Malvinas
El periodista Federico Giammaría cuenta su experiencia de viajar (y no poder llegar) a las Islas Malvinas. Más información en Días Contados.
No sé ustedes, pero yo jamás pensé que podría conocer las Islas Malvinas. Un destino lejano y extraño, a pesar de la cercanía que tiene la historia y el pasado tan trágico para los argentinos. La guerra, en mi caso, es un recuerdo borroso que se formó cuando en plena infancia veía en la casa de mis viejos, y a través de un televisor Philips 20 pulgadas, imágenes a color de un lugar incomprensible.De aquellos días, guardé la imagen de los aviones despegando y, por muchos años, algunas revistas Gente (la de "¡Vamos ganando!", claro) y no mucho más.Por eso, me sorprendió el estado nervioso en el que ingresé cuando desde el diario me avisaron que viajaría en un crucero por el Atlántico Sur y que eso significaría estar, al menos unas horas, en Malvinas. Impensado.Hacía poco que había terminado de leer el libro de viajes de Beatriz Sarlo. Y su capítulo sobre las islas había sido el más impactante.El relato –una descripción cruda y detallada de la cobertura del referéndum de 2010– me había dejado un gusto amargo.Isleños desconfiados de la Argentina. Gente sensible y atenta a lo que nuestro país podría llegar a hacerles. Por aquella lectura, había entendido que la soberanía sobre esas tierras iba más allá de la voluntad de algún gobierno. Y que los que viven allí no son "ocupas", como alguna vez los definió un gobernante nacional.Por eso, apenas supe que viajaría a Malvinas, releí a Sarlo y además armé una agenda con algunos contactos de personas que viven en las islas. Para eso, me ayudó Alejandra Conti, por entonces compañera en el diario, quien estuvo cinco veces en el archipiélago y conoce como pocos aquella realidad.Ella me acercó e-mails y teléfonos de isleños a los que escribí, aunque con suerte dispar. No son fáciles, me advirtió, lo que reforzó lo que había leído antes.Mientras me preparaba mentalmente para el viaje (en una especie de barrido imaginario hacia atrás, buscando más vivencias propias), recordé una nota que escribí hace años sobre el teniente Jorge Casco, piloto argentino muerto en combate en 1982. Sus restos fueron encontrados en 1999 y traídos al continente.Pero en 2009, Ivone Dentesano (quien había sido su mujer) regresó a las islas para dar entierro al padre de sus hijos. Allí, donde había luchado y caído luego de una arriesgada maniobra en su avión. Aquel reportaje se compartió mucho en redes sociales y yo le seguí el rastro con la intención de conocer las opiniones sobre el tema. Quería saber qué se decía de la guerra, qué se decía muchos años después.En síntesis: Malvinas era para mí un rompecabezas de piezas grandes, potentes, complejas y diversas. No podría decir que tenía una idea acabada de lo que significaría pisar las islas. Pero estaba entusiasmado, como pocas veces en mi vida, con una cobertura periodística. El viaje Salimos desde el puerto de Buenos Aires el sábado 12 de diciembre. Digo "salimos" porque formaba parte de un contingente de periodistas que también había sido invitado a viajar en un crucero (el Norwegian Sun) que pasaría por Malvinas. Por un lado, disfrutaríamos de una semana a bordo de un barco de lujo; por el otro, desembarcaríamos en las islas. Todos coincidimos: la experiencia nos había movilizado sobremanera.La ansiedad entre los periodistas, algo habitual cuando se quiere hacer la gran nota, comenzó a crecer apenas el barco partió desde Puerto Madryn, la segunda escala del crucero, rumbo a Malvinas.
El mal tiempo, con viento y nieve, prendió las alarmas. Si las condiciones climáticas no cambiaban (y el pronóstico era pesimista) visitar las islas podría ser una aventura trunca.
No siempre estos buques terminan con sus pasajeros desembarcando en Puerto Argentino, nos explicaron. Y nuestros ánimos (o al menos el mío) comenzaron a luchar contra las expectativas: estar a las puertas de un momento único que podría no serlo.
Es que no sólo era conocer Malvinas. Era conocerlas el jueves 10 de diciembre, día de la asunción de Mauricio Macri como nuevo presidente.
Imaginábamos que la ceremonia sería seguida por los isleños con atención, sobre todo porque el resquemor hacia el gobierno de Cristina Fernández había sido inocultable en los últimos años y varias cuentas de Twitter lo habían manifestado con claridad por aquellos días.
