Los combates de la prensa contra la corrupción
Entre los datos que aparecen en nuestros periódicos, llama la atención la evolución de los índices de percepción de la corrupción, donde la calificación 1 corresponde a los más limpios y 100 a los más altos niveles de corrupción.
Entre los datos que aparecen en nuestros periódicos, llama la atención la evolución de los índices de percepción de la corrupción, donde la calificación 1 corresponde a los más limpios y 100 a los más altos niveles de corrupción.
Al mismo tiempo, el de la corrupción ha sido uno de los temas preferidos por los medios y casi tema exclusivo de las unidades de investigación de la prensa, lo cual me permite plantear varios interrogantes.
Sobre la influencia que ejercen los medios en este tema, ¿es una influencia capaz de cambiar algo en materia de corrupción? A juzgar por el crecimiento de los niveles de corrupción en nuestros países, la información periodística sobre este fenómeno social ha sido inocua.
¿Es lo que se espera de la prensa: información para entretener y reportar, pero no para influir? Si se quiere que influya, ¿qué tendría que cambiar? Mucho de lo que hay.
Cuando estalla un escándalo de corrupción, la prensa se moviliza en busca de nuevos datos, de nuevas denuncias, de nuevos acusados, edición tras edición, emisión tras emisión, hasta darle al tema un asfixiante aire de saturación y al receptor una sensación de hartazgo.
Como consecuencia, el hecho de la corrupción se banaliza y adquiere ese color amarillento de lo que o se olvida o se archiva. O lo que es peor, se asimila.
Los hechos de corrupción y el fenómeno mismo pueden verse bajo la luz del sol cansado y ambiguo de la posverdad que a veces presenta la corrupción como un hecho más, como sucede también con la guerra, las inundaciones o las epidemias.
En ese papel de testigo pasivo, la prensa abandona su deber ser de agente activo de la conciencia de una sociedad que no se resigna, que no se puede resignar y que en cada evento catastrófico no sólo reacciona para salvar lo que puede salvar, sino para prever futuros eventos con la consigna del “Nunca más”.
Ante la corrupción no parece haberse oído esa consigna, o porque no se cree en ella o porque se da por hecho e inmodificable que la humanidad es así y que nada ni nadie podrán modificar esa condición.
La raíz del problema
Sin embargo, no toda la prensa está adoptando esa lacrimosa postura de derrota. El seguimiento hecho a los más sobresalientes protagonistas notifica y revela a los lectores que el delito no paga y estimula la denuncia y el rechazo de los actos de corrupción, lo mismo que la investigación independiente sobre esos hechos.
Algunos columnistas han compartido sus reflexiones sobre el origen de la actual ola de corrupción y han dejado al descubierto sus envenenadas raíces en las prácticas de los políticos y en la ambigüedad de los reglamentos electorales en lo que corresponde a la financiación de las campañas.
Se echa de menos en cambio la consideración y exposición pública de la existencia de los honestos y de sus razones para mantenerse honestos. No parece bueno que del panorama que se despliega a diario ante los receptores de información, se descarte sistemáticamente a esta parte luminosa de la sociedad.
Las audiencias sufren un doble impacto: el de la ubicua presencia de los corruptos en la actividad pública, y el impacto de la conclusión de que la corrupción lo domina todo, con la natural notificación de que se debe abandonar toda esperanza.
Un enfoque distinto
Informar sobre los honestos, promover la admiración a estos personajes, crea un efecto contrario al anterior: demuestra que ser honesto es algo posible y plausible y exponerlos como el ejemplo de una inspiradora posibilidad.
Se puede sumar a esta propuesta la de considerar la forma de presentar la información sobre corrupción de modo que, despojada de todo sensacionalismo, revestida de sobriedad y acompañada con datos contextuales, de antecedentes y proyecciones hacia el futuro por el estilo de ¿qué le pasaría a usted y a su país si la corrupción se convirtiera en ley informal? O sea hacer evidente y tangible el profundo impacto negativo de la corrupción en la vida personal y en la de la sociedad.
Se trata, además, de poner en evidencia esa forma de corrupción que es el acostumbramiento. La indiferencia, y su hermano el acostumbramiento, pueden ser desterrados mediante una campaña informativa de invitación al rechazo público y de invitación a la sanción moral a los corruptos.
No se debe olvidar, por otra parte, que la prensa es la conciencia moral de la sociedad, título que podría sonar pretencioso si no se tuviera en cuenta que lo nuestro no es un negocio sino un servicio público de promoción y defensa del bien de todos al que cada acto de corrupción amenaza y ofende.
Esa vieja definición del periodismo como servicio público es la que, aplicada, garantiza a la vez la dignidad de esta profesión y su papel en la sociedad de defensor del bien de todos.
* Experto en ética periodística. Fragmentos del discurso del 2 de abril pasado ante la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), realizada en Antigua Guatemala.

