Las llaves de la vida y de la luz
Siempre que necesitemos entibiarnos con el calor del origen, volveremos a las luminosas sensaciones de la palabra mamá. Alejandro Mareco.
Es posible que el universo no haya existido hasta el día en que estalló y comenzó su arrolladora expansión; luego, que la Tierra fuera sólo una bola ardiendo, puro fuego, hasta que una incesante y eterna lluvia trajo la gran bendición del agua.
Después, la vida. Y, entonces, la naturaleza desplegó su insaciable sed creativa para diseñar cuerpos y especies y grabó el sexo en los instintos para condenarnos a repetir el milagro, vida tras vida.
Es posible que las cosas hayan sido así. Cuando apagamos la luz, confiamos en el misterioso pero también poderoso sentido de toda esta inmensidad llamada cosmos, y nosotros, vivos en ella.
Desde que no nos enfrentamos a la inquietante oscuridad de la noche, hace ya mucho tiempo, dormimos un poco más tranquilos. Pero, a veces, los ojos bien abiertos en la quietud de la negrura pueden quitarnos la sensación de amparo y hasta de sentido.
De todos modos, como último refugio, nos queda nuestra experiencia existencial, contaminada de historia, de cultura y de pertenencia social.
Igual, siempre que necesitemos entibiarnos con el calor del origen, volveremos a las luminosas sensaciones de la palabra mamá.
Aunque nada recordemos, bien lo sabemos: ahí, dentro de su cuerpo, luego en sus brazos y frente a sus pechos, abrevando de sus jugos esenciales, fue que alcanzamos la vida.
Y no sólo la alcanzamos, sino que fuimos bienvenidos a ella: ser amado sólo por existir es, definitivamente, el aliento decisivo (por eso, tanto desaliento en los que se echan a andar sin ser amados).
Las certezas de esas sensaciones no nos abandonan jamás: están ahí, latiendo siempre con calidez hasta el final de los días, mucho más allá de la presencia o ausencia maternal. Y, como todo aquello que está latente, aflora en ocasiones especiales.
El Día de la Madre no es una fecha ni cósmica ni universal, sino una conveniente inspiración de visionarios comerciantes que entendieron que los sentimientos eran convertibles en regalos.
La misma intención marcó en el almanaque días dedicados al padre y al niño. Pero la madre puede arrogarse el título de reina de los sentimientos: después de Navidad, es la fecha más importante para la venta de regalos (y sin ayuda del aguinaldo).
En cuanto a los regalos, el sentido está dado porque somos parte de la sociedad capitalista y de consumo, pese a los tantos excluidos.
Quizá, hasta hace algunas décadas, cuantificar el valor y la intensidad de un sentimiento según el valor del presente era un asunto de las clases altas.
Pero la cultura en la que estamos inmersos ha terminado por convencer a la gran mayoría de que el lenguaje para expresar los sentimientos son los regalos (a mayor precio y marca reconocida, más intensidad).
Esto de los regalos no es sólo objetos y teoría, sino que en muchos casos se traducirá en emociones, en lágrimas de conmoción. Es decir, se convertirá en intensidad de vida, en uno de esos momentos de aliento esencial. Es lícito que así suceda: hay sentimientos expresados en un paquete con moño. Es la manera de comunicar sentimientos en cierto lenguaje de estos tiempos.
Madre Tierra, madre patria y madre, sólo madre, humana, mujer. Madres de sangre, madres del corazón, madres compañeras. No importan la época y el bienestar o el malestar de la cultura: tenemos madre constante y concreta, cósmica o de carne, etérea o de memoria, pero siempre tenemos madre.
Las madres tienen la llave de la vida.
Las madres tienen la llave de la luz.

