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Mucho es lo que ignoramos

En conclusión: lo ideal es que los que saben gobiernen a los que no saben. Pero, por ahora, por lo general ocurre al revés. Arnaldo Pérez Wat.

18 de marzo de 2013 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Mucho es lo que ignoramos

En un hogar de villa de emergencia, el marido noctámbulo retorna tarde y su mujer, zapato en mano, le recrimina que llegó a las 5: "Ya ti'i dicho qué te vuá hacé. La próxima te vuá 'atá a la cama". Nos llama la atención su "nivel cultural" y concluimos que a lo mejor estamos un poco más arriba. Aunque ese "arriba", si no una perogrullada, es aquí una calificación muy relativa: esa mujer sabe cosas que nosotros no tenemos obligación de saber, pero que necesita para poder salir adelante.Sabe, por ejemplo, cuando sale a olisquear por los basurales, en qué cajas, con aislación en el cartón del envase que encuentra achatadas, puede quedar un resto de comida. Y sabe cómo calentar ese resto de alimento con maderitas, y sabe comenzar la ignición con guano, que de paso despide humo para espantar a los mosquitos.Además, dijo que lo iba a atar. Difícil que haya pensado en un cepo; sus finanzas no van en esa dirección, nos reímos. Pero no del cepo que ustedes están pensando, sino del que con maderas aseguran el cuello y las extremidades del reo con alambre o tuercas. La humilde mujer, de seguro no sabe que Arquímedes inventó el tornillo.Pero se nos borra la sonrisa al pensar que los científicos no saben cómo o por qué una llave inglesa ajusta una tuerca, vale decir, cómo es el contacto intermolecular. O sea, si hay una fila de moléculas en la llave y una de ellas dice: ¡Adelante, chicas, somos muchas! y se lanzan contra las filas de la tuerca.Pasando al saber de la política, ella es ciencia con algo de arte, además de filosofía, sociología y economía. Si estas dos últimas estuviesen en manos de sociólogos y economistas, seríamos más felices. Lo triste de la política es que está en manos de políticos. Lo que descorazona en este desfase, en gran parte, es que tiene su base en un estereotipado impedimento para la originalidad intelectual: la facilidad de comunicarse que posee la humanidad en esta era de la cibernética.El que no tiene nada que decir invade el rating con tijeretazos mortales en la raíz misma de la originalidad. Desde el siglo pasado, es el precio que hay que pagar por el lujo de la comunicación instantánea, que, bien utilizado, constituye una bendición para los pueblos.En lo tocante a los intelectuales, muchos editores prestan atención sólo al anuncio: "El más vendido del año"; aunque se trate de un estercolero cultural. Por otra parte, personas que no tienen nada que decir, a sabiendas, persisten en hacer de la comunicación una profesión.A ambos les cabe la responsabilidad de lo mucho que ignoramos; y quizá les quepa la anécdota que sigue. Un sujeto comentó: "Llevo 10 años escribiendo sobre crítica del arte y ahora caigo en la cuenta de que no tengo condiciones para ello". "¿Así que ahora te dedicas a otra cosa?", preguntó el amigo. "No –contestó– ya no puedo; soy demasiado famoso".Volvamos a la realidad política. Los excluidos en su villa, la veleidosa Bolsa de Valores en manos de aficionados y los funcionarios de turno que colocan los mismos parches: aumento del precio de los cigarrillos y de la nafta, impuestos nuevos. Devaluando y aplicando cepos (cepo en el sentido que estaban pensando al principio).En conclusión: lo ideal es que los que saben gobiernen a los que no saben. Pero, por ahora, por lo general ocurre al revés. Un sabio filósofo chino dijo: "Llenad los estómagos y vaciad los cerebros; instruir al pueblo es arruinar al Estado". Cuando leemos esta sentencia, nos asombramos, pues desde aquellos días hasta hoy, muchos gobernantes se empeñan por que tenga vigencia.