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Libertad y dignidad, por eso sangramos

No fue tan simple como abrir el paraguas e ir a la Plaza de Mayo a preguntar de qué se trata. Hubo que pelear, que sangrar y que morir para hacer una patria. Alejandro Mareco.

23 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Libertad y dignidad, por  eso sangramos

Quizá de tanto oírla, la palabra Bicentenario termine por abrumar. Pero más allá de su persistencia e insistencia en darle marco a un sinnúmero de iniciativas, productos, actos y hasta hechos políticos, cruzando en algunos casos la frontera del abuso, el concepto tiene el peso propio del tiempo que viene a derramar la conciencia de una vieja voluntad sobre los presentes, en esta tierra y en este instante.

Es muy probable -digamos seguro- que la fecha será impotente frente a las cosas que al día siguiente sucederán como han venido sucediendo. Esto será así para los que estamos hoy, haciendo el presente y tramando el futuro, como ocurre con las generaciones a las que les toca en turno vivir.

Pero no es tan sencillo como asistir al tiempo en su ordinaria versión de los días encadenados. El Bicentenario marca un hito gigante para los argentinos de todos los tiempos, en especial, para los hacedores del hito original, pues lo que viene a decir esta fecha es que aquella decisión sigue viva.

El 25 de Mayo de 1810 no nos hizo argentinos, pero disparó el devenir de la historia que nos haría finalmente argentinos, una vez que, fatalmente, se confirmaron fronteras internas en esa inmensidad que era la América española o la América morena, amalgamada por el idioma y la religión del colonizador, pero también por las tremendas ganas de romper las cadenas para convertirnos en seres humanos con aspiraciones de dignidad. Es posible que no tengamos idea de lo que encendía entonces la palabra libertad.

Y no fue tan sencillo como abrir el paraguas e ir a la Plaza de Mayo a preguntar de qué se trata. Hubo que pelear, que sangrar y que morir para hacer una patria. Cualquiera de los que murieron por el fuego del imperio español, despiadado como todos los imperios, acaso cerró los ojos pensando en la victoria, y que el tiempo confirmara esa victoria con el paso de los siglos. Y desde ese mismo día 25 hubo que pelear, sangrar y morir entre nosotros en la lucha por decidir un destino de país, lucha que, en otra medida, todavía nos estamos dando, aunque ahora pase por las urnas y la televisión.

Nuestra gran fecha, acaso, es el 9 de Julio, pues ahí no titubeamos ni ensayamos: le pusimos la firma a la decisión de ser libres e independientes de cualquier dominio extranjero. Fue, entonces, cuando nos largamos, definitivamente, a ser nosotros en un lugar del mundo y a través del tiempo. Pero el 25 de Mayo de 1810 fue la semilla de esa decisión.

Estos 200 años son un marca de orgullo que nos pertenece, pues no tendría ningún sentido si nosotros no insistiéramos en ser argentinos, no como si se tratara de una elección, sino de una afirmación de lo que recibimos como herencia, con profunda vocación de transmitirlo a quienes vienen detrás en el tiempo.

Somos varios pueblos los que celebramos el Bicentenario en estos meses. Y si es ahora que las brevas están maduras, por fin, es posible que volvamos a ser parte del gran pueblo latinoamericano. Es una cuestión de libertad y dignidad, como hace dos siglos.