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Nosotros y la realidad

Los cambios educativos implican reformas en lo más profundo de nuestro ser. Por lo tanto, sus resultados son progresivos y a muy largo plazo.

20 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Fernando Barrutia*
Nosotros y la realidad

Lo posible ya está hecho. Lo aparentemente imposible siempre está latente y esperando que el sacrificio, la tenacidad y la perseverancia lo concreten, convirtiéndolo en una realidad visible y palpable.

Siempre es saludable comenzar el año nuevo con ilusiones, y para ello es imprescindible proponerse metas y empeñar todo el esfuerzo para alcanzarlas, aun por difíciles o utópicas que parezcan.

Busquemos el sentido de la vida y encontraremos la vida con sentido. Vivimos para lo urgente y no para lo importante; hagamos que lo importante se convierta en lo urgente.

Vamos a un ritmo vertiginoso y no nos damos cuenta de que la vida no es una carrera para ganar sino un camino para transitar.

Vivir la vida en su plenitud significa encontrarle el verdadero sentido y tomar conciencia de por qué, para qué y cómo vivimos. De acuerdo a la respuesta que cada uno tenga de estos interrogantes, podrá descubrir la meta adonde se desea llegar.

Domingo Faustino Sarmiento decía “educar es poblar”. Hoy deberíamos decir “educar es crecer”, y sólo se crece bien con sólidos “cimientos” y una buena “alimentación”.

Los “cimientos” son los valores que inculcamos a nuestros hijos y la “alimentación” es el ejemplo cotidiano que les debemos dar.

Los cambios educativos implican reformas en lo más profundo de nuestro ser. Por lo tanto, sus resultados son progresivos y a muy largo plazo, pero mientras antes empecemos, antes llegaremos a la meta.

Parafraseando a Juan Bautista Alberdi, tenemos que sentar “las bases y puntos de partida” para el nacimiento, desarrollo y crecimiento de una nueva dirigencia cuyas prioridades sean el rescate de los verdaderos valores aplicados a la columna vertebral de una nación: la educación. No hay mejor educación que el ejemplo, y nos ahorraremos mil palabras.

El Poder Judicial es uno de los tres poderes del Estado y pilar para el sostenimiento de la democracia, ya que es el encargado de controlar la legalidad de los otros dos poderes que conforman el sistema republicano de gobierno, Ejecutivo y Legislativo. Además, debe garantizar el ejercicio de nuestros derechos cuando son violados, en protección de nuestra integridad física y patrimonial.

La Justicia no debe ser ciega, sorda ni muda. No debe ser ciega porque debe estar con los ojos bien abiertos para no tropezar con las tentaciones de ceder a presiones políticas ni permitir su injerencia. No debe ser sorda porque debe saber escuchar los reclamos y actuar rápidamente. Y, por último, la Justicia no debe ser muda porque tiene que hablar a través de sus sentencias de acuerdo a las pruebas y a las normas legales vigentes, sin importar a quién beneficia o perjudica.

Aprendamos a votar a los que no nos mienten, a los que son transparentes tanto en la vida privada como pública y dan ejemplos de honestidad y compromiso con el bien común, no sujeto a intereses personales.

Seamos protagonistas y no espectadores de nuestro destino y demostremos a nuestros gobernantes que los elegimos para que nos sirvan y no para que se sirvan.

También depende de nosotros colocar cada cosa en su lugar y revertir la mala imagen de los jueces, abogados y políticos, y recuperar el prestigio de que gozaban en otros tiempos, cuando era un honor ser magistrado, letrado, legislador, y la gente se sacaba el sombrero para saludarlos con respeto y admiración.

Si cada uno de nosotros cumple con el rol que tenemos asignado dentro de la sociedad, tomando conciencia de que los pueblos se salvan en conjunto y no de manera individual, los eslabones sueltos unirán de nuevo la gran cadena que es el país y ello permitirá el engranaje necesario para que comience a rodar, en forma paulatina pero segura, el porvenir venturoso de nuestra patria.

*Abogado, exjuez de Paz de la ciudad  de Villa Allende.