Nuestra tierra y su propiedad
Una adecuada ley de tierras no es cerrarse al mundo. Esos países que llaman “el mundo” hace rato que restringen la venta de tierra a extranjeros. Presbítero doctor Víctor Manuel Fernández.
En torno a la llamada "ley de tierras" son muchas las resonancias interiores que me brotan. Recuerdo a San Francisco de Asís, que llamaba "hermano" al sol, al viento, al fuego. Pero a la tierra la llamaba "madre", como muchos aborígenes latinoamericanos. Para mí, la tierra es un lenguaje de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, los bosques, todo es caricia de Dios. Y la tierra de Argentina es un don de Dios, ante todo para los argentinos. Todos nosotros guardamos en la memoria el recuerdo de algunos lugares muy concretos que nos permiten volver a casa cuando nos hemos perdido. El que ha crecido entre los cerros, o el que de niño se sentaba junto al arroyo a tomar agua, cuando es adulto y vuelve a esos lugares se siente llamado a recuperar su propia esencia. Supervivencia en juego. Pero, más allá de estas reflexiones algo poéticas, cuando hablamos de la tierra y del agua es la propia supervivencia la que está en juego. Hay demasiados y muy fuertes intereses particulares, sobre todo internacionales, detrás del agua y del suelo. No conviene ignorar que, muy fácilmente, el interés económico puede llegar a prevalecer por sobre el bien común y comprometer el futuro del pueblo en las próximas generaciones.El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica sostiene que "en algunos países es indispensable una redistribución de la tierra, en el marco de políticas eficaces de reforma agraria, con el fin de evitar el impedimento que supone el latifundio improductivo" (n. 300). ¿Por qué esto tiene relación con el hecho de que la propiedad de la tierra esté en manos de extranjeros y no de argentinos?Porque el riego de los latifundios se vuelve más grave e incontrolable cuando el dominio de las grandes extensiones está en manos de corporaciones extranjeras y allí se hace más patente que la tierra argentina deja de ser nuestra. Pero además, de un modo sutil, los latifundios extranjeros contradicen una sana concepción de la propiedad privada. La propiedad privada se justifica en gran medida porque uno cuida más lo que siente y reconoce como propio. Si no, simplemente lo usa, lo explota, se sirve. Cuando alguien posee una extensión inmensa en un país que no es el suyo, es más posible que la use para el propio beneficio y que exprima sus recursos, no tanto que la sienta como "nuestra" y que la cuide para las próximas generaciones. Distingamos: otra cosa es cuando un inmigrante, que siempre es bienvenido en Argentina, viene a vivir en esta tierra, con ganas de trabajar y de construir, y accede a una extensión razonable que le permite progresar.Si nos introdujéramos en la cultura popular, podríamos percibir qué triste se siente que esta tierra deje de ser de los argentinos. Vuelvo cada tanto a las sierras cordobesas que conozco desde niño, donde me sumergí tantas veces en senderos y cerros. Los propietarios locales asumían de modo pacífico que los grupos de jóvenes y los turistas pasearan a su gusto.Pero ahora encuentro que cada vez hay más lugares por los que no puedo pasar: "No, por allí no se puede más, padre: es de un inglés". O voy al cerro aquel y me dicen: "No, no se puede subir más: es del inglés". Una decisión urgente. Aceptemos que una ley que impida la consolidación de nuevos latifundios en manos extranjeras no resolverá todos los problemas relacionados con la propiedad de la tierra. Tampoco resolverá todo lo que se vincule con el cuidado de los recursos naturales o con el medio ambiente. Hay un largo trabajo por delante. Avanzar con esta ley, que tiene una finalidad acotada, no implica renunciar a otras reivindicaciones que requerirán diversos instrumentos jurídicos nacionales y provinciales. Pero aquí hay una decisión que se vuelve urgente y que conviene asumir antes de que sea tarde.Un documento de la Conferencia Episcopal Argentina se refiere de modo explícito a este asunto. Sin tomar postura en las discusiones legales o técnicas que vienen aparejadas, sostiene que la extranjerización de la tierra "representa un proceso de pérdida de soberanía y de recursos naturales, así como de concentración de la tierra en capitales extranjeros". Por ello lamenta "la falta de ordenamiento legal por parte de la nación y las provincias" ("Una tierra para todos", 2005, página 38).Una adecuada ley de tierras no es cerrarse al mundo. Esos países que llaman "el mundo" (Estados Unidos y varios países europeos) hace rato tienen una legislación que restringe la venta de tierra a extranjeros. Si no avanzamos en esta línea, lo único nuestro que quedará serán los parques nacionales.

