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Un nuevo escenario para menos actores

La Presidenta ha comprendido mejor que nadie que el período que va de aquí a las elecciones no puede estar ganado por la conflictividad social. Carlos Sacchetto.

08 de mayo de 2011 a las 12:01 a. m.
Carlos Sacchetto ([email protected])
Un nuevo escenario para menos actores

La decisión de Mauricio Macri de resignar su candidatura a la Presidencia de la Nación e intentar su reelección en el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires era tan previsible que no sorprendió ni a los menos atentos. Aun así, no fue una buena noticia para el kirchnerismo.

En la Casa Rosada, se entusiasmaban imaginando la construcción de un escenario nacional polarizado entre la centroderecha representada por Macri y la centroizquierda encabezada por Cristina Fernández como bandera del progresismo peronista. Ese tablero ya no podrá ser.

Las razones argumentadas para preferir a Macri como rival principal eran atendibles. El líder de PRO no dispone de una aceitada estructura nacional que lo respalde y el conocimiento de su figura decrece en forma proporcional a las distancias que se alejan de las luces de la Capital Federal.

En el terreno ideológico, el Gobierno nacional cree conveniente que los límites estén bien marcados; que cuanto más antagónicos sean los perfiles, mejor. “Por contraste, Macri nos facilitaba un discurso más popular”, lamentó un estratega kirchnerista.

Motivaciones. Siempre y cuando la Presidenta acepte postularse a la reelección, en el oficialismo creen que hasta puede ganar en primera vuelta. Sin embargo, las encuestas más favorables encargadas por el propio Gobierno todavía dejan algunos márgenes de duda.

Hay, como siempre, una enorme masa de votantes independientes, integrada por aquellos que no tienen lazos de fidelidad ni compromisos ideológicos con ninguna de las fuerzas políticas. Son hombres y mujeres que deciden su voto por razones de conveniencia o temores personales, basados en si les está yendo mal o bien, o si alientan o no expectativas de futuro ligadas a lo que haga o deje de hacer el Gobierno. En ellos, juegan también simpatías o antipatías no demasiado fundamentadas y hasta intuiciones de último momento.

El sueño de la manipulación desde los aparatos políticos o desde los medios de comunicación –que abunda en el imaginario de los dirigentes– es relativo. Hay muchos otros factores que deciden una elección y hay también una polarización más temida que la que normalmente enfrenta a dos candidatos.

Varias veces los argentinos de distinto pensamiento han votado “en contra de” y no “a favor de”, como modo de cerrar algunos caminos y posibilitar otros. ¿O alguien cree que eran todos radicales los que en 1983 votaron a Raúl Alfonsín o todos peronistas quienes apoyaron en forma masiva a Carlos Menem en los ’90?

Todo indica que en la elección presidencial vamos a tener un escenario muy limitado. La idea de que la sociedad se dividía en tercios se va desdibujando y cada vez más se insinúa una tendencia a la polarización ya mencionada.

Con las deserciones de los radicales Julio Cobos y Ernesto Sanz, luego la de “Pino” Solanas y ahora la de Macri, la franja opositora sólo ha quedado transitada por Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Elisa Carrió como los referentes más importantes.

Paz social. La validez de las alianzas que se construyan determinará el grado de fortaleza con que se hará frente al oficialismo. Pero también el Gobierno aparece con dificultades para mantener en armonía la alianza que lo sostiene.

Ninguno de los problemas que se han venido manifestando entre el kirchnerismo no peronista, el peronismo tradicional y el sindicalismo moyanista ha sido solucionado. Por el contrario, hay nuevos síntomas de descomposición.

La diferencia entre los problemas de la oposición y del oficialismo no es menor. Mientras los primeros se juntan o se dividen para pelear una elección, el segundo tiene que conservar el poder y, además, gobernar.

La Presidenta ha comprendido mejor que nadie que el período que va de aquí a las elecciones no puede estar ganado por la conflictividad social. Terminar esta etapa con paz social y sin grandes cambios sería un factor fundamental para el triunfo.

¿Hay alguien en condiciones de alterar esa quietud? En el Gobierno, creen que grupos de la ultraizquierda podrían generar episodios de violencia o alentar ocupaciones de viviendas o terrenos, con fuerte exposición mediática.

No descartan, tampoco, sabotajes en medios de transporte ni alguna acción delictiva de sectores marginales. Pero la principal preocupación pasa por lo que puede hacer su aliado Hugo Moyano.

Previsora, la Presidenta auspicia el “diálogo social” entre gremios y empresarios, pero la puja salarial es fuente permanente de litigiosidad.

Los sindicatos tienen la movilización como arma disponible, y no sólo para situaciones de índole gremial. La presión política de Moyano en reclamo de cargos y lugares en las listas electorales no decae y casi todos los recursos pueden ser válidos para ejercerla. En el Gobierno, por ahora, esperan, pero atentos y con expedientes judiciales en las manos.