Lo que se dice, lo que se oculta y una verdad con barba
Estados Unidos está muy compungido porque se le escabulleron a la luz secretos (y mandaron “en cana” a periodistas, políticos y otras yerbas serviles). Alejandro Mareco.
Ya sabemos que estamos asentados en el mismísimo planeta de la hipocresía. No habrá ninguno igual. Así como volamos buscando un lugar en el cosmos de lo metafísico, así pasa que tenemos una idea muy simple de lo real. Muchas veces llegamos a tal punto que no nos da empacho deglutir mentiras y luego defecarlas como banderas. Es, a la vez, preocupante y curioso: curioso si estamos haciendo un país con luces de razón y emoción, y preocupante si lo que estamos haciendo, o pretendemos, es eso, un país hecho de mierda (confundir con la tan mentada frase “un país de mierda, esa es una de nuestras grandes tragedias”). Pasa eso, que muchas veces expresa el deseo frustrado de no haber construido el porvenir. Pero, antes del final, queda la buenaventura de enterrar lo que está vivo en un acto de supuesto y supremo gentil. Ésas son las simientes. Los ejemplos no bastan, sobre todo si acudimos a tantas guerras como las de antes, en las que al pueblo le tocaba el rol de carne de cañón, mientras la nobleza, o la burguesía después, pasaba sus tentempiés haciendo números de dominación, o no, según como fueran cayendo sus soldaditos de plomo en el mapa. O, lejos del plomo, según fueran cayendo las figuritas en las computadoras. Y las preguntas pueden seguir repiqueteando sin respuesta, tan sin respuesta que se parecen a las que se hacen los locos de un pueblo, a los que nadie les responde. ¿Dónde están las armas de destrucción masiva con las que supuestamente Irak arrasaría el mundo? Mentira. Nunca existieron las razones para matar, claro, y en nombre del paroxismo de la mentira, arrasaron a los pueblos que se les ocurrió. Estas ideas de grandes conflictos, con luces y con sombras, con muertes y sobrevivientes escaldados. Mentira, las razones para matar a veces son tan banales. Este pequeño reencuentro viene a cuento para hablar de uno de los temas de estos días: la razón de los cables difundidos por WikiLeaks. Es un show de chismes de conventillo, que nos ayuda a ver si vale la pena volvernos a mirar a los ojos con los que nos mirábamos antes. Tanto es así que uno no sabe si nos hace recelar de Estados Unidos o, por el contrario, si Estados Unidos, a través de estos cables, nos hace recelar de nosotros. Al fin, son revueltos de mercado. Palabras, palabras. Estados Unidos está muy compungido porque se le escabulleron a la luz secretos (y mandaron “en cana” a periodistas, políticos y otras yerbas serviles). Seguiremos leyendo de esta novela barata pero, mientras tanto, el que se va del poder es Lula, uno de los más grandes en este tiempo en que pensamos una América grande. América latina, esa gran verdad en la era de la mentira.

