Mayo, de las palabras a la política
De esta manera, en realidad, se genera una doble oposición. Rogelio Demarchi.
La propuesta del domingo pasado fue pensar el Bicentenario desde la historiografía nacional. Otra alternativa es pensarlo en el contexto regional y desde la perspectiva del análisis del discurso.
Entre todas las cosas que el proceso revolucionario trastoca, en el Río de la Plata y en el resto del continente, en Narraciones de la independencia (Eterna Cadencia, 2010), Dardo Scavino se detiene en las mutaciones de significado que experimentan determinadas palabras y sus consecuencias políticas. Para ello estudia cartas, proclamas, ensayos y poemas escritos en aquellos tiempos -antes, durante y después de las revoluciones-.
Tomemos como ejemplo un par de vocablos altamente significativos. Antes de la revolución, "hispano era un gentilicio que incluía a dos grupos: los hispanos europeos y los hispanos americanos", escribe Scavino. Pero "con las revoluciones, el gentilicio hispanoamericano comenzó a reunir a los hispanos, los indios y los afroamericanos" porque el indio y el negro "comienzan a contar igual que un hispanoamericano".
El otro vocablo es "criollo". Si originalmente designaba a quienes habían nacido "acá", con las revoluciones pasó a ser "un sinónimo de nacional o autóctono, y un antónimo, por ende, de español y, más tarde, de gringo". En consecuencia, "criollo va a transformarse en el nombre de una natio y, por extensión, en la calificación de los nativos".
De esta manera, en realidad, se genera una doble oposición. Si por un lado criollo se opone a español, por el otro se opone a indio. Esa identidad a construir -la de los criollos, que es la de la nación naciente- se definirá frente a estos dos antagonistas, que ven cosas muy distintas cuando ven a un criollo: si el español ve a un americano, el indio ve a un europeo.
En otras palabras, en medio de ese antagonismo, los criollos construirán su hegemonía y de allí en adelante serán el sector de la sociedad que asumirá la representación de la comunidad en su conjunto. Al fin y al cabo, por ejemplo, nuestra Primera Junta ha pasado a la historia como el primer gobierno criollo del Río de la Plata.
Scavino no se detiene en este punto, sino que extiende el resultado de su lectura hasta los campos de la política y de la narrativa porque antagonismo y hegemonía serían "las dos dimensiones de la constitución política de un pueblo", y con ellas vincula "las dos fábulas discernibles en los textos de la Independencia: la epopeya popular americana y la novela familiar criolla. La primera, narra el antagonismo entre americanos y españoles; la segunda, la historia de la hegemonía hispanoamericana en las repúblicas homónimas".
Ese doble relato le permitirá a los criollos enfrentar a los españoles, diferenciarse de los indios cuando sea necesario y defender ante quien sea y como sea su derecho de propiedad sobre el territorio. Una triple operación que define a grandes trazos lo que sucederá en el proceso de constitución de los nuevos estados.

