Más que lo que queremos oír
Si alguna duda quedaba, tenía apenas la consistencia del suspiro: el país estaba íntimamente convencido de que se trataba del joven desaparecido durante 78 días.
La tarde del viernes le puso una capa más a la espesura de pesadumbre o desasosiego que atravesaban desde el martes los distintos colores del ánimo argentino. Sergio Maldonado reconoció los tatuajes en el cuerpo aparecido en el río Chubut y dijo que sí, que era su hermano Santiago.
Si alguna duda quedaba, tenía apenas la consistencia del suspiro: el país estaba íntimamente convencido de que se trataba del joven desaparecido durante 78 días.
Ahora, los datos que arroje el análisis médico forense del cuerpo comenzarán a contar la historia que hasta aquí está en sombras: ¿qué pasó con Santiago? ¿Cómo murió?
La inminencia de las respuestas aumenta las pulsaciones de la inquietud nacional: lo que salga de la oscuridad puede desatar tormentas de intensidades difíciles de presentir.
Es que estamos en camino hacia una posible verdad completa de los hechos. No hay ninguna demanda más inequívoca e imperiosa hasta aquí, y especialmente a partir de este momento, que la de toda la verdad y nada más que la verdad.
Este pueblo ha perdido muchas veces la inocencia como para no necesitarla como siempre, más que nunca.
Con la aparición finalmente del cuerpo de Santiago, una parte de la verdad ya fue revelada. Es lo que tenemos hasta aquí, y con esos ojos podemos asomarnos a estos dos meses y medio que acaban de pasar.
La conmoción que produjo la noticia del martes generó reacciones, sensaciones y sentimientos de diversa densidad, desde el más profundo dolor compasivo, y frente a la presunción de estar ante otro episodio de tragedia argentina, hasta versiones del desencanto con la clase política y otros sectores, así como ante los desbordes en la razón con que muchos se posicionan en las dos orillas de la grieta.
Y una intensa indignación, claro, la misma que no entendía cómo era posible que nada se supiera de un joven desaparecido luego de un enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas de seguridad.
Es que lo cierto es que Santiago estaba y está muerto: ni en Chile, ni en Europa, ni en un barrio de Corrientes, ni entre los mapuches. Muerto. Ni escondido ni formando parte de ninguna confabulación. Muerto. Nadie estaba actuando ni simulando angustia y miedo cuando preguntaban dónde estaba: ni los familiares ni las multitudes que salieron a la calle alzando su mirada en los carteles.
Santiago Maldonado, su caso, es otro estigma ya de la memoria argentina. De las fotos que retratan este momento de nuestro estado de cosas, la de los familiares junto al río cuidando durante siete horas el cuerpo de cualquier manotazo nos dice mucho más que lo que estamos queriendo oír.

