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Modestos e inmodestos

Podríamos agregar que la modestia es la costumbre de no comunicar a los otros la elevada opinión que uno tiene de sí mismo.

25 de noviembre de 2013 a las 01:45 p. m.
Arnaldo Pérez Wat*
Modestos e inmodestos

Es imposible que un individuo vaya pregonando que es modesto, porque al hacerlo deja de serlo. El filósofo Vladimir Jankélévitch dice que la modestia es una de esas cualidades que sólo se poseen con la condición de que uno no se dé cuenta de ello.

Hay quienes opinan que la humildad es más bien interior, mientras que la modestia se refiere al comportamiento externo. La Academia define la modestia como virtud que modela, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado según lo conveniente a él. Y la humildad, como el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades.

Hubo humildes sin modestia: Charles Chaplin pasó dos años en asilos para pobres, donde lo azotaron y humillaron. Empezó a actuar a los 5 años y a los 28 era ya uno de los primeros millonarios del cine.

Cantinflas, el sexto de 15 hijos de un empleado de correos, fue empujado para que subiera al escenario en una carpa popular. Había faltado el artista principal. Quizá su humildad hizo que hablara incoherencias. Fue el actor más taquillero de habla española.

El escritor parisino Jorge Feydeau hizo reír al público con sus vodeviles. Estaba sentado en un restaurante cuando se le acercó una extranjera. “Soy una actriz rumana muy feliz de conocerlo –le comunicó–; he recitado sus obras en Bucarest, en Cernovz...”. “Bien, señora –contestó Feydeau–, pero yo no le guardo ningún rencor”.

El pintor británico James Abbot McNeill Whistler, fallecido en 1903, se hizo amigo en Venecia de Oscar Wilde, que lo miraba como a un subordinado. ¡Vaya qué dúo de inmodestos! Los dos no hablaban más que de ellos mismos.

Cierta vez, en una aduana, le preguntaron a Wilde si llevaba objetos de valor. “Sólo mi talento”–contestó. Y a Whistler una dama le contó que en el Támesis había una neblina deliciosa que le recordaba algunos de sus cuadros. Con afectada gravedad, el pintor aclaró: “Es la naturaleza, que poco a poco comienza a imitarme”.

Sentimiento placentero

Hay, desde luego, opiniones negativas sobre la modestia: “Sólo los ruines son modestos”, dijo Goethe. A la gente se le oye decir que la modestia es una máscara. André Chenier opina que la falsa modestia es un exceso de orgullo.

Para Henry Bergson, la verdadera modestia no puede ser más que una meditación sobre la vanidad. Podríamos agregar que la modestia es la costumbre de no comunicar a los otros la elevada opinión que uno tiene de sí mismo.

Sin embargo, cuando se nos presenta o frec uentamos una persona verdaderamente modesta, todo esto nos suena a charla refinada. En las calles de Córdoba, se veía a un miembro del Congreso de la Nación que, cuando con transporte urbano llegaba a su domicilio de barrio General Paz, había gente esperándolo en la vereda con distintos requerimientos. Un día, la esposa –excelente locutora– salió para el almacén, la farmacia y otros menesteres. A su regreso, cuando se disponía a entrar por el jardín de su casa, uno del grupo le gritó: “Señora, tiene que hacer cola”. Es que no vio a una persona aparatosa que llegaba en un auto lujoso.

Se nos ocurre que, por lo general, el hombre que se ha analizado bastante tiempo a sí mismo, o ha aplicado una rigurosa terapia en su vida interior, no puede dejar de ser modesto. Y si recibe alabanzas desde el exterior, afectivamente siente que le hablan a una parte de sí mismo. En esa parte yace el amor propio, que no llega a constituirse en una pasión, sino en la constancia de un placentero sentimiento.

*Periodista.