
Milei volvió a defender a Adorni: Prefiero perder la elección a echarlo
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Redacción La Voz
El filósofo italiano Maurizio Ferraris sostenía en 2012 que la ideología posmoderna estaba causando confusiones oscuras. La idea de sostener que la realidad objetiva no existe (que no existen hechos, sino sólo interpretaciones) había transformado el mundo en una babel de infinitas subjetividades sin brújula. Ferraris advertía de que esa teoría, que aspiraba a ser emancipatoria, podía terminar mal.
En efecto: la imposición progresista del relativismo como criterio de verdad la aprovechó un nuevo populismo de derecha, para quien tampoco hay hechos, sino sólo interpretaciones. “Excepto aquello que dice el líder populista, que debe ser admitido como un hecho y no como interpretación”, dijo Ferraris, una década después.
El presidente Javier Milei sostiene como un hecho irrefutable que las complicaciones actuales de su gobierno obedecen exclusivamente a la conjunción conspirativa de todos quienes se sienten afectados por las reformas que conduce.
En un reposteo que hizo en su cuenta de X, sintetizó de manera genérica los tres pilares de la acción opositora: el kirchnerismo, en repliegue tras la derrota de su relato político; el periodismo, que no vio venir su propia decadencia corporativa, y los liberales que lamentan haber flaqueado en su momento histórico para hacer reformas.
El orden de prevalencia según Milei es: primero los liberales despechados, luego los periodistas, y finalmente el kirchnerismo.
Que el Gobierno nacional atraviesa una crisis de credibilidad no es una interpretación caprichosa. La revista The Economist acaba de advertirle a Milei que, tras el rebrote inflacionario y los cuestionamientos a Manuel Adorni, "necesita tomar las riendas de la situación".
Milei necesita hacer otro ejercicio de liderazgo. En la interna entre su hermana Karina y Santiago Caputo, laudó dos veces: puso a Manuel Adorni como un tapón en la Jefatura de Gabinete para que su hermana manejara a los ministros y le quitó a Caputo el Ministerio de Justicia.
¿Hay una nueva evolución del conflicto interno desde que Patricia Bullrich pidió que Manuel Adorni presentara su declaración patrimonial de una vez por todas?
Adorni no para de desgranar falsedades cada vez que aparece en público. Dice, por ejemplo, que no puede hablar de su patrimonio porque sería una suerte de intervención indebida en el accionar de la Justicia. Un argumento que no resiste el menor análisis.
El pedido de Bullrich es de sentido común, pero Milei lo respondió indirectamente con una apuesta mayor: prefiere perder las próximas elecciones antes que desprenderse de Adorni. Conmovedor para Adorni, poco serio para el país.
La duda que genera la obcecación de Milei con Adorni es de primer orden: ¿el Presidente lo hace porque cree que está en juego su autoridad ante el electorado o porque cree que los liberales están conspirando contra él?
En cambio, la convicción de Milei contra el periodismo tiene mucho menos de temperamento que de cálculo. Milei quiere estar en guerra con los medios.
Es una conducta que Marty Baron, exdirector del Washington Post, describió acabadamente en sus memorias sobre la relación con Donald Trump. "Nosotros no estamos en guerra con el Gobierno. Nosotros estamos trabajando", escribió Baron en un elegante ejercicio de yudo verbal.
Baron todavía sostiene que la democracia necesita un periodismo objetivo: "Se han pisoteado muchas leyes del discurso cívico. Deberíamos conservar el nuestro".
Milei cree que Adorni es sacrificado en el altar del ego de un periodismo dolido. Es una interpretación posible. La declaración de bienes de Adorni –en cambio– es una documentación de hechos.
Finalmente, cabe analizar el rol que Milei le asigna al kirchnerismo en la conspiración contra el cambio.
Una reflexión reciente del escritor Martín Rodríguez puede resultar ilustrativa. Para Rodríguez, la oposición pasó de la depresión absoluta a una suerte de "optimismo esotérico"; la fe en que “ahora a Milei le gana cualquiera”.
Pero en el fondo, sostiene, ese espacio político sigue empantanado en un único plan: la inercia de la historia; que una nueva crisis solucionará la política y no al revés. Es el planteo que viene sosteniendo Axel Kicillof.
Con una peculiaridad, señala Rodríguez: ahora el gobernador bonaerense parece un perseguido del kirchnerismo. La parábola de Alberto Fernández era otra. Cristina lo necesitaba para ganar porque pensaba distinto y para después reprocharle que gobernaba sin pensar como ella. Ahora la traición de Kicillof es quedarse en el mundo de ideas de Cristina.
Rodríguez sintetiza lo yermo del espacio opositor: Kicillof no es un liderazgo alternativo, sino solamente sustitutivo. Pero su fidelidad ideológica achica el gesto de generosidad del que Cristina se siente soberana. Es perseguido por pensar igual. “El duelo melancólico de que la prisión de Cristina no desató ningún quilombo se sublima en más violencia contra él”.
Si así está el peronismo bonaerense, ¿por dónde pasaría el eje del frente amplio contra Milei que imagina la oposición?
Es comprensible –en ese contexto– que Milei considere a la oposición kirchnerista como el último factor de relevancia de la conspiración en su contra.
Pero tal vez convenga entonces volver a Ferraris y a su reclamo de reconocer una realidad objetiva. ¿Y si esa conspiración que Milei imagina es sólo una interpretación que no se ajusta a los hechos?
¿Y si la explicación fuese más sencilla y sólo se trata de que el Presidente retome las riendas de su gobierno como sugiere el periodismo inglés, cuyo altar de ego –por distancia o por historia– no necesita la ofrenda de ningún Adorni?