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Obama, abstenerse

El presidente de Estados Unidos debería realizar una arriesgada jugada para cambiar la imagen declinante que reflejan las encuestas de opinión. Juan Marguch.

07 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Juan F. Marguch (Periodista)
Obama, abstenerse

Cuentan quienes participaron de la reunión que mantuvo en días recientes el presidente de Estados Unidos con los principales referentes del Partido Demócrata, que Barack Obama reconoce que la popularidad de los primeros días de su administración se está desgranando como un castillo de arena que resiste malamente las oleadas de críticas. Por ello, anticipó que no participará de la fund raising (colecta de fondos) para sostener económicamente la campaña proselitista con vistas a las elecciones del 2 de noviembre próximo.

“Yo sé –dijo a sus visitantes– que ustedes preferirían que me reemplazara Michelle” (es decir, su propia esposa), que mantiene altas cuotas de popularidad, aunque no siempre reprime su incontinencia verbal, como cuando afirmó con irreflexiva soltura, luego del juramento de su esposo como cuadragésimo cuarto presidente de la superpotencia occidental: “Ahora sí me siento orgullosa de ser norteamericana”.

La caída. La popularidad de Obama cayó en picada, sobre todo cuando obtuvo su mayor victoria política: la aprobación por el Congreso de su proyecto de reforma sanitaria. Es una paradoja, siempre que se desconozca el talante de sus compatriotas, que son enemigos jurados de la intervención del Estado en áreas como la salud, la seguridad y la educación.

Algo que jamás se daría en la Argentina, donde el Estado nacional siempre se mantiene al margen de la salud, la seguridad y la educación públicas.

La popularidad declinó aún más luego de que bombeara miles de millones de dólares para apagar el incendio que estaba destruyendo el sistema bancario, financiero y de seguros de Estados Unidos al estallar la “burbuja inmobiliaria” (apoteosis de la irracionalidad del capitalismo aséptico), porque esa asistencia de última instancia a especuladores que chapalearon en la delincuencia ha significado para el pueblo una mayor presión fiscal y una caída en la calidad de vida.

Los niños deben concurrir ahora a las escuelas no sólo con sus meriendas, sino hasta con su rollito de papel higiénico.

Créase o no, en sincronía con el descenso de la popularidad de Obama crece la de... George Walker Bush, juzgado siempre y con toda razón, como el peor de los presidentes de Estados Unidos, cuya imagen como ¡estadista! ha subido siete puntos en los últimos sondeos de opinión.

Las elecciones legislativas de medio término significan para el Partido Demócrata un riesgo crucial, porque, aunque los pronósticos de los analistas políticos de mayor influencia sostienen que el oficialismo podría mantener la mayoría en el Senado, en el que los demócratas poseen una supremacía prácticamente indescontable de 10 escaños, en la Cámara de Representantes (diputados), la situación aparece con perspectivas menos luminosas para el partido de Thomas Wilson, Franklin Roosevelt y John Kennedy.

A los republicanos les bastaría con arrebatar 40 bancas al oficialismo para hacerse del control de la Cámara Baja. No es una empresa que hoy pueda considerarse imposible, porque las encuestas sobre intención de voto dan una amplia ventaja a los republicanos.

No es frecuente en la vida política de los Estados Unidos que un presidente se mantenga en las sombras cuando se juega el destino de la segunda parte de su mandato. Pero Obama, como tantos otros mandatarios del mundo, acciona o reacciona en función de las encuestas.

Hace más de medio siglo, Pitirim Alexandrovich Sorokin escribió un libro, Achaques y manías de la sociología moderna y ciencias afines (también editado como Achaques y manías de la sociología contemporánea), que los políticos no siempre recuerdan. Con lúcida anticipación, hizo una devastadora crítica de la tendencia a hacer depender cualquier decisión política o comercial de las encuestas, que nunca garantizan la máxima seguridad en sus pronósticos.

Y menos recuerdan los políticos, sobre todo los estadounidenses, que la mayoría del electorado decide su voto en las 48 horas previas a su concurrencia a comicios, es decir, cuando rige la prohibición de encuestas.

Mejor, Michelle. De modo que Obama debería realizar una arriesgada jugada en las próximas semanas. Su anuncio de que a fines de este mes Estados Unidos concluirá su misión de combate en Irak no ha conseguido quebrar la indiferencia generalizada, mientras las expectativas de un vuelco en la intención de votos siguen siendo deprimentes. Michelle superaba esta semana a su marido en términos de popularidad, pero no es candidata a nada, y de ello dependería en parte su buena imagen.

La intervención pretendidamente ingeniosa del presidente debería ser tomada más en serio, porque, puesta a rastrillar billetes verdes para la fund raising, Michelle podría dar una agradable sorpresa al Partido Demócrata.

Y Bill Clinton –quien nunca demostró demasiado entusiasmo por Obama y, menos aún, por su esposa Hillary como secretaria de Estado– podría ser convocado in extremis, lo que no haría más que proyectar sombras más densas sobre una luminosa esperanza de cambio, hoy sensiblemente oscurecida.