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Los atajos y el “estado de miedo”

Parece que lo único que interesa al poder es generar una fragmentación cada vez mayor, para seguir haciendo sus propios negocios sin sobresaltos. Luis Vanella.

25 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Luis Vanella (Productor agropecuario, militante político)
Los atajos y el “estado de miedo”

Vivimos con una permanente sensación de frustración, en un sistema-país especializado en humillarnos. No obstante, en nuestros corazones continúan pulsando deseos originarios de felicidad, libertad, justicia y belleza.

Podemos buscar su satisfacción a través del respeto de las reglas o a través de la violación de las mismas, pero si no ponemos al ser humano en el centro, todo se reduce a una mera búsqueda de atajos, autoconvenciéndonos de que a través de ellos lograremos estar mejor.

Así, no salimos del laberinto. Nos perdemos aún más en él.

Esto tendría que ser ya evidente después de tantas lecciones que hemos recibido de la vida.

Estamos aturdidos por el ruido ensordecedor que produce cada una de las dimensiones de lo humano, la política, el deporte, el trabajo, la familia, porque nos las presentan en modo aislado, hipertrófico, no como parte de un todo.

La armonía de esas dimensiones nos permite vivir mejor; la atomización y desvinculación, nos enloquecen.

No sólo no paramos para entender de qué se trata, sino que aceleramos al máximo para chocar, con más fuerza si es posible, en la próxima esquina.

Nada se escapa de esta lógica autodestructiva. Conceptos como libertad, justicia, felicidad y belleza, son reducidos a meros justificativos para alcanzar sólo el placer inmediato, el consumo veloz, descartable, que nos deja –después de alcanzado– más vacíos que antes.

En defensa del matrimonio. Así ocurre con muchos proyectos de leyes que nacen de ese esquema miope y autorreferencial, pues quienes los escriben también padecen del síndrome del atajo.

Con gestos militantes, se levantan banderas de libertad, de igualdad y de justicia, pero en última instancia, el beneficiado es siempre el mismo: el poder de turno.

Tal es el caso del proyecto de ley que considera matrimonio a la unión de personas del mismo sexo, con lo que eso implica; por ejemplo, en la adopción.

La palabra “matrimonio” viene del latín matri munus, tarea de la madre o, también, de matrem munere, proteger a la madre. El matrimonio es la unión directa entre un hombre y una mujer; y las actividades que se derivan, propias de esa relación. Asimismo, es la defensa, la protección de la mujer, que es madre.

También es funcional a la desestructuración cultural vaciar los contenidos de las palabras o modificarlos al propio gusto, generando confusión.

Y a quien critique el truco, la contradicción o la ignorancia, se lo acusará de reaccionario o, peor aún, de fascista cómplice de la última dictadura militar y de todos los torturadores.

Los homosexuales, como toda persona, tienen derecho a vivir en plenitud. Eso está fuera de discusión.Lo que genera resistencia, porque consideramos un ultraje a nuestros derechos, es que se utilice una palabra que representa una forma de vida y de generación de la misma, para abarcar otro concepto de vida y la no generación de la misma.

Un modo de vida. Se invoca la libertad y la igualdad, pero no para establecerla según derecho, sino para agredir a otros, para destruir un modo de vida.

Revancha y resentimiento que castigan, mimetizados en posiciones posmodernas y progresistas, que discriminan a quienes no están de acuerdo. Si no es así, ¿por qué no definen esa unión homosexual con otra palabra que mejor la represente?

Parece que lo único que interesa al poder es generar una fragmentación cada vez mayor en la sociedad, para seguir haciendo sus propios negocios sin sobresaltos.

El “estado de miedo” en el cual nos han sumido a los argentinos, que sirvió a las dictaduras y a las democracias corruptas, completa la caza al disidente a través de la hipocresía de aquellos que se hacen cómplices para no dejar de ser “modernos” o “progres”, escapándole así, por el momento, a la mira del sistema.

La generación y la defensa de la vida no son una moda; son valores fundamentales para la raza humana.

Hoy, la moda considera a esos valores de la humanidad como enemigos e intenta imponer el nihilismo, la cultura de la nada, de la muerte.

Existe un nexo directo entre lo que decimos, hacemos y vivimos; es como sembrar y cosechar: no cosecharemos tomates si hemos sembrado papas.

Pero los deseos originarios del corazón también nos gritan que esto puede cambiar. No estamos condenados a ser espectadores, víctimas y victimarios.

La responsabilidad última es personal; es ahí donde se juega nuestra libertad.

La desestructuración cultural termina cuando cada uno de nosotros dice “yo”. Y para llegar a ese punto, necesitamos educarnos, de manera imperiosa.