Debate. La negligente incontinencia del Presidente

El páramo opositor favorece a Javier Milei, pero no disculpa ni justifica sus derrapes de violencia retórica y gestual.

06 de marzo de 2026 a las 03:57 p. m.
La negligente incontinencia del Presidente
Javier Milei. Presidente de Argentina.

“La necesidad de tener razón es señal de una mente vulgar”, escribió Albert Camus sobre quienes muestran intolerancia frente a sus críticos o respecto de quienes simplemente piensan diferente.

A ese rasgo, denunciado también por Arthur Schopenhauer –con la genial ironía que expresó con las 33 estratagemas para vencer en las discusiones que plantea su libro El arte de tener razón–, se refería Erasmo de Rotterdam respecto de protestantes y católicos, así como de príncipes y reyes que promovían la intolerancia y el desprecio por los que están en otra vereda religiosa, política o filosófica.

“Cuanto menos talento tienen, más orgullo, vanidad y arrogancia muestran, pero siempre encuentran tontos que les aplauden”, sentenció en el siglo XVI el autor de El elogio de la locura.

Por cierto, la misma idea ronda en las páginas del Tratado sobre la tolerancia que escribió Voltaire en el siglo XVIII, en referencia a la muerte de Jean Cala, un hugonote linchado por los católicos de Toulouse tras acusarlo falsamente de haber matado a su hijo.

Mentes brillantes que coincidieron en distintos tiempos advierten sobre los peligros que suponen la intolerancia y las convicciones absolutas. Rasgos que volvieron a aparecer de manera volcánica en Javier Milei durante su discurso en el Congreso.

Que desde las bancas de la oposición dura gritaran a cada rato tratando de interrumpirlo muestra también intolerancia y mediocridad, pero en absoluto justifica ni se equipara a la catarata de insultos y burlas que, desde el único micrófono abierto en el hemiciclo, lanzó con alaridos desaforados nada menos que quien es el presidente de la Nación.

Una señal aberrante

El bullying es uno de los vicios más retorcidos y crueles que toda sociedad necesita erradicar desde la infancia, la pubertad y la adolescencia, que es cuando más daño produce en quienes son blancos de esas burlas despreciables. Que en lugar de combatirlo se lo promueva desde la cumbre del poder institucional es, en cualquier país, la señal aberrante de una deriva cultural de alto riesgo.

Que no tenga en claro eso un presidente pone en duda muchas cosas. Incluso su lucidez. Y a eso no lo ocultan las negligencias y las medianías de la oposición. El páramo opositor favorece a Milei, pero no disculpa ni justifica sus derrapes de violencia retórica y gestual.

Es increíble que dijera “me encanta domarlos” a los opositores, cuyos gritos apenas se escuchaban por radio y televisión, que es como escuchó el país lo que, se supone, es el principal discurso anual de un presidente.

Resulta también increíble la negligencia que impide a altos miembros del Gobierno contener los rencores, cuando expresarlos muestra miseria moral.

Es un rasgo de negligencia –como lo dijeron con otras palabras Camus, Erasmo y Schopenhauer– lo que se vio en la Casa Rosada cuando no cabía manifestar nada que no fuese alegría por la liberación del gendarme argentino Nahuel Gallo, pero altos funcionarios dejaron a la vista la ira que les causaba que quien finalmente logró liberarlo de la prisión del chavismo fuese la AFA y no el Gobierno.

En ese momento, lo único que cabía mostrar desde el poder es la satisfacción por la liberación de un joven argentino que estuvo más de un año encarcelado y torturado por el régimen venezolano. Y era momento de agradecerle a quien consiguió que Gallo fuera liberado, o callar.

En lugar de eso, el Gobierno mostró su rabia, insinuando incluso la sospecha de que Claudio "Chiqui" Tapia tiene vínculos oscuros con esa dictadura facinerosa que pasó de la noche a la mañana (literalmente, no de manera metafórica) de ser el gobierno más antinorteamericano de Latinoamérica a ser el más “pitiyanqui”, como llamaba Hugo Chávez a los pronorteamericanos de América latina.

Si mencionaban al titular de la AFA por la gestión que liberó al gendarme, en ese momento debían agradecerle. Pero tuvieron incontinencia de rencor los funcionarios que insinuaron que podrían denunciarlo por ese vínculo, que según los dirigentes del fútbol argentino es con la Asociación Venezolana de Fútbol y su presidente, no con el régimen chavista.

Como fuera, la liberación y el regreso de Nahuel Gallo al país tras su tortuoso viacrucis en Venezuela eran el único tema. No la presunta (y posible) corrupción de "Chiqui" Tapia y que haya sido o no deliberadamente favorecido por esa dictadura que, ahora, es títere de Donald Trump, sólo para dejar en ridículo al Gobierno argentino.

Las intolerancias y los rencores del mileísmo no son novedad. Con el manual que en su momento usaron los sicarios del kirchnerismo en las redes para denostar a sus críticos, los sicarios del ultraconservadurismo atacan con saña a los críticos, exponiendo con infamias incluso a los hijos de quienes cuestionan al Gobierno, lo cual puede hacerlos blancos de agresiones.

La misma canallada fascistoide desde un ideologismo distinto pero también fanático. Y con aplaudidores, como los que Erasmo de Rotterdam llama “tontos que aplauden”, para referirse a los intolerantes que “no tienen talento”, pero les sobra “orgullo, vanidad y arrogancia”.

*Periodista y politólogo