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No veo la hora

No veo la hora de que­ empiecen las clases. Mi ma­má dice que crecí tanto que nadie me va a reconocer, pero creo que la maestra sí. Porque, además de darnos clases, ella se ocupa de todo.

09 de marzo de 2014 a las 03:02 p. m.
Enrique Orschanski*
No veo la hora

No veo la hora de que­ empiecen las clases. Mi ma­má dice que crecí tanto que nadie me va a reconocer, pero creo que la maestra sí. Porque, además de darnos clases, ella se ocupa de todo: acomoda papeles, limpia, arregla lo que se rompe y hasta una vez pintó la escuela. Ella sola. A fin de año, me despidió con un abrazo. Felicitó a mi papá porque yo había sido un buen alumno y me pidió que no le "fallara" este año. Es que siempre empezamos muchos y después queda la mitad.Mi papá estaba orgulloso; me di cuenta porque, cuando se emociona, la cara se le pone colorada. Saludamos y volvimos a casa en el sulky. Demoramos dos horas a paso tranquilo y con huella seca. En la pampita, el viejo me dejó manejar las riendas.En casa, yo quería seguir usando el delantal. Mi mamá me lo sacó de un tirón diciendo que me dejara de "jorobar", que así se ensuciaba y no iba a servir para el otro año. Lo cosió grande para que durara varios grados, y si lo rompo ordeñando o limpiando el gallinero, se va a enojar.Este verano, el calor nos mató varios animales chicos. Después empezó a llover y nunca paró; hasta cayó piedra, de la grande. Casi perdemos la huerta. Como mi papá siempre piensa en todo, la había cubierto con chapas prestadas del galpón del vecino. Salvamos comida para varios meses.Sin la escuela, el tiempo se pasa despacio. En enero ayudé a mis tíos a desyuyar un campo encargado. Después, en casa, tuvimos que ajustar los alambres del fondo, porque se nos escapaban los animales.No tuvimos ni un día de descanso. Recién este domingo empecé el libro que me prestó la maestra. Tiene muchos personajes y me confundo. La verdad, no lo entiendo. Creo que me cuesta porque lo leo a la noche, cuando ya no tenemos luz. Por eso prefiero leer en clase; ahí no se corta.Lo mejor del año pasado fue cuando nos quedamos a dormir en la escuela. Había llovido y el barro no nos dejaba volver. Los papás de todos ya saben que si llueve, nos quedamos. Como no podemos avisar… Con colchas y todo, el piso era duro pero la comida estaba riquísima. Doña Ángela es la señora que le ayuda a cocinar a la maestra. Algún día tienen que probar los fideos que pre­para.No sé cómo se arregla la maes­tra para enseñarnos a todos. El año pasado llegamos a ser 14. Desde Carlitos, que sólo dibuja (tiene 5), hasta Lucila, que ya debe andar por los 16. Este año no la vamos a ver, ya la ubicaron en una casa de familia, en la ciudad. Al final, como algunos se quedaron para la trilla, somos nada más que ocho.Lo que más me gusta son las Matemáticas. Te sirven para muchas cosas, como saber cuánta semilla necesitás para sembrar o cuántas gallinas podés poner juntas para tener más huevos. También me gusta la Historia, pero todavía no entiendo para qué sirve.La maestra dice que, si estudiamos de todo, podemos elegir lo que queremos hacer. O que­remos ser, me parece que dijo. Yo tengo 12 cumplidos; me parece que quiero ser domador. O maestro, todavía no sé. Es que me gusta la escuela.En casa, mis papás son buenazos y me enseñan a trabajar, a cuidar lo nuestro y a respetar. Pero ir la escuela es otra cosa. No sé cómo explicarlo: descubro que tengo un montón de cosas en la cabeza, y que la maestra sabe cómo sacarlas. Capaz que en la ciudad los chicos piensan distinto, pero acá no vemos la hora de que empiecen las ­clases.

*Médico