Mauricio Macri evitó el colapso económico
Antes del traspaso del poder, la economía estaba a punto de estallar. La magnitud de los desequilibrios se había tornado incontrolable.
No fue suficiente el fracaso del modelo kirchnerista ni el colapso venezolano para desterrar con fuerza la concepción de un Estado paternalista y protector, que de forma invariable termina por ahuyentar las inversiones, aplasta los impulsos creativos del sector privado y genera una injusta e intolerable pobreza. A pesar de que la mayoría de la sociedad argentina le dio la espalda al populismo en las últimas elecciones, aún subsiste cierto grado de incredulidad sobre las ideas de la libertad y el libre mercado, que caracterizan el giro político del actual gobierno.La desconfianza imperante en algunos sectores por el cambio de orientación explica el apresuramiento con el que se encendieron voces de alarma, ante la declinación de algunos indicadores económicos durante los primeros meses de gestión.Sin embargo, en contraposición a esas injustas prevenciones, el Gobierno nacional demostró su eficacia para sortear grandes distorsiones y desequilibrios heredados, sin recurrir a un ajuste forzoso de las variables y al evitar un traumático crack económico. Un gran éxito, no valorado ni apreciado aún por la sociedad.El presidente Mauricio Macri recibió el país en una situación extremadamente delicada. Antes del traspaso del poder, la economía estaba a punto de estallar. La magnitud de los desequilibrios se había tornado incontrolable.Muestra de ello es que la expresidenta debió despilfarrar todos los recursos disponibles para prolongar la agonía del modelo económico populista que pregonaba con obsesión. Evitó, así, un colapso inminente.Hay que considerar que, de forma paradójica, Macri asumió con una relativa sensación de bienestar en la población, que la expresidenta logró mantener de modo artificial con el dispendio de los recursos públicos, en vez de hacerlo de manera sustentable. Esto le permitió mantener su crédito político sin preocuparse por el daño causado al país.Ante este cuadro de situación, difícil de desactivar, el Presidente debió acudir a una estrategia con sentido común, proponiéndose como prioridad restablecer la confianza, mediante los lineamientos de una política económica sensata y racional.Se incorporó la libertad económica, extirpándose las tan recurrentes como nocivas intervenciones del Estado en la economía. Se anunció, al mismo tiempo, una paulatina reducción del gasto público, la emisión y la inflación. Y se dieron señales, a su vez, sobre el respeto por las instituciones y la integración al mundo.Sensible por la situación heredada, el Gobierno decidió aplicar los cambios de manera gradual, cuidando a los sectores más vulnerables. Dejó de lado la aplicación de una política de ajuste frontal y abrupto.Ello significó asumir el riesgo del fracaso que algunos sectores ortodoxos vaticinan, por desafiar la inmediatez que imponen las reglas de la economía. Hay que reconocer que, en el contexto descripto, la prudencia fue indispensable para evitar un suicidio político.Por otra parte, se contempló lo peligroso que era arriesgar la gran oportunidad de reconstrucción que el nuevo presidente le ofrece al país, de ganar la batalla de las ideas definitivamente y de disipar –con el éxito de su política– la confusión y los prejuicios ideológicos que representan el mayor daño ocasionado al país.Además de la enorme contribución de haber evitado el colapso económico, ya comenzaron a ser visibles los primeros síntomas de recuperación. Lo reflejan el entusiasmo del sector agropecuario y de la agroindustria, el incremento de las ventas de automóviles, la paulatina recuperación de la construcción, el impacto que genera el importante plan de obras públicas lanzado y la recuperación del empleo que aparece en el último trimestre.Al consolidarse este proceso, se restablecerán en la sociedad la esperanza y la confianza en las políticas sensatas. Es la mayor contribución que necesita el país.* Vicepresidente de la Bolsa de Comercio de Córdoba, empresario