Por eso, mientras disfrutábamos de la navegación, preparábamos nuestras notas. Notas que, suponíamos, contarían qué pasó en Stanley (así se nombra a Puerto Argentino en el crucero) aquella jornada; notas que formarían parte de una edición especial en el diario y en nuestra foja de servicios. La llegada Como pocas veces en mi vida, consulté en forma obsesiva el pronóstico del tiempo. Eddie, un argentino que era parte de la tripulación y había visitado las islas en un viaje anterior, era fuente de información. Recibía todos los días los partes del capitán y fue adelantándonos la suerte. "Parece que el jueves habrá olas de hasta seis metros", nos dijo el martes. Puñalada en el corazón. Si se cumplían sus palabras, no habría desembarco.Sin embargo, el miércoles el escenario mejoró. Pasada la media mañana, una nota pegada en la puerta de cada uno de los camarotes ocupados por argentinos cambió el humor. "Si estás interesado en una excursión al cementerio de Darwin, acercate al mostrador del quinto piso. Si llegamos a 30 personas, la haremos", decía la carta.Tomé el papel y fui a avisarles a mis compañeros. Había que sumar esa cantidad. Lo conseguimos y a las pocas horas teníamos el ticket de la excursión.Con un nudo en el estómago, de esos que parecen un túnel al vacío, me aislé del viaje de placer y empecé a repasar las notas que tenía en mi libreta Brügge marrón. Había llegado el momento.Los días previos dudamos sobre qué hacer en Malvinas. Varios habíamos tomado la decisión de conocer el cementerio de Darwin, a pesar de las dos horas que implicaría la ida desde Puerto Argentino. Dos horas de ida y la misma cantidad para el regreso harían que gastáramos la estadía a campo abierto.Pero casi todos coincidíamos: quizá no volveríamos, así que llegar adonde descansan los soldados argentinos era la decisión más sentida. Significaba pasar poco tiempo en la ciudad, pero había que elegir. Además, seguramente, habría isleños interesados en compartir sus sensaciones sobre Argentina. Podríamos conversar un pequeño rato.
Hasta sentí, parafraseando a Sarlo, que había llegado nuestro "fuera de programa" (así llama ella a la irrupción de lo inesperado en un viaje).
Fue Gastón Leturia, del diario Clarín , quien conoció a Mike Ward, un excombatiente de la Guerra de Malvinas que en el primer itinerario del crucero había regresado a las islas 32 años después del conflicto.Intentamos coordinar la visita junto a él, pero luego pactamos una entrevista para después del desembarco. Su función hoy es coordinar la seguridad del Norwegian Sun, pero su aparición aquella mañana no podía ser casualidad.Así que aquel miércoles por la noche me fui a dormir seguro de que todo estaba listo. Me crucé con varios jubilados estadounidenses (casi todos los pasajeros lo eran), pensé que a ellos las Malvinas les daba lo mismo, sentí que esa diferencia se reflejaba en mi cara y por eso les sonreí, y me metí en el camarote 0022. Pero no pude dormir. Estaba ansioso. Daba vueltas. Quería llegar.Me desperté una hora antes de que sonara la alarma del celular. Eran las 7. Caminé hasta la ventana y corrí las cortinas. Y ahí estaban. Frente a mí, las Islas Malvinas.Podía ver los detalles de los pequeños acantilados, grises con algo de marrón y verde. El mar oscuro (no terminaba de saber de qué color era), sereno, sin olas. Y más atrás, la ciudad de Puerto Argentino, desparramada entre suaves ondulaciones que ocultaban algunos detalles. Las veía. Tenía contacto visual. Estaba absorto.Me vestí rápido, me lavé los dientes casi de pasada, agarré el camperón verde y, mientras terminaba de guardar la libreta y la lapicera, el capitán comenzó a hablar por los altoparlantes.No pude descifrar lo que decía, pero supuse que estaba anunciando nuestro arribo. Así que me desentendí del mensaje y salí rápido, rumbo a cubierta.Caminé esos metros como una tromba, rogando que no se me cruzara nadie de la tercera edad por el angosto pasillo. Di la vuelta en la galería y me encontré con los demás periodistas que acababan de llegar."Se suspendió, no bajamos", me dijo Franco Varise, periodista de La Nación , con los ojos abiertos y un tono abrumador."El capitán no quiere arriesgar a nadie", me aclaró. Y nada más. No sé qué otra cosa me dijo sobre el pronóstico para la tarde. El barco, casi en el mismo instante, comenzó la retirada. Pensé que podría haber llegado nadando. Pensé en otras cosas más oscuras, en la guerra y en los pibes de 1982. Pero fueron segundos.De aquellos momentos, hoy recuerdo que de golpe todo se quedó en silencio. El sonido desapareció en mi cabeza. Puerto Argentino se hizo más y más pequeño y el sueño de Malvinas comenzó a evaporarse como un fantasma.Di la vuelta, dejé a mis compañeros y regresé al camarote. Me senté frente a la ventana y vi cómo los acantilados, tan cercanos, pasaban de izquierda a derecha hasta desaparecer.Lloré. Siempre sin ruidos, inmerso en un silencio trágico que sólo se cortaba por el golpe del agua contra el barco. Y así me quedé por un buen rato, hasta que el paisaje volvió a ser mar abierto. Seguro de que no volveré a Malvinas nunca más. De que por alguna razón aquella tierra no quiso recibirnos.

