Malvinas y el pueblo del final del sur
Las Malvinas son mucho más que pedazos de tierra envueltos en las brumas de la lejanía. Son el testimonio de la antigua prepotencia colonial.
Eran extraños días de una extraña guerra en un extraño país. El fuego estaba lejos, sí, en los helados mares del fin del mundo. En unas islas que en la tibieza de las aulas de la infancia tantas veces habíamos pintado de celeste y blanco. Pero allá había argentinos matando y muriendo, y aquí, corazones latiendo con intensidad. Era el país de una dictadura indecible que de un día para otro, después de haber asesinado y torturado en nombre de los valores occidentales, había quedado al frente de una inesperada circunstancia en la que nos estábamos metiendo balazos con el supremo poder de Occidente: Inglaterra y Estados Unidos. Habíamos pasado, de manera lisa y llana, de la alineación al fuego. Pero más allá de las extrañas razones que inspiraron la guerra, de las intenciones de perpetuidad de la dictadura y de una manera de esperar hacia adelante de su agonía, la guerra echaba alguna luz sobre nuestro lugar en el mundo: América latina, nuestra patria grande, estaba con nosotros. Y el día que nos rendimos, perdimos mucho más que las islas. La dictadura comenzó a batirse en retirada, sí; pero además algo en la esencia del pueblo quedó de rodillas, aun cuando la democracia trajo vientos de primavera. No sólo quedó lastimado el amor propio, sino que el aluvión de desmalvinización que siguió (muchos estaban interesados en volver a acomodar al país al lado de quienes nos acababan de balear) hizo que hasta se oscureciera la legitimidad de los intensos sentimientos. Luego, la hiperinflación sumaría un golpe más a la autoestima, para hacer posible la entrega de las empresas del Estado sin resistencia. Mientras tanto, atrapados en esa telaraña histórica, quedaron los combatientes. ¿De qué madera están hechos los héroes? Aquí, en esta tierra, no se tiene nada más supremo que ofrendar la vida por una causa nacional, colectiva, más allá de quienes decidieron los hechos. Reconocerlos siempre es una manera de seguir peleando. No sólo por las islas que sabemos y sentimos parte de nuestras entrañas territoriales, sino también por un país que sea capaz de darse justicia a sí mismo para luego reclamarla al mundo, por una sociedad que ampara y abriga a sus hijos, que sabe asomar la cara al sol sin importar cómo soplan los vientos de la historia. Las Malvinas son mucho más que pedazos de tierra envueltos en las brumas de la lejanía y de la soledad; mucho más que una vieja herida austral. Antes que nada, son la prueba de haber sido y seguir siendo objetos de una injusticia, de un gran despojo en manos de la antigua prepotencia colonial que se sigue valiendo de la fuerza y no de los derechos. Y nuestros derechos son contundentes (aunque algunos, incluso argentinos, de devoción europea, quieran ponerlos en duda). Por eso, a 26 años de la guerra, es la política la herramienta valiosa y necesaria que no podemos abandonar. Somos el pueblo del final del sur y nuestro itinerario termina allí donde se agitan los mares más fríos y desolados del planeta. Allí están las Malvinas, en el mismo rincón argentino del mundo. Y acaso en el mismo destino.

