantar el 23 por ciento que obtuvo la lista de Schiaretti hasta, quizá, un 35 por ciento, como para exhibir un triunfo holgado.

¿Cuál será el destino de los votos (casi siete por ciento del total general) que llevó a la interna peronista el intendente de San Francisco, Martín Llaryora, ahora sumado por ser minoría a la lista oficial?

¿Son peronistas puros o forman parte del apoyo de sectores sociales o etarios que vieron en él un rostro nuevo de la política, tanto como lo apoyaron al candidato del PRO, el exárbitro Héctor Baldassi?

Todos adentro

Por lo pronto, para evitar que alguien se adelante a sacar los pies del plato, en el peronismo ya instalaron la idea de que la candidatura a gobernador de 2015 se defina en primarias abiertas.

Para eso, el legislador calamuchitano Carlos Alessandri exhumó un proyecto de algunos años atrás, que en aquel momento había gozado del respaldo de De la Sota.

“Esta vez ni lo hablaron, pero si el gobernador lo apoyó antes, no vemos razón para que no lo haga ahora”, sostuvo un allegado a Alessandri.

De la Sota, en definitiva, quiere preparar su propia sucesión con las manos libres.

Otro que deberá mover los hilos y exhibirse en la primera línea de campaña debe ser el intendente de Córdoba, el radical Ramón Javier Mestre.

En las Paso, no le alcanzó con que su hermano Diego estuviese en los afiches junto a Oscar Aguad. Ahora parece estar dispuesto a jugar con todo.

Porque en las Paso, Aguad fue el que más votos sacó en la ciudad de Córdoba, pero Schiaretti, con el aporte de Llaryora, se quedó con el triunfo  global para el peronismo capitalino.

La confluencia entre el liderazgo partidario y la gestión tiene sus riesgos: los vecinos de la ciudad de Córdoba van a escudriñar cómo avanzan dos cuestiones centrales: el transporte y la recolección de residuos.

En el kirchnerismo cordobés corren aires de decepción. Intendentes que adhirieron al proyecto cristinista se quejaron (en voz baja, claro) de que las promesas fueron más que los recursos preelectorales que les llegaron.

Salvo Villa María y su vecina Villa Nueva, las demás fueron derrotas en territorios que consideraban favorables. Leones, de donde es el diputado Fabián Francioni, es mostrado como el ejemplo paradigmático.

Juecistas, riutoristas, izquierda, todos quieren crecer. La pregunta que se hacen es cuál debe ser el discurso y a quién pueden birlarle votos.

Por lo pronto, más jugados están los que gobiernan, sean Cristina, De la Sota o Mestre, puestos bajo la lupa por acciones cotidianas. Deberán arreglárselas con lo propio. No hay quien oxigene las finanzas desde arriba hacia abajo o insufle aire político desde abajo hacia arriba.

Los tres deben pensar en octubre, pero más aun en lo que vendrá después. La realidad siempre les demuestra a los dirigentes que no están hechos para durar por siempre.