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Mercedes en domingo

Mercedes Sosa, sobre todo, será un espejo de lo que podemos ser, de lo que nos hará brillar como un faro, siempre, en estas lejanas orillas del sur.

27 de octubre de 2013 a las 02:07 p. m.
Mercedes en domingo

Hoy es domingo de votar, y de votar nada menos que al cumplirse casi 30 años desde que asomaron en las escuelas aquellas urnas que nos trajeron de regreso la democracia.

Claro que dan ganas de votar. Y, aunque trajinando estas décadas las cosas no siempre nos han salido como hubiéramos querido, la esperanza a veces ha tenido consuelos inesperados. Según los ojos con que se miren, por supuesto.

Es uno de esos domingos bajo el sol de la historia, más allá del que nos entibia la primavera; es decir, de algún modo festivo, como esos domingos de los que cada generación ha sacado su porción de intensidad vital, social y, acaso, la fórmula simple de sentirse bien.

Pero, precisamente, pongamos los domingos al sol, rescatemos esa escena en la que la luz entra en las casas y de las casas sale la luz. Y, ya que estamos, como en esos años de plenitud obrera, dejemos que inunden las ventanas discos queridos de la música argentina.

Vaya manera de presentar lo que se extraña: Mercedes Sosa. Mujer, argentina, tucumana, cantora, muerta en octubre (por eso será que las sensaciones se nos mezclan ahora), viva siempre.

Hay veces que las palabras sólo son las palabras, y hay otras veces que, montadas en una melodía, se abren y esparcen su perfume, su gracia o su drama; su sentido, aún más profundo de lo que quieren o saben decir.

Ay, las palabras, cuando no tenemos nada, son todo lo que tenemos; uno se pasa la vida buscando la llave que las abra; las dice de una u otra manera, las escribe, las sueña pensando en que la fecundidad que uno siente de la que están preñadas brotará en el corazón de quien las recibe. Y tantas veces uno se queda sólo diciendo...

Uno está hablando de Mercedes Sosa, aunque siempre hable de uno. Ella era dueña de las palabras: su voz sabía decirlas, sabía cantarlas; con su pronunciación y su intención sabía llegar a tantos corazones.

Eso es cantar. ¿O qué otra cosa puede ser cantar cuando se trata de la canción, en la que la palabra reina sobre la música o, al menos, va de la mano de ella?

Fue como debía ser, porque era nuestra gran cantora. Y eso es poco decir, porque ella no sólo cantó de manera íntima y profunda nuestras cosas, de la más variada raíz, sino que, además, fue una de nuestras mayores credenciales ante el mundo, como que, por ejemplo, en muchos medios europeos hablaron de la voz de América latina.

Tamaño orgullo; es decir, alguien que nos representa más allá de nosotros y cuya voz puede volar por encima de nuestras pequeñeces que se quedan alimentándose a sí mismas y pocas veces ven la claridad del porvenir.

Mercedes, sobre todo, será un espejo de lo que podemos ser, de lo que nos hará brillar como un faro, siempre, en estas lejanas orillas del sur.

Es curioso, pero acaso nunca Mercedes Sosa se haya imaginado a sí misma como una ofrenda de coincidencia nacional, como sucedió con su muerte, hace cuatro años.

Sobre todo porque padeció las diferencias y la peor de las hostilidades argentinas: el exilio. Una cosa somos nosotros y otra es Mercedes Sosa. O a lo mejor somos la misma cosa. Sólo que le hemos dado las palabras, nuestras palabras. Ella supo decirlas y cantarlas. Sobre todo a la vuelta de la muerte: quiere decir que sabe decirlas y cantarlas.

Este domingo de plenitud ciudadana es buena ocasión para volver a escucharla.