Más allá de los traumas
Antes de considerar quién arroja la primera piedra, Argentina y Uruguay, tienen que intentar entenderse. No pueden caer en la trampa del conflicto.
Uruguay y Argentina son dos países, entre otras cosas, porque el diablo imperial inglés metió la cola: el Río de la Plata era demasiado ancho y potente como para que sus dos orillas fueran de una sola mano, y menos aún de dos de los colosos regionales: Brasil y las Provincias Unidas.
Es un caso paradigmático: una especie de versión anticipada en Sudamérica de lo que fue Panamá en Centroamérica. Pero, como se sabe, la fragmentación fue nuestro primer gran fracaso a poco de romper con el imperio español. Como lo dijo Abelardo Ramos: fuimos un país porque no pudimos ser una nación; fuimos argentinos porque no pudimos ser latinoamericanos.
“La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América, debemos perpetuar una división geográfica de estados que beneficie a Inglaterra. Por largo tiempo los orientales no tendrán marina y no tendrán la posibilidad de impedir el comercio inglés”, escribiría lord Ponsomby, el mediador de 1828, para rendir cuentas de sus actos ante la Corona inglesa.
Nacía Uruguay, lejos de los sueños de Patria Grande de José Artigas, que alguna vez, cuando fue Protector de los Pueblos Libres, cobijó también a Córdoba bajo su manto.
“Soy del sur y vengo del sur a esta Asamblea, cargo inequívocamente con los millones de compatriotas pobres en las ciudades, en los páramos, en las sierras, en las pampas, en los socavones de la América latina”, dijo José Mujica, presidente uruguayo, en la reciente Asamblea de las Naciones Unidas.
“Prometemos una vida de derroche y despilfarro que en el fondo constituye una cuenta regresiva. Una civilización contra la sencillez, contra la sociedad, contra todos los ciclos naturales (…) Continuarán las guerras y los fanatismos, hasta que tal vez la naturaleza nos llame al orden”, agregó, en sus cuestionamientos al rumbo de la sociedad global a la que le señaló el hecho de haber reemplazado “a los viejos dioses inmateriales”, por el mercado y el dinero de los bancos.
Mientras tanto, la presidenta argentina, Cristina Fernández, en la misma Asamblea, además de criticar a los fondos buitres y hablar de la situación con Irán, también cuestionó el estado de cosas del mundo: “Queremos plantear la necesidad de reformular el Consejo de Seguridad para que esté acorde a los tiempos que corren. Inglaterra, como otros miembros permanentes, hace uso y abuso de esa posición. Se da entonces una situación de doble estándar: las resoluciones que dicta el Consejo son aplicables sólo a los países que no tienen poder o derecho a un sillón permanente”, señaló.
“Este Consejo no ha podido preservar ni la paz ni la seguridad internacional. Se creó cuando, quienes estaban sentados, tenían la posibilidad de generar un holocausto nuclear con sólo apretar un botón. Pero ese mundo de enemigos bipolares ya no existe. El escenario mundial ha cambiado”, afirmó.
El mundo ha cambiado, sí, en ciertos aspectos, y uno de ellos es que los latinoamericanos o sudamericanos nos atrevemos a cuestionar al orden de los poderosos en sus propias barbas, que podemos hablar del sur, por fin, como una entidad que cuenta entre tanto norte que nos ha agobiado con sus abusos.
Uruguay y Argentina no pueden caer en una trampa de conflicto, sobre todo a partir de las acciones de una empresa transnacional. Antes de considerar quién arroja la primera piedra, hay que intentar entenderse, más allá de los traumas con que cada uno sobrelleva la relación con el otro.
Acaso también sea ocasión de ver otra vez a Unasur en acción.

