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Lo que va de Maastricht a hoy

Grecia está cada vez más atraída por la fórmula argentina: “default” con una importante quita de capital e intereses de la deuda. Juan F. Marguch.

20 de junio de 2011 a las 12:01 a. m.
Juan F. Marguch (Periodista)
Lo que va de Maastricht a hoy

La idea original era crear un espacio económico común que avanzara a una sola velocidad. Es decir, todos bien integrados, todos disfrutando de la bonanza del comercio internacional, todos con fronteras abiertas para sus consocios, y generoso apoyo para los países más rezagados. Sobre todo los que habían pertenecido al derrumbado imperio soviético, que profesaron durante medio siglo el llamado socialismo realmente existente, que realmente nunca existió. Los tratados firmados en 1992 en la ciudad holandesa de Maastricht fueron la apoteosis de la ilusión, la esperanza, la buena voluntad de los pueblos europeos.Por un tiempo, todo funcionó muy bien. Pero había un error de perspectiva: lo que se juzgaba como grandes aciertos del ideario neoliberal de los tratados era una especie de epifenómeno de un fenómeno más concreto y circunstancial: la existencia de una inmensa masa de dinero que, a favor de la globalización, se desplazaba como una dorada marea por todo el planeta. Otra vez, como en el primer cuarto de los siglos XIX y 20, volvía a creerse en el crecimiento indefinido. El desarrollo era genuino y los países recién llegados a la Unión Europea (UE), que habían vivido la pesadilla de la economía centralmente planificada –que potenciaba el desarrollo de la industria pesada y dejaba en un interminable segundo plano a la industria de bienes de consumo– llegaron a la conclusión de que no era justo aguardar los largos años de la etapa de nivelación socioeconómica, previstos en Maastricht, para disfrutar del espléndido consumismo europeo. Incumplimientos. Así que esos países empezaron por incumplir los férreos límites en materia de endeudamiento externo y déficit de los presupuestos. Cuando Alemania rugía de indignación por esas transgresiones, y Francia, Italia y España le hacían sonoros ecos, algunos gobiernos ya actuaban como aconsejados por la Argentina y su manejo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Comenzaron a falsificar los datos macroeconómicos. Y llegó el momento en que todos los países miembros de la UE (excepción hecha de la rugiente Angela Merkel) estaban inmersos hasta las cejas en las falsificaciones estadísticas. Grecia iba al frente con la bandera. La crisis financiera del Nasdaq, que golpeó fuerte en la década de 1990, fue una especie de breve hipo, rápidamente superado. Pero la frágil estructura erigida con manipulaciones se derrumbó con la crisis de 2008, que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria.El turbión que hizo volar por los ventanales de los ministerios estadísticas y planificaciones arrastró consigo varios de los ensueños de Maastricht. La Europa de una sola velocidad era inviable; el financiamiento barato de los planes de nivelación pertenecía al pasado; el libre tránsito de las personas (del que los gitanos fueron excluidos desde el primer día de vigencia de los tratados) era imposible, porque todos los países tenían sus propios problemas de desempleo masivo, que castigaban con la mayor dureza a la juventud. Así que a 20 años de distancia de Maastricht, en Europa volvían a levantarse muros y barreras –caso extremo fue el cierre de la frontera franco-italiana, para evitar el pasaje de refugiados del Magreb, que huían de las salvajes represiones administradas por Muamar Kadhafi y asociados–; la ilusión de instaurar el euro como moneda internacional de referencia está postergada, lo que satisface plenamente a Gran Bretaña y a los países que le acompañaron en sus dudas e indiferencia respecto del potencial real de la moneda única.Y ahora, en otra vuelta de tuerca al ¡sauve qui peut! ("¡sálvese quien pueda!") que estremece al continente, se asiste al inimaginable espectáculo de Alemania confrontando contra toda la UE. Merkel y sus asesores consideran que un nuevo rescate para Grecia –que el año pasado consumió 110 mil millones de euros, lo que se demostró insuficiente (la deuda helénica supera los 300 mil millones)– no deberá ser afrontado por el Banco Central Europeo (BCE) sino que la segunda asistencia tendría que ser aportada en forma mayoritaria por la banca privada, tesis apoyada por Finlandia y Holanda y rechazada por el BCE y la mayoría de los países miembros de la Eurozona. Según Merkel y sus aliados, la máxima ayuda del BCE no podría superar esta vez los 30 mil millones. Para el BCE, con esa cifra se propagaría como un incendio en un pajonal reseco la imagen de la UE al borde de la quiebra, que ya comienza a ser catastrófica, como lo demostraron España y Bélgica, cuyas primas de riesgo sobre eventuales préstamos subieron con intensidad de tsunami.Una cumbre de la UE sesionará el jueves y viernes próximos, en procura de una fórmula de transacción que cierre la brecha abierta entre Alemania y el BCE. De momento, los principales estados auspician una ayuda de emergencia de 30 mil millones y un período de "madurez de la deuda" que se prolongaría hasta 2014; es decir, un refinanciamiento a mediano plazo y a tasas superiores a la actual. Pero Grecia está cada vez más atraída por la fórmula argentina: default con una importante quita de capital e intereses de la deuda, lo que quita el sueño de funcionarios del BCE y de la mayoría de los ministros de Finanzas, no así de los capitalistas griegos, que ya fugaron sus garbanzos en tiempo y forma, como si fuesen argentinos. Quienes ven más allá del escenario helénico, perciben un panorama más preocupante: el de la madurez de un colapso en la Eurozona. Salvo Alemania, naturalmente.