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Muere un jefe; nace un líder

Kirchner era un jefe recio, intolerante, arbitrario y agresivo. Pero también tenía una inmensa osadía y una pasión por el mando que lo hacían despreciar los límites, al punto de desafiar el concepto inmovilista de la política como “arte de lo posible”. Claudio Fantini.

06 de noviembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Director del Departamento de Ciencias Políticas de la UES 21)
Muere un jefe; nace un líder

En los funerales de un "jefe", empezó a nacer un "líder". Ese fenómeno espectral acentúa en la izquierda del oficialismo un fervor que enardece, mientras resalta en la oposición un vacío que desencanta. Y cuando el ardor ocurre sobre un vacío, irrumpe el riesgo de que encienda fanatismo. Al fin de cuentas, los fanáticos entran en trance y se potencian precisamente sobre las tumbas. La muerte es un suceso que acontece en los demás. "Yo no quiero morir, pero no me importará haber muerto", decía Cicerón. Sabía el jurista romano que lo que ya no le importaría muerto, sería importante para la política en la que actuaba significativamente. Es en la mirada convergente de "los otros" donde la muerte ocurre, impactando y modificando situaciones. Allí está actuando el deceso de Néstor Kirchner. Y en un país que se cuadra, reverencial, ante la muerte, más aún ocurriendo en la confluencia de dos corrientes con proclividad a los fervores místicos, como cierta izquierda y el peronismo, este fallecimiento podría poner al país bajo una sombra espectral.La primer señal es que ha muerto un jefe y ha surgido un líder. En vida, más que un gran liderazgo, lo que tuvo el ex presidente fue una jefatura poderosa, rotunda y vertical. Ese jefe recio era intolerante, arbitrario y agresivo. Expulsaba a los insumisos y premiaba la obsecuencia.Pero tenía a su favor, en contraste con una dirigencia resignada y pusilánime, una inmensa osadía y una pasión por el mando que lo hacían despreciar los límites, al punto de desafiar el concepto inmovilista de la política como "arte de lo posible". Fervores. Siempre resulta emocionante ver que alguien se atreve a embestir contra los límites; por eso, a Kirchner lo rodeó el halo de la locura romántica que expresaban grafitis del Mayo Francés, como "seamos realistas; hagamos lo imposible". Tal vez en él hubo un militante político que devino en militante del poder. Lo seguro es que detestaba la debilidad en cualquiera de sus formas. A la debilidad económica la combatía, en lo personal, siendo rico, y en lo gubernamental, ejerciendo el poder con arcas repletas. A la debilidad política, la negaba y eludía de mil maneras, igual que negó e intentó eludir la debilidad física. En ambos terrenos sufrió derrotas. En el político, Tabaré Vázquez y la ex Botnia vencieron la erradicación de la pastera que él había proclamado como "causa nacional". También lo venció el campo en la batalla de las retenciones. Hasta un dirigente improvisado, opaco, con discurso insustancial y sin poder territorial como Francisco de Narváez lo derrotó en Buenos Aires, el escenario que el Gobierno había inundado de subsidios y obras.No obstante, su conducción vigorosa y su osadía generaron solidez macroeconómica y progresos históricos como el juicio a genocidas y torturadores; una Corte Suprema de excelencia; el matrimonio homosexual y aportes significativos para los sectores sumergidos.No fue un gran líder porque, más que convencer, imponía. Pero fue un notable conductor; algo cercano a lo que propuso Jenofonte en su libro Memorables , donde el antiguo pensador griego definía al "jefe" como "aquél que sabe mandar". Por eso, al morir el jefe surge un liderazgo místico. La tendencia peronista a la liturgia y la pasión izquierdista por la épica y sus mártires, además del talento de cineastas como Tristán Bauer produciendo documentales que repetirán los canales estatales y los oficialistas, van a completar la construcción del líder espectral. Riesgos. La muerte coloca a la política en el terreno de las emociones y ésa es la dimensión donde mejor se mueven el peronismo y la izquierda kirchnerista. Además de aportarle el carisma que le faltó en vida, la muerte relega el lado oscuro de Kirchner, resaltando sólo aquello que lo hacía admirable. Por eso, constituye su golpe más demoledor sobre los opositores.En el campo del antikirchnerismo, sólo unos pocos incurrieron en el acto miserable del festejo. No fue como aquel indecente "viva el cáncer", pero algunos tuvieron el mal gusto, la mala entraña y la estupidez de expresar júbilo. Al mal gusto y la mala entraña, no hace falta explicarlos, mientras que la estupidez radica en no entender ni remotamente lo que implica esta muerte.La oposición no encarna ideas y no refleja pensamiento político porque, para existir, le bastaba con denunciar las sombras de la corrupción, señalar las arbitrariedades del conductor oficialista y ser víctimas de su agresividad.En la Argentina, el oficialismo es un fervor que enardece y la oposición un vacío que no entusiasma. Como las dos cosas son malas, el fanatismo es el riesgo que se debe conjurar. ¿Podrán hacerlo la Presidenta y el ala moderada del oficialismo? En todo caso, lo único claro es que, si tanto el oficialismo centrista como la oposición podían a duras penas lidiar con el recio jefe, es difícil imaginar que puedan contener al carismático líder que ha nacido en su funeral.