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El "modelo" de la Argentina partida en dos

La crispación, como toda otra forma de violencia política, no es compatible con el esquema de democracia constitucional elegido por la Argentina. Jorge Horacio Gentile.

24 de abril de 2011 a las 12:01 a. m.
Jorge Horacio Gentile (Docente de la Universidad Nacional de Córdoba y de la Universidad Católica de Córdoba)
El "modelo" de la Argentina partida en dos

El estilo confrontativo del gobierno kirchnerista se ha convertido en esencial al "modelo" político que pretende imponer, y que no es otro que el tratar de articular diversas reivindicaciones que de mandan distintos sectores sociales (laborales, sexuales, ecológicas, comunicacionales, etcétera), y oponerlas a quienes identifica como sus enemigos. De esta manera, se pretende tensar el conflicto como ocurrió cuando se trataron las leyes del matrimonio entre personas del mismo sexo o la de medios audiovisuales, y trazar una frontera que separe a las dos fracciones en que se quiere dividir a la sociedad, la de los "amigos" frente a la de los "enemigos". Estos últimos son caracterizados por lo que el neomarxista Antonio Gramsci denominaba la "hegemonía", que algunos sectores ejercerían en lo político, en lo económico, en los medios de comunicación, en lo religioso, en lo cultural, etcétera. A esa hegemonía hay que enfrentarla y combatirla hasta sustituirla por la "heg emonía" populista, conformada por la articulación de quienes reclaman desde distintos sectores sociales y, en nuestro caso, con el apoyo del Gobierno y del aparato estatal. Esto explica: La distinción entre izquierda y derecha, la primera calificada de populista o progresista, y la segunda denigrada por reaccionaria, oligárquica, retrógrada, neoliberal o conservadora. El recurrente cuestionamiento que desde el oficialismo se le hace a Mauricio Macri, Héctor Magnetto, Hugo Biolcati, Jorge Bergoglio, Jorge Lanata, al diario Clarín , a la Sociedad Rural Argentina, a los militares, a la Iglesia Católica, entre otros "opositores" que lideran o representan "hegemonías" que el populismo cuestiona. La frontera que se construye al denostar a los referentes hegemónicos, ejerciendo presiones y, en algunos casos, nuevas formas de violencia, como el escrache, el piquete, la toma, el bloqueo, el grafiti o las marchas de los que se cubren la cara y exhiben machetes; diferente de la violencia armada y homicida de la década de 1970. La descalificación del adversario, que sirve para construir el discurso populista con el que se articulan los distintos reclamos y sustituye al diálogo, el debate y la negociación. El enemigo/adversario. Los posmarxistas Ernesto Laclau y Chantal Mouffe justifican este "modelo" con lo que llaman "la razón populista", al afirmar: "La izquierda debe comenzar a elaborar una alternativa creíble frente al orden neoliberal, en lugar de tratar simplemente de administrar a este último de un modo más humano. Esto, desde luego, requiere trazar nuevas fronteras políticas y reconocer que no puede haber política radical sin la identificación de un adversario. Es decir que lo que se requiere es la aceptación del carácter inerradicable del antagonismo". A ello, agrega Mouffe: "(…) la defensa y radicalización del proyecto democrático exige reconocer lo político en su dimensión antagónica y abandonar la ilusión de un mundo reconciliado, en el cual el poder, la soberanía y la hegemonía hayan sido superados". Democracia constitucional. Esa concepción "adversarial" o "agonística" de la democracia, en la que se privilegia la lucha política y se impone la crispación, es contraria a los postulados de la democracia constitucional, que no suprimió el conflicto político, pero lo reguló, lo humanizó y lo racionalizó. Por eso, la Constitución y sus normas complementarias establecen "reglas de juego" para procesar esas disputas y procedimientos para que las normas y decisiones se logren y aprueben mediante el diálogo, el debate, la mediación y el consenso. Recién cuando el acuerdo no puede ser alcanzado, el Estado, –árbitro final de los conflictos– recurre al voto de los representantes o de los ciudadanos. La crispación, como toda otra forma de violencia política, no es compatible con este esquema de democracia constitucional. Los partidos políticos, como mediadores entre la sociedad y el Gobierno, hoy muy debilitados, no deben ser sustituidos ni por las "hegemonías" buenas ni por las malas; como los políticos no pueden ser reemplazados por líderes mediáticos o por quienes tienen méritos bien ganados en ámbitos no políticos, pero que carecen de ideas o experiencia en lo atinente a la gestión del bien común, que es la razón de ser de lo político. No todos los que conforman el Frente para la Victoria se sienten cubiertos por ese techo ideológico ni tienen en claro el por qué de tanta crispación, y el para qué negarse a intentar el consenso. Como tampoco se entienden alianzas, que sólo se explican por el afán de mantener, acrecentar y eternizarse en el poder, como las conformadas por el oficialismo con Eduardo Lorenzo Borocotó, Carlos Menem y miembros de la familia Saadi.Junto con la libertad y la igualdad, la democracia pluralista necesita de la fraternidad, y los intereses sectoriales en pugna deben ser superados por la búsqueda del bien común, que es el fin último de toda sociedad democrática. Estos y no aquellos son los principios básicos del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.