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Los riesgos de la resistencia en una Argentina moderada

La expresidenta ya recibió las primeras señales claras de que cada vez se hará más difícil mantener la disciplina y la cohesión del FPV desde el llano.

25 de enero de 2016 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma | Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC
Los riesgos de la resistencia  en una Argentina moderada

La pérdida de control del aparato estatal fue un golpe muy duro para el kirchnerismo o, en otros términos, una catástrofe que no aparecía ni en sus peores pesa­dillas. Tanto Cristina Fernández como sus seguidores más cerrados man­tuvieron hasta último momento la ilusión de no entregar las riendas del poder, aunque sólo les quedara la ­posibilidad de ejercerlo a través de los generosos oficios de Daniel Scioli, su candidato presidencial menos ­deseado.Su capacidad de recuperación aun en los peores momentos, hecho varias veces repetido en el período 2003-2015, produjo en el Frente para la Victoria (FPV) el autoconvencimiento de que el nocaut definitivo nunca llegaría.Consecuencia: hasta hoy, los ahora exoficialistas siguen sin digerir la derrota, o por lo menos creen que nadie tiene derecho a recordarles que ya no son gobierno.La negativa de la expresidenta a transferirle los atributos de mando a su sucesor no debe ser interpretada sólo como un capricho, sino también como una acción simbólica destinada a demostrar que el poder sigue en sus manos, aun fuera de la Casa Rosada.Desde el 10 de diciembre, las huestes kirchneristas sufrieron una extraña clase de radicalización: pasaron al llano declarándose en estado de "resistencia" (a tono con su retórica combativa de los últimos 12 años), pero esgrimiendo principios republicanos y constitucionales ante cada decretazo de Mauricio Macri. De Ernesto Laclau a Montesquieu sin escalas, parafraseando al historiador Luis Alberto Romero. Un dato objetivo muestra el argumento fundamental del kirchnerismo para lucir intimidante: cuenta con cuórum propio en el Senado y es primera minoría en Diputados. Otro elemento que robustece su actitud beligerante es el resultado de la segunda vuelta: según los datos del escrutinio del 22 de noviembre, nunca cuestionados por Macri ni por sus allegados, el candidato del FPV recibió la adhesión de casi la mitad del electorado.Pero el significado del 48,5 por ciento de los sufragios debería ser relativizado, atendiendo a la volati­lidad de la opinión pública y a que buena parte de esos votos no constituyen naturalmente el caudal propio del kirchnerismo, sino adhesiones circunstanciales surgidas de una actitud refractaria a las opciones identificadas como "la derecha" o, en muchos casos, guiadas por el temor a cambios bruscos en su situación personal.El fundamento más sólido para sostener esta afirmación reside en los resultados de las primarias (Paso) y la primera vuelta, instancias en las que la opción Scioli osciló de manera descendente entre el 38,41 y el 36,86 por ciento.El electorado argentino viene demostrando una elocuente tendencia hacia las alternativas moderadas, si se toma nota de la performance mostrada por dirigentes como Macri o Sergio Massa o si se recuerda que la propia Cristina Fernández se vio obligada a apuntar con su dedo al candidato menos entrenado en discursos inflamados y actitudes destempladas, es decir, Scioli.Todo lo que es percibido como ­alejado del centro no parece des­pertar demasiado entusiasmo en las urnas.

¿Hasta qué punto resistir?

Inmerso en ese clima de opinión, si el kirchnerismo no calibra de modo adecuado la intensidad y la oportunidad de sus embestidas, en los meses sucesivos corre el riesgo de convertirse en una fracción política en extremo intransigente o cultora de un atrincheramiento obcecado, apuesta atada exclusivamente a los aciertos y desaciertos del nuevo oficialismo.

Si el gobierno de Macri ejecuta acciones pragmáticas en sintonía con las demandas sociales inmediatas, en campos tan sensibles como la economía, la seguridad o la corrupción, más se acrecentará el riesgo de que el FPV quede emparentado con alternativas radicalizadas de la política, que sólo pueden contagiar su ímpetu combativo a la mayoría de la población en situaciones de crisis muy extremas.

El kirchnerismo tiene un problema de origen: pese a su pretensión de mostrar una identidad izquierdista a partir de la retórica revolucionaria y el perfil de muchos de sus cuadros, el espacio fundado por la pareja patagónica se reivindica como una expresión del peronismo y, por lo tanto, jamás pudo lograr vuelo propio. En otras palabras, jamás pudo cortar el cordón umbilical con el Partido Justicialista.

Consecuencia: para mantener su condición de principal fuerza opositora deberá sortear los múltiples cuestionamientos que comienzan a aparecer dentro de la fuerza cuyo sello aún mantiene una fuerte ascendencia en sectores importantes de la sociedad.

Si una cosa debería desvelar al gobierno de Macri, además de la complicada marcha de la economía y los entreveros en el área de seguridad, es la dinámica interna del peronismo y el resultado final de la puja entre el kirchnerismo y los sectores que se resisten al liderazgo de Cristina Fernández.

El debilitamiento interno de la corriente que arenga a sus simpatizantes para que ejerzan una heroica resistencia, sumado al delicado escenario judicial que enfrentan la propia jefa y casi todos los que orbitaron cerca de ella durante 12 años, son las dos grandes apuestas del Gobierno, urgido de tener en frente una oposición menos impiadosa.

La expresidenta ya recibió las primeras señales claras de que, más allá de su temperamento e incluso del poderío económico acumulado para mantener lubricadas las voluntades de algunos dirigentes o simpatizantes, cada vez se hará más difícil mantener la disciplina y cohesión del FPV desde el llano.

Las necesidades financieras de gobernadores e intendentes enrolados en esa corriente, que por añadidura implican su necesidad de alcanzar un trato armónico con el gobierno central, es un primer analgésico para la tan mentada resistencia.

Queda claro entonces que, en el examen de fidelidades que ya comenzó a rendir el kirchnerismo puertas adentro, el Gobierno no es ajeno, y ese es un punto en el que podrá demostrar hasta dónde llega su capacidad negociadora. Al final de cuentas, las internas peronistas son asuntos de todos.