Los espejos de Cristina
El error de Kirchner que agravó Cristina fue creerse el eslogan “profundizar el modelo”. En realidad, el modelo es “playo” y, por intentar profundizarlo, lo que se logró fue perforar el piso.
Dos imágenes aparecieron en el espejo de la Presidenta. Una refleja similitudes políticas; la otra, diferencias económicas. Reflejaba rasgos similares la imagen de Vladimir Putin, conectado en teleconferencia con Cristina para anunciar algo sin proporción con el modo de presentarlo, cuando de repente apareció Evo Morales, pero en un reflejo que marcaba una diferencia: el manejo de la economía.
Al presidente boliviano le abrieron el camino al poder el egoísmo social, la ineptitud económica y el autoritarismo político de la minoría blanca que siempre había gobernado. A su gestión, se le reprocha también un perfil autoritario, pero el inteligente manejo de la economía le permitió sostener vastos planes sociales, acrecentar la inversión privada elevando el índice de empleo y mejorar el poder adquisitivo de las masas manteniendo baja la inflación.
Las encuestas muestran que Cristina Fernández –igual que Nicolás Maduro– sería derrotada por una oposición unificada. En cambio, Evo apareció en los espejos de Olivos porque ganó su tercer mandato con el 60 por ciento de los votos.
La clave de semejante éxito está en un acierto que mantiene desde el primer día de su primer mandato: haber designado y sostenido al ministro de Economía Luis Arce. Se trata de una eminencia que profundizó sus conocimientos en la universidad británica de Warwick y demuestra en sus publicaciones un genuino pragmatismo y una verdadera heterodoxia.
En la Argentina de los años 1990, pragmatismo significaba “neoliberal”, en vez de lo que de verdad significa, no tanto en la corriente filosófica que a fines del siglo XIX impulsó Charles Peirce, sino en su uso político y económico actual: manejarse desde la inteligencia práctica y no desde la ideología.
En la actualidad argentina, heterodoxia alude a un keynesianismo tan extremo que se aleja del pensamiento del propio Keynes en lugar de lo que verdaderamente significa: manejar la economía sin aferrarse a dogmas ni ecuaciones ideológicas.
Heterodoxos son Roberto Lavagna, Miguel Peirano y Martín Lousteau, ministros de Economía que el kirchnerismo perdió en la deriva que lo arrastró hasta Axel Kicillof, un ideologizado y paradójico “ortodoxo” de la heterodoxia.
Que Lavagna, Peirano y Lousteau hoy estén en la oposición, prueba el error que cometió Néstor Kirchner y que profundizó su viuda. La otra prueba es que Argentina experimenta su primera recesión en tiempo de vacas gordas y con niveles de pobreza, lo cual demuestra que sólo hubo inclusión en el consumo, pero no hubo ascenso social.
Heterodoxia
El error de Kirchner que agravó Cristina fue creerse el eslogan “profundizar el modelo”. En realidad, el modelo es “playo” y, por intentar profundizarlo, lo que se logró fue perforar el piso. Evo no cometió ese error. Su discurso es ideológico, pero a la economía la maneja con el genuino pragmatismo y la verdadera heterodoxia de Arce.
El primer acierto fue nacionalizar los hidrocarburos, librándose de contratos que dejaban famélicas regalías y aprovechando mejor el salto en los precios internacionales de esa commodity . Su segundo acierto fue sostener y dar poder al ministro que mantuvo las cuentas públicas en superávit, lo que permite financiar políticas sociales sin acrecentar deuda ni generar inflación.
También atraer inversiones, conseguir crédito externo a intereses irrisorios y conquistar el apoyo del empresariado, incluido el de la inicialmente reacia Santa Cruz de la Sierra.
¿Resultado? En Bolivia hay crecimiento sostenido y el dólar baja, mientras que en el norte argentino la gente ahorra en moneda boliviana y el gobierno de Cristina sería el primero de la historia que pidió un préstamo en dólares al gobierno boliviano. Evo no se lo dio porque su ministro de Economía recomienda cuidar las reservas para mantener la inflación baja.
Al “fenómeno Evo”, no sólo lo explica el fracaso de la oligarquía socialmente mezquina y económicamente inepta que siempre había gobernado Bolivia. También una economía que lo diferencia de la inútil y paradójicamente ortodoxa “heterodoxia” kirchnerista.
Autocracia
En el otro espejo, estaba Putin. La videoconferencia de dos presidentes, transmitida en vivo, parecía un cartel demasiado grande para lo que tenían que presentar. Cristina y el jefe del Kremlin anunciaron, de esa manera desproporcionada, que una señal rusa saldrá por la televisión digital argentina.
Quizá la desproporción tuvo que ver con el papelón de la ministra de Industria, Débora Giorgi, al anunciar una inversión del gigante euroasiático Gazprom en YPF, que, horas más tarde, desmintió la propia empresa argentina.
Hay otra posible explicación: el líder ruso gobierna como a la Presidenta le gustaría gobernar. Por eso es presentado como el arquetipo de estadista.
Putin reconstruyó el modelo de poder que viene desde el fondo de la historia y la cultura política de Rusia: la autocracia. Esa forma de liderazgo fue impulsada por Iván Vasilievich III (Iván, el Terrible), quien desde el trono del Gran Ducado de Moscovia creó el Estado ruso e inició la expansión territorial conquistando Kazán y Astrakán.
Sin dudas, los zares fueron autócratas. También los jefes soviéticos, con excepción de Mijail Gorbachov y de Boris Yeltsin, primer presidente de la Rusia con institucionalidad democrática. Pero al “zarismo eterno” lo reconstruyó su sucesor: el exagente de la KGB que se quedó a vivir en el Kremlin y que aparece en los espejos de Olivos.

