Lo que no se puede enseñar en las escuelas de policía
En las escuelas de policía, ámbito donde se realiza el curso de ingreso de los futuros profesionales, la enseñanza en el manejo y uso del arma reglamentaria está incorporada al plan de estudios.
Por lo general, a este espacio se lo denomina “práctica de tiro”. Los instructores enseñan la parte teórica y práctica en la materia a los aspirantes a ingresar a la institución policial. También reglas básicas, entre las cuales se pueden mencionar la prioridad al resguardo de la integridad física de todos los actores intervinientes y la utilización como último recurso de las armas, premisas sobre las que se ahonda en las asignaturas afines y a las cuales se hace referencia en las otras asignaturas que componen el plan de estudios del curso de ingreso.
En el mismo curso, se enseña también la presencia de protocolos que regirán el accionar de los uniformados, incluidos aquellos que orientan específicamente en el uso de las armas de fuego.
Una vez ingresados a la institución, los policías deben continuar con los procesos de capacitación en la materia. Y en las instancias para ascender en las jerarquías correspondientes se vuelven a evaluar las condiciones del candidato en esta materia. Todo esto podría situarse en una dimensión teórica de las futuras acciones.
Luego hay que pasar a la dimensión operativa, la práctica, en la que las distancias con la teoría suelen ser abismales.
Primero, todo lo que representa para un individuo dejar de ser un civil para pasar al estatus policial, lo que genera un impacto en la persona que alcanza todas las instancias de su ser.
La investigadora Mariana Sirimarco, en su texto De civil a policía, aborda este fenómeno de “construcción de un sujeto policial por parte de las instituciones de ingreso”. Y este es uno de los aspectos que no se enseñan.
Luego, en cada institución juega un rol fundamental la propia cultura de la organización. Ese conjunto de normas –escritas algunas, implícitas muchas–, costumbres y valores deberían estar en sintonía con su visión y misión. Y aquí también teoría y práctica toman distancias pronunciadas.
Otro factor que no se enseña en las escuelas de ingreso es la cada vez más importante función de liderazgo en las distintas reparticiones. La impronta de los jefes para conducir a grupos de hombres y mujeres que, no obstante la existencia de protocolos, en la práctica dependen de su propio criterio para velar y hacer que se aplique la ley.
Debería crearse la asignatura “criterio para la toma de decisiones en segundos”, pero no existe ni existirá.
Por último, el contexto actual: representa uno de los desafíos más grandes de los últimos años en términos estratégicos para quienes tienen la responsabilidad en materia de seguridad pública. Ello genera presión adicional a quienes dirigen y ejecutan las tareas operativas de control de las medidas de aislamiento o distanciamiento social producto de la pandemia.
Emerge la posibilidad de una mayor “militarización” en las formas de relacionamiento con las sociedades a las cuales se pretende servir desde el ámbito de la seguridad, y con ello la tendencia de esa Policía a incorporar características propias de ese estilo: una opinión pública temerosa, mayor uso de la fuerza e intervención de tipo más coercitivo.
*Docente en la Licenciatura en Seguridad, Instituto Académico Pedagógico en Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Villa María

