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Espectáculos - Mirá

Memes. Manuel Adorni, el homo kitschicus de la cascada

Una columna de opinión sobre cómo la opulencia desmedida y la falta de respuestas avivaron las críticas y los memes.

08 de mayo de 2026, 15:38
Manuel Adorni, el homo kitschicus de la cascada
Manuel Adorni. Entre los puntos que se investigan por enriquecimiento ilícito están las refacciones en una vivienda. Imagen ilustrativa del filtro de piscina en forma de cascada en una casa de country.

En algún manual de Historia del futuro, se dirá que hacia la medianoche del 5 de mayo de 2026 la palabra “cascada” alcanzó su pico de popularidad en las búsquedas de Google Argentina. Dirá que después, durante la madrugada, el índice cayó a cero y que casi regresó a su pico histórico por la mañana. Dirá, también, que fue gracias a Manuel Adorni.

Cada novedad de la causa por presunto enriquecimiento ilícito del funcionario incrementa el malestar social. Compras de inmuebles, viajes extravagantes y refacciones hedonistas: adquisiciones de un presupuesto tan abultado como confuso, si se considera el breve lapso de tiempo en el que, se supone, fue cosechado.

Hasta el momento, no se han dado explicaciones satisfactorias. Ese silencio resulta fértil para las conjeturas y para un caudal de memes que mediante la burla vacían a Adorni de cualquier tipo de autoridad. Todo esto se condensa en el término “cascada”, que representa la opulencia, el goce, el artificio de la decoración. Mejor dicho, representa el intento de lucir esos atributos cuando no se los tiene.

“Cascada” se instaló en la conversación pública porque delata aquello que es Adorni: un homo kitschicus.

Manuel Adorni en la conferencia de prensa en Casa Rosada.
Manuel Adorni en la conferencia de prensa en Casa Rosada. (YouTube)

Espíritu desbocado

La literatura que se dedica con menor o mayor academicismo a retratar el presente ofrece, con razón, descripciones y pronósticos poco auspiciosos. Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, en cambio, apelan a la estética para importar un concepto que nos calza muy bien: lo kitsch.

En La nueva era del kitsch (Anagrama, 2025), los pensadores franceses sitúan el surgimiento de esa estética a mediados del siglo XIX. Se definía la aspiración de la burguesía a alcanzar el reconocimiento social que gozaba la aristocracia, a través de la copia mal lograda y con peores materiales de los objetos decorativos. No se priorizaba la coherencia estilística, de allí que los hogares estuviesen atiborrados de baratijas inarmónicas de estilos heterogéneos.

En el siglo 20, ese gesto estético se transformó en una actitud, en un estilo de vida manifiesto en la cultura que convierte a sus sujetos en homo kitschicus. Gracias a la reproducción en serie y a los materiales de bajo costo, el principio de imitación alcanzó escala global y mutó en neokitsch. El hiperconsumo renueva la compulsión por el atiborramiento de objetos y estímulos, hasta cristalizarse en la “civilización de lo demasiado”.

El lujo silencioso y el minimalismo resultan apenas gotas de agua en el océano kitsch. La cultura mediática, las redes sociales, el cine y la moda caen bajo el imperativo de la lógica neokitsch de la exhibición, el exceso, la banalización, la vulgaridad y el descaro.

Ni siquiera los gobiernos quedan a salvo.

Plasticidad de terror

Lipovetsky y Serroy nos advierten de un error bastante común: lo neokitsch no pertenece a las clases bajas, sino que se acomoda a todos los presupuestos. Quienes poseen grandes fortunas anhelan las mismas prendas con logos vistosos que adquieren, en versión imitación, las clases medias y bajas. El único ganador es el estereotipo.

Las burlas que despertó la cascada de Adorni develan su torpe gesto imitativo, exhiben su desesperación por construir una apariencia de aristocracia que ningún patrimonio ni nadie podrá concederle. Las dudas sobre su integridad moral tienen, ahora, un correlato estético que cae en lo neokitsch, en la opulencia acompañada de una carencia de estilo propio, coherencia y criterio.

La nueva era del kitsch no indaga en la divertida excentricidad de lo kitsch, sino que advierte sobre el kitsch posestético que media la relación de los hombres con las cosas y con otros hombres. Esta mutación refleja la inagotabilidad de lo kitsch y la imposibilidad de pensar que algún día llegue a su fin.

Nos dirigimos, según los autores, hacia un “demasiado” cada vez más profundo, políticamente más agresivo y socialmente más inequitativo, que solo se detiene ante las críticas. Al menos en el caso Adorni, podemos instalar esos límites a través del humor que habilitan los memes.