Ley y afecto
¿Qué es lo que nos mueve a respetar las leyes? ¿En qué se basa el ordenamiento social que nos permite en cierto modo convivir en lugar de matarnos los unos a los otros?
De más está decir que el tema es inagotable, pero en estas breves líneas me gustaría corroborar una ancestral hipótesis que no puedo dejar de atribuir a una idea que aparece una y otra vez en la base de la tradición y de la filosofía judías.
Hay quienes sostienen que la obediencia a la ley se da sólo en los sistemas políticos donde el temor a ser castigado por su desobediencia tiene fundadas razones para que la gente no incurra en ningún delito. Ese miedo básico funciona a la perfección especialmente en los regímenes más opresivos, pero también es cierto que en regímenes más democráticos el monopolio del uso de la fuerza que el Estado ostenta es un claro regulador de la vida social.
Otros basan el cumplimiento de la ley sobre un discurso más utilitarista, donde la observancia de las normas termina por convenirle a quien así lo hace. Seguir el orden pautado sería entonces el mejor modo de progresar, ya que, si ando derechito, nadie debiera molestarme ni interrumpir mi camino al éxito. Esa conveniencia suele presentarse como argumento en las sociedades de corte más liberal y con un cierto desarrollo económico que garantiza que la obediencia a la ley sencillamente funciona.
El problema con ambos modos de basar las motivaciones del cumplimiento de las normas es que potencialmente estos son peligrosos. Si se basan sólo en el poder, ya sabemos que el poder corrompe y anula libertades. Y si se basa únicamente en el interés propio, la justicia y la compasión suelen llegarles tan sólo a unos pocos, pero nunca a todos o a la gran mayoría…
El modelo judaico, ya delineado hace milenios desde la misma Torá, es lo que denominamos “pacto”. Se trata de un sistema por medio del cual voluntariamente nos acogemos a una serie de valores que consensuamos como base moral para acompañarnos mutuamente en el desarrollo de nuestras sociedades. En este esquema, la confianza es una de las dimensiones esenciales para sostener la affectio societatis, ese pequeño y crucial deseo de compartir el destino de la porción que nos toca en la maravillosa obra de la creación.
Cada tanto vale la pena recordarlo.
* Rabino, integrante del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

