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Los juguetes

El juego del niño no es arbitrario. Ejerciéndolo, se esfuerza por dominar aptitudes nuevas que forman su conciencia. Arnaldo Pérez Wat.

10 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista).
Los juguetes

¿Quién puede decir dónde se separa la ficción de la realidad en el niño que juega? Con extrema libertad, juega con lo que su memoria le proporciona, aunque su pasado es todavía muy poco, y procede en consecuencia. La nena, por ejemplo, sabe que su muñeca debe dormir con ella, porque afuera hace frío. Así que el padre o la madre tiene que levantarse para traerla del jardín. En esa libertad de la imaginación, asoman algunas verdades y otras son dejadas de lado. Sabe que su muñeca no es un ser vivo, pero se le antoja jugar como si lo fuese. De modo que, cuando dice a su padre que la bañó dos veces y vuelve a hacerse pis, a veces éste, pensando en la carta documento que ha recibido, le espeta: "¿Pero no ves que es una muñeca de plástico?" Ella lo sabe, como el niño sabe que la bicicleta no es un caballito. Los incautos somos nosotros, que no nos damos cuenta de que al contestar así, sólo logramos que el pequeño se sienta desanimado de sus exploraciones o, lo que es peor, rechazado o desaprobado. El niño inventa y exagera lo que oye decir o lo que ve. La muñeca conversará con el ogro. ¿Quién puede decir qué cruza en su mente en ese momento o con qué lo asocia? A lo mejor está jugando contra sus miedos. Hay cosas negativas que advierte en la realidad que lo atemoriza, y necesita darle un sentido jugando. En los juegos, le aparecerán sus padres y su entorno; y se aliviará pensando en que ellos también tienen sus temores. Por eso hace trampas. Aquí también, cuando lo sorprendemos, le damos una filípica equivocada explicándole que se está engañando a sí mismo, como si fuese a entendernos. Él necesita ganarle a sus miedos o quizá a la muerte. Y de esas trampitas no sale luego un político o un funcionario tramposo. Ahora bien, si el adolescente hace trampas en una partida de ajedrez, entonces sí que corresponde hacerle entender que no es obligación ganar siempre y por cualquier medio; porque siempre se encontrará con seres más hábiles en ciertos juegos; pero que él tiene aptitudes para otras cosas, porque todos servimos para algo.El chiquito ve escribir y quiere escribir, oye cantar y canta. Más tarde, cuando escucha un canto hermoso, está deseando entonarlo; y mañana, si escribe una obra de teatro, hará vibrar al público, al menos unos momentos, extasiando a las almas o separándolas de las preocupaciones utilitarias.El arte es el resultado de un orden superior; el alma del pequeño crece, se dilata, se ennoblece. Los cantos de cuna son imitados con monosílabos que emite queriendo parecerse a los mayores; y serán más tarde, en el ritmo de la armonía, quizá como la aurora del sentimiento de lo bello.El juego del niño no es ni frívolo ni arbitrario. Ejerciéndolo, se esfuerza por dominar aptitudes nuevas, las que contribuyen a su conciencia del yo y del mundo. Por esa razón, el hombre maduro que ha jugado plenamente lleva consigo un fermento secreto que lo protege de las frustraciones y desgracias. Si se trata de un obrero al que sus músculos sumen en la rutina horas y horas, es probable que se evada evocando interiormente bellas imágenes de la niñez. Si es un paria excluido en la villa, sentado a la puerta de su covacha, jugará igualmente con imágenes.Siempre se hallará en todo ser la supervivencia del niño. Por desgracia, el pequeño que antes creía en hadas, si fue educado por mayores inmorales y oportunistas, entonces, aquella libertad puede convertirse en un haz de sentimientos violentos que lo llevará a satisfacer su amor a las ganancias, exagerando su instinto de dominación. Aquellos juguetes lo evadían de lo tedioso e inseguro; ahora lo desvían de sus deberes. Y, violando la ley en su provecho, intentará legitimar su conducta haciendo caso omiso de las acusaciones en su carrera por el ascenso. Pero el juego en sí no es el responsable de semejantes aberraciones.