Mauricio Macri en autito chocador
Los “insensibilistas” del Gobierno se impusieron en el terreno de las tarifas, y causaron un desastre.
El buen gobierno sabe distinguir demagogia de sensibilidad social. La demagogia no es sensible y la sensibilidad no es demagógica.
La economía del kirchnerismo terminó siendo un embuste demagogo, mientras que la de Mauricio Macri quedó trabada entre dos visiones antagónicas.
Una entiende que el buen gobierno no debe ser demagógico, pero tampoco insensible. La otra confunde sensibilidad social con demagogia.
Los “insensibilistas” se impusieron en el terreno de las tarifas, y causaron un desastre. Si bien, más que aumento tarifario, se trató de una quita de subsidios (y ni siquiera total), la trepada que implicó –además de azuzar la inflación y derribar el consumo, lo que agrava el déficit fiscal– fue tan estratosférica que puso a los precios en niveles inalcanzables para muchos sectores.
Como proponer lo irrealizable es un error, al Presidente no le quedará más alternativa que admitir la negligencia o, de manera lisa y llana, la incapacidad de funcionarios como Juan José Aranguren.
Además, por su paquete accionario en Shell, el ministro de Energía y Minería completa las razones por las que no debería estar en ese cargo.
Sus acciones echan sombras sobre algunas de sus decisiones, lo que lo asemeja a Dick
Cheney, el turbio vicepresidente de George W. Bush que favoreció a la empresa Halliburton, incluso en la ocupación de Irak.
Tendrá capacidad y preparación para comandar una petrolera privada, pero no para ejercer un cargo cuyas decisiones pueden tener efectos sísmicos.
El solo hecho de haber dicho que “si el consumidor considera que el precio del combustible es caro, deja de comprar” refuta a Macri cuando afirma que Aranguren es muy capaz.
Esa ala insensible hasta la negligencia, así como otros funcionarios que toman decisiones mal calculadas (cuando no de intenciones oscuras), hacen que el Gobierno tenga siempre la mano sobre la palanca para poner marcha atrás.
Está bien contrastar con la “egocracia” de una presidenta tan ególatra que jamás retrocedía ni admitía errores. Pero ser un gobierno que anda en autito chocador empieza a resultar decepcionante.
Por cierto, el kirchnerismo y su coro de ángeles peronistas no tienen autoridad para criticar.
La trepada de las tarifas no sólo muestra la ceguera ideológica de los funcionarios macristas y los economistas ortodoxos que usan el adjetivo “keynesiano” como si quisiera decir “trotskista”.
También muestra la mentira demagógica de la “década ganada”. Si en la realidad de los precios y los costos, los salarios y los ingresos estaban tan remotamente lejos de la altura alcanzada por las tarifas (y mentida por los subsidios que, junto con el resto del sideral gasto público, se financiaban con reservas y con inflación), entonces la bonanza no era verdadera sino otra fiesta en la cubierta del Titanic.
Así como para ver el costo de la fiesta menemista no había que mirar el consumo sino el crecimiento de la deuda externa, para ver el costo de la fiesta kirchnerista había que mirar el decrecimiento de las reservas y los niveles explosivos del déficit.
Confundir fiesta con realidad es un viejo error argentino. Un médico que receta somníferos no cura el insomnio de su paciente. El somnífero hace que el insomne duerma, no que se cure.
Lo que no entiende el ala ortodoxa de la fragmentada área económica del Gobierno es que dejar a una persona sin dormir puede destruirla. Al que se está ahogando, hay que ponerle un chaleco salvavidas, no un chaleco de fuerza.
No sólo esos errores de cálculo están debilitando a Macri, también fallidos éticos como el de Susana Malcorra. Su capacidad y su experiencia son indiscutibles. Lo discutible es la ética de haber asumido en la Cancillería sólo para acumular puntaje con vistas a la sucesión de Ban Ki-moon en la ONU.
Es imposible creer que no fuera ese su verdadero objetivo al aceptar el cargo. También es difícil no relacionar con su campaña para llegar a la Secretaría General giros argentinos como el de pedir al chavismo que dialogue con la oposición, justo cuando lo que hay que pedirle es que cumpla con la Constitución.
Para peor, si Malcorra va a la ONU, para reemplazarla podrían sacar a Prat-Gay de Hacienda, lo que sería un triunfo del ala del Gobierno que, además de calcular mal, confunde demagogia con sensibilidad.

