Obama y América latina
Aunque en el plano simbólico y en el político América latina esté prácticamente ausente, eso no implica que Washington pueda prescindir de una manera rotunda del tratamiento bilateral con los países del sur. Nelson Gustavo Specchia.
Con el inicio de la segunda presidencia de Barack Obama en los Estados Unidos, se renovaron las expectativas latinoamericanas de recuperar un lugar prioritario. Después de la frialdad de George W. Bush, se suponía que la vuelta de los demócratas implicaría una recategorización en la agenda del Departamento de Estado. Hillary Clinton alimentó esas expectativas, así como la designación del chileno Arturo Valenzuela como subsecretario de Asuntos Hemisféricos, en reemplazo del tristemente célebre Thomas Shannon.Pero no: se ratificaron los programas de la era Bush –como el plan Colombia– mientras la consideración global de la región siguió perdiendo peso relativo. Una pérdida, por cierto, que no ha dejado de profundizarse desde la finalización de la Guerra Fría, cuando se disolvió la división bipolar del mundo. El turno de Kerry. Tras la enunciación ideológica del primer discurso del Estado de la Unión en el Capitolio, Obama puso en funciones a John Kerry. Y, volviendo a contradecir aquella esperanza, el nuevo secretario de Estado ha dado señales de que América latina deberá seguir en la sala de espera durante los próximos años. En su presentación en la Universidad de Virginia (fundada por el primer secretario de Estado, Thomas Jefferson), Kerry defendió esta semana la política exterior como uno de los pilares de la recuperación económica del país. Abogó por mantener el liderazgo de Estados Unidos en la emergente arquitectura internacional, tanto en los valores como en los intereses económicos que lo sustentan.A renglón seguido, anunció su primera gira diplomática. Si se unen los puntos donde aterrizará, pueden colegirse los temas y regiones que conforman la agenda exterior de la segunda presidencia de Obama: Siria; Europa (no toda: Londres, Berlín, París y Roma); luego Turquía –bisagra de Asia, a la que la Unión Europea le sigue cerrando la puerta pese a los buenos oficios de Washington–; Egipto, ahora gobernado por los Hermanos Musulmanes, a quienes Kerry debe mantener cerca, para finalizar la simbólica primera gira en los aliados más confiables: Israel, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Lejos, muy lejos todos de los puertos latinoamericanos. El que avisa no traiciona. En realidad, la acción externa de Obama no debería sorprender demasiado. En la campaña previa a este segundo mandato, ya pudieron vislumbrarse cuáles serían sus ideas en política internacional. En el tercer debate con Mitt Romney, dedicado enteramente a la plataforma externa de la futura presidencia, hubo dos clamorosas ausencias: la Unión Europea y América latina. La primera quizá en represalia por el errático y desacompasado rumbo de su Política Exterior y de Seguridad Común (Pesc), y en el caso de nuestra región, claramente por la pérdida de importancia relativa en el actual reordenamiento multipolar del globo.En ese debate, el líder demócrata dejó claro que los temas candentes que ocuparían su atención serían el terrorismo internacional, el crecimiento emergente –y todavía amistoso, aunque nadie se aventure a apostar por cuánto tiempo más– de China, y el caldero de los cuenteros de Medio Oriente.Y esa ausencia casi total en el discurso de Obama no se balanceó con el tratamiento electoral que la región tuvo en los programas de la oposición republicana. Cuando estos se refirieron a América latina, las alusiones corrieron por cuenta de los sectores más fundamentalistas, como el Tea Party, que pidió cerrar aun más la cuestión de la política migratoria hacia los hispanos, el candado del embargo a Cuba o endurecer la estrategia hacia el fenómeno chavista y sus simpatizantes bolivarianos en el continente. Tan lejos, tan cerca. Aunque tanto en el plano simbólico de la asunción presidencial como en las primeras acciones exteriores de la diplomacia estadounidense América latina esté prácticamente ausente, eso no implica que Washington pueda prescindir de una manera rotunda del tratamiento bilateral con los países del sur. Toda una serie de cuestiones vinculadas con la nueva estrategia de seguridad interna estadounidense; con el narcotráfico (especialmente en la larga frontera con México, y en Centroamérica, dado la penetración creciente de los carteles en Honduras, Guatemala y El Salvador), como otras de planificación energética y comercial, tendrán tratamiento obligado.En este último ítem, Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de la región y el mayor inversor directo (a una distancia grande, aunque se achique en forma acelerada, de la emergente China) y la integración de las cadenas productivas sigue siendo esencial, tanto para el norte como para los latinoamericanos.Además, el ascenso de las clases medias en Sudamérica, que parece imparable para el futuro cercano, aumenta las perspectivas de intercambio comercial. Washington lo sabe: lleva firmados once tratados de Libre Comercio (TLC) con los países más cercanos y si no avanzó más hacia las economías del Cono Sur fue porque Lula y Néstor Kirchner lo frenaron en Mar del Plata, robusteciendo el Mercosur y lanzando la Unasur.Esta tendencia, junto a la iniciativa de excluir a EE.UU. y a Canadá de las instituciones multilaterales regionales, serán los dos temas que Obama deberá hacer frente en América latina, aunque no la haya puesto entre sus prioridades.Y la prueba de su habilidad está a la vuelta de la esquina: la séptima Cumbre de las Américas, en Panamá, en 2015.
*Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba)

