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Más allá de la gestión salarial

Los sindicatos deben acentuar su intervención no sólo en la gestión salarial sino también, reforma impositiva mediante, en el goce de los servicios públicos esenciales, en pos de una mayor igualdad. Rubén Daniele.

31 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Rubén Daniele (Titular del sindicato de municipales de Córdoba)
Más allá de la gestión salarial

De manera general, se clasifican los sindicatos, conforme sus fines y objetivos, en los siguientes tipos:

A) Sindicatos integrados al mercado de la oferta y la demanda, con acento puesto en la negociación colectiva. Acuerdan salarios con la empresa, sin demasiada solidaridad con el exterior. Es el modelo norteamericano. Charles Wright Mills los llamaba “sindicatos de pan y manteca”.

B) Sindicato de reivindicación, reforma y diálogo, con participación en servicios públicos, con negociación colectiva.

C) Sindicatos revolucionarios, hoy inexistentes.

Hay otro modelo que, propugnando una reforma social democrática, participa en la negociación colectiva y en la gestión de algunos servicios públicos.

Es el caso del llamado Grupo Gantes (Bélgica, Dinamarca, Suecia, Finlandia), que gestionan –aunque en la actualidad con algunas dificultades políticas– el servicio de desempleo, con alta afiliación. Es similar al modelo argentino.

De Córdoba. Desde 1957 hasta fines de 1972, la acción sindical dominante en Córdoba, con mayoría de peronistas y una minoría de independientes, se hizo bajo las consignas conocidas de la resistencia a la proscripción política, a favor de la lucha reivindicativa, de un modelo de sociedad democrática distributiva que orillaba el socialismo nacional.

La intermediación convencional no era un fin único, sino una de las facetas, aunque importante, del combate integral.

Algunas de las acciones sindicales eran transgresoras (tomas de fábricas orgánicas con rehenes, huelgas con marcada violencia y carga ideológica) y constituyeron una praxis institucionalizada, que culminaron en jornadas inolvidables.

Los sindicatos participaban en la vida cotidiana, en todos los ámbitos, fábrica y barrio, y rechazaban los mensajes de “la hegemonía dominante”.

Hoy, se está lejos de “tomar el cielo por asalto” y de una Córdoba pensada por John William Cooke como una “bomba Molotov imaginaria”.

Los shocks petroleros y la crisis de 1970, el Consenso de Washington, con sus efectos de desregulación, fragmentación y precarización, las deslocalizaciones, la caída del Muro de Berlín, la ola neoliberal y de desguace del Estado, el asalto del Estado de bienestar y del contrato social de la posguerra, debilitaron a los sindicatos. La reducida afiliación sindical que hoy se registra es muestra de ello.

En nuestro país, en la década de 1990, los sindicatos fueron casi desarmados por la ofensiva neoliberal brutal, que desguazó al Estado y vació las instituciones sociales.

La imagen del sindicato clasista o reformista o peronista de izquierda era ya, entonces, una reliquia.

Desde 2003,  con la plena vigencia central de la negociación colectiva y la recuperación del empleo perdido, el modelo de participación se acentúa y los sobrevivientes de la década de 1990 acompañan al Gobierno, con mayor representación y de representatividad, beneficiarios de los méritos de políticas activas y del crecimiento productivo.

Los sindicatos aplicaron el modelo casi excluyente de negociación, convenios colectivos y gestión de servicios (obras sociales, farmacias, proveedurías, mutuales, asistencialismo, hoteles y recreos), con algunas propuestas de políticas públicas.

Nuevos aires. Hoy se registra una estimulante capacidad de convocatoria y movilización, antesala de un mayor protagonismo.

Se dispone, para mejor, de los beneficios legales y materiales del modelo sindical que facilita trascender hacia un tenue reformismo y anular intentos de soslayarlos.

La unicidad sindical, la estructura vertical y la potencialidad material, así como la vigencia, predominante y promocionada, de la convención de actividad, las altas tasas de afiliados-adherentes, de densidad sindical y de coberturas convencionales,  fascinan a los dirigentes sindicales europeos.

Hace pocos días, el presidente mundial de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación lo señaló durante las deliberaciones del congreso de la Confederación de Asociaciones Sindicales de Industrias de la Alimentación (Casia), en Buenos Aires

En Córdoba, los gremios públicos –SEP, UEPC, municipales, Luz y Fuerza–, sobre la base de su tradición, potencialidad, representación y representatividad, están en condiciones de acaudillar, junto a los privados, convocatorias programáticas reformistas.

Una posibilidad sería proponer la disponibilidad para todos del goce irrestricto de los servicios declarados por la Constitución Nacional aún insatisfechos (vivienda, educación, salud, transporte, comunicaciones, seguridad, higiene, esparcimiento).

Podrían hacerlo sin descuidar sus negociaciones colectivas y la gestión de servicios, obras sociales y el esparcimiento, cercanos a la modernidad.

En documentos de recientes congresos de centrales mayoritarias, se advierten esperanzados contenidos reformistas ajustados a “un mercado sólo donde sea posible, sin postración, y a un Estado presente y respetado, en todo lo que sea necesario”

Los sindicatos deben acentuar su intervención no sólo en la gestión salarial sino también, reforma impositiva mediante, en el goce de todos los servicios públicos enunciados, en pos de una mayor igualdad para sus trabajadores y sus hijos, sin lo cual estarán condenados a la exclusión de por vida, en una sociedad del conocimiento cada vez más desigual.