Mamás en pocas palabras
La maternidad, en siete breves relatos que retratan esa gigantesca tarea. A sólo una jornada del día en que se homenajea a las madres. Más información en Días Contados.
Noemí Era 1988, yo tenía 14 años y acompañaba a mi mamá en el consultorio de un médico especialista. "Tiene que quererse más", le dijo el profesional después de que ella le enumeró los remedios que tomaba para no parar: uno para el dolor, otro para los malestares estomacales y otro para la falta de energía."Tiene que quererse más". Volví a escuchar la tan temida frase casi 30 años después, y el reto iba dirigido a mí, por parte de un gastroenterólogo que me recriminaba no prestar más atención a malestares leves, pero crónicos, que me aquejaban.Igual que ella respecto de mi abuela, yo había pasado gran parte de mi vida tratando de diferenciarme de mi madre.Liliana Liliana tiene dos hijos, de 22 y 20 años. Se separó del padre de los chicos cuando ellos todavía eran muy pequeños, y los educó a fuerza de su trabajo de empleada doméstica.En el medio, con esfuerzo, terminó el secundario, algo que le había quedado pendiente cuando abandonó su casa en ómnibus, para ampliar su horizonte. Le llevó el diploma a su mamá, antes de que muriera a causa de un cáncer, con orgullo y como una ofrenda.A Liliana le hubiera gustado disfrutar más de sus hijos, haber vivido la maternidad de otra manera.Hace poco le detectaron células cancerígenas en el cuello del útero y debió elegir entre dos opciones: que le extrajeran sólo el tejido afectado y correr el riesgo de que aparecieran otras lesiones en el futuro o que le extirparan esa parte del aparato reproductor.El sueño de otra maternidad, más madura, más placentera, más relajada, se fue con la mejor decisión. Lorena Lorena concibió a su primera hija a los 20 años. Era tan inesperada la situación que, cuando fue a la consulta con el médico, ya estaba en el cuarto mes de gestación."Ay, Negra, estás embarazadaza", le dijo el profesional, y, ante el llanto de ella, atinó a proteger uno de los aparatos que tenía cerca porque –le explicó insensible– muchas mujeres que recibían esa noticia lo estrellaban contra la pared o el piso.El padre de su hija demostró una indiferencia que impidió, años después, toda posibilidad de vínculo. Lorena lloraba tanto en su casa que una mañana su padrastro, a quien ella adora, la retó. "Nos vas a enfermar a todos", le dijo.De manera inesperada, reencontró el amor en pleno embarazo y tuvo tres hijos más con su pareja, de quien se terminó de separar hace un par de años, luego de un doloroso proceso de despedida que parecía no terminar nunca.Lorena cursó con esfuerzo una carrera corta que le dio el diploma tan esperado. Era para ella, pero también para su madre, para sus hijos y para el mundo.Ahora, por lo que estudió, Lorena sabe muy bien que la vida está llena de remedios.Ana Ana había sido la primera hija luego de varios varones de una familia numerosa judía. Cuando ya era adolescente, tuvo otra hermanita y fue una especie de segunda mamá para ella durante casi toda su vida.Tuvo su primer hijo luego de 10 años de matrimonio, y el segundo, tres años después. El más chico tenía parálisis cerebral y ella fue su apoyo, no sólo moral, sino físico.Cuando el niño no caminaba, lo cargó todo lo que fuera necesario, mientras que su marido ideó un ingenioso (aunque tal vez no muy práctico) aparato para que él pudiera desplazarse erguido.En su transitar por los consultorios médicos, llegó a afrontar sola un viaje en ómnibus a Buenos Aires con el niño para una de sus operaciones.Su hijo, aunque con esfuerzo, llegó a caminar, además de llevar una vida activa que le permitió estudiar y cursar hasta cuarto año de la carrera de Abogacía. Aunque años después, con el fallecimiento de su mamá, perdió no sólo ese sostén, sino gran parte del entusiasmo por la vida.Durante todo ese tiempo, el primer hijo hizo todas las salvajadas posibles para volver a ser el centro de atención, hasta el punto de que el Liceo Militar fue la mejor opción para educarlo.Con el régimen de internado, el niño se acostumbró a estar lejos de casa. Apenas salido de la adolescencia, la sorprendió con un anuncio que ella vivió como una tragedia: iba a casarse y su destino no estaba dentro de la colectividad.Lo había perdido. Natalia Natalia quedó embarazada a los 14 años. La echaron del colegio y, luego de vivir un tiempo con su padre, se mudó a Cosquín con sus abuelos.Su abuelo tuvo un ACV y ella lo cuidó, una tarea que continuó tiempo después, cuando trabajó en un geriátrico, el empleo más lindo que tuvo, pese a que se levantaba a las 4 de la mañana e iba en bicicleta.A los 36, tenía tres hijas, era abuela y conducía un remise. Tenía cáncer de ovarios, uno de los que se detecta más tarde, porque no existen estudios de rutina que permitan diagnosticarlo a tiempo.Un viaje largo la alentó a contar su historia a una pasajera, casi como una forma de darle ánimo. La mujer que llevaba en el auto estaba desesperada, se sentía encerrada en una situación sin solución y la única opción que tenía era atravesarla y sobrevivirla, para algún día, quizá, superarla.Esa noche, el taxímetro de su auto marcó ocho kilómetros de confesiones.Marta El hijo de Marta, de 18 años, tenía una insuficiencia cardíaca y estaba en lista de espera para un trasplante. Cuando finalmente llegó el deseado corazón, mientras se encontraba camino a la clínica, el adolescente tuvo un paro cardíaco. Aunque fue asistido muy rápido, tuvo un daño cerebral severo, porque durante el tiempo en que la sangre no llegó al cerebro, las neuronas no recibieron oxígeno.El chico recuperó la conciencia, pero perdió muchas funciones, y era un misterio cuánto comprendía de su situación, porque sólo se comunicaba con sonidos.Marta entendía todo lo que su hijo necesitaba y, además, nunca perdió la esperanza de que su estado fuera reversible, pese a que distintos médicos habían intentado explicarle que esto no era posible.Inició una lucha judicial para que la obra social cubriera el tratamiento en forma crónica. Como su caso estaba judicializado, las distintas clínicas de neurorrehabilitación debían darle una plaza y brindarle las terapias que recibían otros pacientes de mejor pronóstico. Esa situación duró años.Yo la conocí en la última clínica en la que estuvo en Córdoba antes de volver a su provincia, y un día, cuando la vi cocinando una torta para todo el personal de la institución y otros pacientes, le manifesté mi admiración por su ánimo y su capacidad de integrarse a la vida del establecimiento.Cuando respondió, fue la única vez que me dejó ver su tristeza. Me contó que esa era la única forma que tenía de afrontar su realidad. Eso, y ambientar la habitación de su hijo como en una perpetua fiesta de cumpleaños, la ayudaban a transmitir alegría."Pero las noches... –insinuó–. El problema son las noches". Marge Marge era jefa de policía en Minnesota y tenía un embarazo muy próximo a llegar a término. Encabezó una investigación y descubrió a los culpables de una serie de macabros asesinatos que se multiplicaban a medida que las pistas se cerraban cada vez más contra los culpables.Llegó a detener a los criminales cuando uno de ellos estaba en pleno plan de esconder la evidencia, de la manera más escalofriante.El día en que resolvió el caso, volvió a su casa y, con su enorme panza, se recostó en la cama y reconfortó a su marido desempleado. No le contó lo que había descubierto.Marge es el personaje de una película.También es una heroína.

