Nuevos ejes geopolíticos
Mientras en Europa se insinúa un eje Alemania-Rusia, en América latina se abre camino el de Bogotá-Lima-Santiago, en detrimento del chavismo. Julio César Moreno.
En el mundo están cambiando los ejes geopolíticos y ya se habla de una eventual alianza Berlín-Moscú, que reemplazaría a la tradicional franco-alemana, edificada por estadistas de la talla de Charles De Gaulle y Konrad Adenauer y que fuera la base del Mercado Común Europeo, primero, y de la Unión Europea, después. Toda la historia de la Europa de la última posguerra estuvo marcada por esa alianza, cuya última demostración de fuerza fue el "No" a la invasión a Irak, impulsada por el entonces presidente norteamericano George W. Bush.
En América latina, comienza a configurarse el eje Bogotá-Lima-Santiago de Chile, a partir de las coincidencias entre los presidentes Álvaro Uribe y su sucesor, Juan Manuel Santos, con el peruano Alan García y el chileno Sebastián Piñera. Éste compensaría al hoy debilitado y un tanto incoherente populismo de "izquierda", liderado por el venezolano Hugo Chávez, seguido por el ecuatoriano Rafael Correa y el boliviano Evo Morales.
Apenas tendencias. Se trata, por ahora, de insinuaciones, de hipótesis que no tienen el valor de tendencias definidas, sobre todo en el caso europeo. Es verdad que existen divergencias entre Alemania y Francia sobre el tratamiento de la crisis económica y el salvataje de países como Grecia; así también lo es que hay líneas de aproximación entre la Alemania reunificada y la Rusia poscomunista. Ambos países fueron irreconciliables enemigos durante las dos guerras mundiales del siglo pasado, pero antes fueron aliados. Después de todo, Catalina II -la despótica e ilustrada emperatriz de todas las Rusias (reinó entre 1762 y 1796)- era una princesa alemana. Y Lenin llegó a Rusia en un tren blindado alemán. En una nueva e hipotética alianza, la fórmula sería: de Rusia llegarán a Alemania petróleo, gas y materias primas; a Rusia irán ahorro, capacidad industrial e inversiones de Alemania.
Y también es verdad que un ex primer ministro alemán -el socialdemócrata Gerhard Schroeder- al día siguiente de dejar el cargo pasó a integrar la gerencia del gigante ruso Gazprom, que abastece a casi toda Europa.
Pese a todo, todavía es prematuro hablar de un eje consolidado entre Berlín y Moscú, aunque tenga antecedentes históricos y se proyecte sobre un inmenso territorio. Alemania empieza al oeste en el Atlántico y Rusia termina en el este en el Pacífico. Y a mitad de camino, sobre el mar Báltico, está San Petersburgo, una de las ciudades más bellas del mundo, que tiene a la vez una impronta europea y un alma rusa. Allí gobernó Pedro el Grande y allí estalló la Revolución de 1917.
Diferencias. El caso de América latina es distinto, aunque coinciden en un punto: la ambigüedad, la volubilidad. En las décadas de 1960 y 1970, bajo el influjo de la Revolución Cubana, muchos latinoamericanos salieron a pelear y morir por un ideal socialista revolucionario y muchos otros salieron a defender un ideal democrático y pluralista.
Hoy, las palabras derecha, centro e izquierda quieren decir poco y nada. No hay diferencias sustanciales entre Lula da Silva, José Mujica, Álvaro Uribe, Sebastián Piñera o Alan García, pues todos coinciden en un objetivo difuso, pero común: crecimiento con mayor equidad social.
Por ello, los nuevos ejes geopolíticos no giran alrededor de contradicciones fundamentales, sino de matices, acentos. Poner el acento en lo social, por ejemplo, es una bandera del centro, la izquierda y la derecha.

