El milagro de la compasión
¿Qué sucede con los que nos gobiernan, que permanecen impasibles ante una ciudadanía necesitada de derechos básicos, negados por contiendas partidarias? Federico Palacios.
En diferentes regiones y entre diferentes capas sociales, el caudal de información de los medios de comunicación social permite a todo hombre o mujer estar al tanto de lo que sucede en el país y en el mundo. Sin embargo, este amplio suministro de informaciones a veces genera tan sólo una preocupación superficial por los problemas de la sociedad. Y esta superficialidad a menudo enmascara una apatía masiva.La exposición a este flujo de información puede servir para anestesiar o adormecer antes que para dinamizar al ciudadano. Es lo que los sociólogos funcionalistas Paul Lazarsfeld y Robert Merton denominan la "disfunción narcotizante de los medios".El filósofo Karl Marx puntualizaba en el siglo XIX que la misma religión es "el opio de los pueblos". En aquella época, el opio era una medicina importante, usada como analgésico, sedante y anestésico.Como creyentes en Cristo de este siglo 21, nos podemos preguntar cómo se encuentra nuestra capacidad de conmoción o de compasión, es decir de "dejarme movilizar" o de "padecer con el otro". De lo contrario, traicionaremos el corazón del auténtico cristianismo.En una oportunidad, Jesús se dirigía a una ciudad llamada Naím, acompañado por sus discípulos y por una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda. Recordemos, además, la soledad e indefensión a la que se encontraba expuesta una viuda en aquella época.Dice el Evangelio que Jesús, al verla, se conmovió y le dijo: "No llores". A continuación, sabemos que obró el milagro de hacer volver al hijo a la vida, que sólo Dios puede realizar (Lucas, capítulo 7, versículos 11 al 17).Los invito a que nos detengamos en la primera actitud del Señor: "dejarse conmover". El hijo de Dios hecho hombre "se conmueve" y, en realidad, ahí se genera su milagro.Esto es precisamente lo que necesitamos como seres sociales, desde los que nos representan en el gobierno hasta el común ciudadano: ser capaces de compasión y solidaridad. Pensar en el otro, sentir con el otro, alegrarme con el otro, llorar con el otro...¿Qué nos pasa como sociedad que hay situaciones cotidianas a las que nos acostumbramos y ya no nos interpelan? ¿O creemos comprometernos, pero profanando los derechos de los otros? ¿Qué sucede con los que nos gobiernan, que permanecen impasibles ante una ciudadanía necesitada de derechos básicos, que son negados por contiendas partidarias?Desde que se promulgó el decreto 982/98, agosto está dedicado a la solidaridad, ya que el 26 de este mes se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta, cuyo testimonio trascendió los límites de la Iglesia Católica.Ella fue una verdadera adoradora de Dios, ya que luego de hacer sus oraciones lo buscaba entre los "más pobres de los pobres" de la India. Su vocación, precisamente, surgió por dejarse conmover en el contacto con ellos.Agosto, mes de la "solidaridad", es la oportunidad para aprender a "padecer con el otro", compromiso que debe atravesar lo cotidiano, empezando por la propia familia.Expresaba en alguna oportunidad que cada momento es propicio para mirar a nuestros costados, hacia adelante y hacia atrás, y aprender a dar una respuesta al Señor en mi prójimo, que es el más cercano a mí.Este es el milagro que verdaderamente necesita hoy nuestra sociedad argentina.

