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Mejorar la convivencia

Hoy por hoy, un funcionario, un empresario, un legislador o un juez no es tan importante por pertenecer a la institución donde se desempeña, sino por trabajar para lograr la autoridad merecida

01 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
Eugenio Gimeno Balaguer*
Mejorar la convivencia

Pareciera que vivimos en una sociedad permisiva, con una evaporación de autoridad, con conductas antisociales manifiestas y reiteradas, con un individualismo feroz, donde hay, o al menos se pretende instalar, una hipertrofia de derechos y, por contrapartida, una atrofia de deberes.

La anarquía fue definida como abolición de autoridad, jerarquía o control social sobre el individuo. En muchas interacciones sociales se manifiestan, y a veces se promueven como características frecuentes, la irracionalidad, incluso, la violencia, fases iniciales de la anarquía.

Hoy por hoy, un funcionario, un empresario, un legislador o un juez no es tan importante por pertenecer a la institución donde se desempeña sino por trabajar para lograr la autoridad merecida; ya por el modo de actuar, por la profundidad del saber, por el cuidado de sus argumentaciones, por la coherencia de su comportamiento, por la honradez de su conducta, por su valentía de superar las presiones; en suma, por méritos personales que denoten construcción.

Como contrapartida, la gente, el ciudadano común, tiene el deber de la autorresponsabilidad en los espacios donde habita.

Diálogo. La palabra "diálogo" sigue siendo una asignatura pendiente. Un diálogo que persiga el reconocimiento de derechos individuales, el rechazo de desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, la racionalidad como modo ideal de resolver conflictos, la seguridad jurídica, las políticas de ayuda a los débiles y desamparados.

No hay que confundirse con los espejismos de crecimiento; sí recordar que la palabra “desarrollo” sólo tiene sentido para los que participan de él. Por eso cabe la reciprocidad como correspondencia mutua por parte de los beneficiados, la auto obligación de “tratar como quisieras ser tratado”.

Vivimos, a nivel país, momentos críticos. Y, como todo momento crítico, de grandes oportunidades para avanzar. Más que nunca el político deberá ser una figura de autoridad bien entendida, pero cada ciudadano también, porque la institución legitima al individuo, que a su vez legitima la institución concretando sus deberes.

El desafío. Toda posición de poder compromete a alcanzar la excelencia. También ser ciudadano es un compromiso de excelencia, no un derecho pasivo. Muchos piensan que la democracia es el gran derecho, pero es el gran deber. El Estado de derecho es una gran oportunidad para realizar nuestro deber.

Es cierto que la frustración es inevitable y frecuente en toda fase de desarrollo; en el aprendizaje, la pedagogía de la inmediatez ha hecho y hace estragos, en especial en los jóvenes.

El aprendizaje reclama –yo diría, exige– esfuerzo y el hábito de aceptar la fase de frustración antes del resultado. Todo requiere tiempo y esfuerzo. La anarquía es la amenaza; la reciprocidad, el anhelo.

La educación. ¿Cuándo empieza la educación de un niño? "Veinte años antes de nacer, en la educación de su madre", fue la respuesta a esa pregunta.

En una sociedad desorientada, la indiferencia es lo que prima en la mayoría y se manifiesta en que todo le da lo mismo, no distingue lo esencial de lo accidental y dice a todo que sí, con una especie de resignación a la posibilidad de mejora.

Nuestras convicciones determinan nuestra conducta. Ellas nos motivan a actuar en cierta forma. Pero hay una ironía, hoy por hoy, y es que la gente en general tiene fuertes convicciones acerca de asuntos sin mayor importancia (fútbol, moda, programas de televisión) mientras tienen débiles convicciones acerca de asuntos realmente importantes (lo sustancial y lo accesorio en la convivencia social), aquí tiene un rol fundamental la educación desde la familia, hasta la escuela y la sociedad.

La convicción hace a la congruencia, que es esa sensación de coherencia, de veracidad, de certidumbre, de sinceridad, que nos proporciona nuestra fuerza interior, cuando todas nuestras partes internas están alineadas hacia un mismo objetivo, hacia un mismo fin.

Es como ser el director de nuestra orquesta: no se trata de que todos los músicos toquen el mismo instrumento, sino que todos se pongan de acuerdo en la melodía por interpretar. Y un resultado de esta congruencia es el poder personal, el carisma, la energía y la base sobre la que se apoya el liderazgo: hacer lo que se predica, enseñar con el ejemplo. Todos deberíamos ser líderes, al menos de nosotros mismos.

La indiferencia se manifiesta en lo contrario, que es lo que muy a menudo observamos a nuestro alrededor. Es el dominio del ego, de las justificaciones, del autosabotaje, del autoengaño.

¿Qué impresión puede causar un médico al que vas para que te ayude a adelgazar y ves que él pesa 120 kilos? ¿Qué sensación te produce la de un entrenador que da sus cursos de “crecimiento personal”... fumando? ¿Quien te pide ser puntual en tus obligaciones y ves que los que no lo hicieron son de alguna forma premiados?

En síntesis, para mostrar un camino hay que haberlo recorrido primero... Superar la indiferencia y trabajar para lograr la convicción es el desafío y un indicador de crecimiento; esto incumbe a toda la sociedad y los ejemplos debemos darlos todos, dirigentes y dirigidos.

*Ministro de Planificación, Inversión y Financiamiento de la Provincia.