Más allá de los números
No hay mayor contrasentido que vivar a la patria y después descalificar, devaluar o negar la existencia del otro, del compatriota. Norma Morandini.
La democracia es participación; y la República, la división de poderes. Entonces, ¿por qué sorprendernos con las multitudes en las calles? Tal como sucede en todo auténtico festejo, en los actos por el Bicentenario la vida cotidiana se puso en suspenso y las penurias o los padeceres diarios se tomaron un respiro para mejor continuar.
Dos centurias, 200 años, es demasiado tiempo para la frágil y vulnerable vida de los mortales. Por eso, a diferencia de la historiografía que interpreta, las personas solemos mirar el pasado con los ojos del presente.
Sin embargo, sobre las odiosas rencillas del hoy y el escepticismo adolescente del "país que no tiene arreglo", primó el instinto vital de celebrar lo que sí tenemos, la libertad, porque en el último siglo fue el bien más escaso.
El medio siglo de autoritarismo es una resta que nos sobrevuela como fantasma y pareció exorcizarse con esa fiesta colectiva; al igual que la recuperación del espacio público, que es donde transcurre la vida con los otros, el que es un igual y no al que se teme porque se lo ve como una amenaza.
Gente en la plaza y en la calle. Ese bien público forma parte de nuestra mejor tradición cultural, la calle o la plaza en la que se festeja o se protesta, donde también el silencio puede expresar la congoja colectiva. Ahí están, como recuerdo fresco, igualmente sorprendente, los funerales multitudinarios por la muerte de Raúl Alfonsín o la despedida de Mercedes Sosa, cuando, como en el poema de Mario Benedetti, "codo a codo, somos más que dos".
Tal vez porque resulta más cómodo simplificar la sociedad con el número de la encuesta o la cifra electoral o reducir el acontecer político a lo que sucede en los despachos o las redacciones, nos hemos vuelto haraganes intelectuales, incapaces de ir más allá de las apariencias.
"¿Usted pensó cuánta gente entra en la palabra gente?", me increpó hace ya muchos años una persona del auditorio que había ido a escuchar un debate de varios periodistas, entre los que me encontraba. Es una de esas generalizaciones a las que somos tan afectos, sin reconocer que casi 30 años de libertad dinamizaron fenómenos y comportamientos sociales que no pueden ser reducidos a los pobres comentarios televisivos. Menos aun a "la alfombra roja", esa colonización cultural de juzgar los atuendos y confundir cultura con espectáculo.
El arte, cuando es verdadero, siempre es una construcción colectiva y, por eso, cultural. De modo que la teatralización de la historia, al concitar emoción, hizo realidad lo que define los hechos culturales: la experiencia compartida. Ese vivir con los otros, cancelado como vivencia en la sociedad de la imagen, ya que el extenuado hombre moderno llega a su casa al final del día y asiste en la televisión a todo lo que lo excluye. Desde las peleas políticas, los chismes de la farándula, la propaganda que le asegura que no hay inflación, a las muertes nuestras de cada día que han llenado de sangre las pantallas, sin que aparezca la vida, lo que los argentinos hacen, crean o producen.
Esto es: la cultura como experiencia y construcción colectiva que invalida el cinismo de "lo que no está en la televisión no existe". Si algo tuvo valor de verdad y realidad, fue la fuerza bruta de la creatividad de esos artistas que en la calle integraron la historia, desde la inmigración a los pañuelos blancos, desde la industrialización, la humillación de una guerra perdida o la demencia del "corralito". Todos episodios fácilmente reconocibles, en lugar del estéril debate de la pretendida erudición historiográfica que hizo pelear las dos centurias para determinar si ahora estamos mejor que en aquel festejo de 1910.
¿Mejor o peor? Es probable que estemos mejor. No por las razones que se argumentan, sino porque los festejos trascendieron los palacios y la calle expresó lo que nos cuesta admitir: hoy somos una sociedad plural y contradictoria, como no lo fuimos en nuestro pasado.
Esa diversidad que interpretamos como fragmentación, se volcó a las calles por razones múltiples, desde el rock, los stands de las provincias, la gratuidad de los transportes o, simplemente, por deseo.
Sin embargo, todos convivieron sin desconfianzas, unidos por lo que añoramos, esa emoción compartida a pretexto de un cumpleaños colectivo, el de la patria. Algo inédito en nuestro pasado de confrontaciones, ya que no hay mayor contrasentido que vivar a la patria y después descalificar, devaluar o negar la existencia del otro, del compatriota.
Los argentinos no estamos "condenados al éxito", una frase que se repite sin saber que, en realidad, pertenece al sociólogo brasileño Elio Yaguaribe, casi una cortesía en boca de un extranjero.
Para nosotros, es más apropiado decir: los argentinos estamos condenados a respetarnos. Sin ese reconocimiento del otro como un igual, la patria será despojada de su sentido de unir lo que es diverso bajo el mismo cielo que nos cobija y debemos concluir como proyecto y porvenir, una auténtica Nación, respetada ante sí misma y, por eso, ante los otros.

