Las damas primeras: sobre esposas y campañas presidenciales
Se mueven con la impunidad que les da su “frescura” y hacen uso de su herramienta pública: humanizar a los candidatos mediante la fórmula de llevar la vida privada a la esfera pública.
Entre muchos otros condimentos destacados que nos va a legar la extensa campaña electoral de este 2015, uno es el rol protagónico que dio a las esposas de los precandidatos a presidente, tanto en los medios de comunicación como en parte de la opinión pública. Los movimientos de Malena Galmarini, Juliana Awada y Karina Rabolini son objetos de atención.
Este fenómeno puede ser entendido como una imprevista consecuencia de la personalización de la política y del poco peso que parecen tener las estructuras partidarias, que llevan a mirar con lupa los movimientos de los candidatos y su entorno. Pero, ¿cuán novedoso es este protagonismo de las esposas? Poco.
Está vigente en la memoria colectiva el renunciamiento de Eva Duarte y su centralidad en el armado político de Juan Domingo Perón a mediados del siglo pasado, ya sea gracias al manejo de la política asistencial o a su lugar en la política interna y en la imagen externa del país.
Tal como enunció en aquel discurso, Evita logró pasar a la historia como “una mujer que se dedicó a llevar al presidente las esperanzas del pueblo”, aunque fue mucho más que eso. Fue una operadora privilegiada que aceptó retirarse cuando, en kirchnerismo ilustrado, el “proyecto” así lo requirió. Arengó al pueblo y los principales líderes de la CGT, sabiendo los recelos y peligros que implicaban la fórmula Perón-Perón en la alianza gobernante.
Diferente fue el caso de María Estela Martínez, quien ejerció por breve tiempo la Presidencia tras suceder a Perón en la antesala del golpe de Estado de 1976.
Más cerca en el tiempo, el matrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández resultó una sociedad eficiente en brindarse apoyo mutuo. En 2001, apenas un dos por ciento del electorado metropolitano estaba dispuesto a votar a Kirchner (el consultor Carlos Fara lo medía desde entonces), pero Cristina Fernández era una legisladora con nombre propio y conocida en la zona metropolitana.
En otras latitudes, tenemos el caso de Hillary Clinton, que pasó de ser una esposa engañada a principal candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos.
Tan verosímil es la centralidad de las primeras damas que en la versión ficcionada del presidencialismo norteamericano, ilustrada por la serie House of Cards , la esposa del protagonista, Claire, aparece como parte nodal de la sociedad estratégica de los Underwood para llegar y mantenerse en el poder.
Estilizaciones aparte, Karina Rabolini lejos está del segundo plano que dice tener. Cabe recordar su rol estratégico en la campaña de Santa Fe, cuando se ocupó de apoyar y encaminar, a la luz de los resultados, la exitosa campaña de Omar Perotti.
También supo herir a Florencio Randazzo, el más relevante contrincante de su marido, Daniel Scioli, en la carrera por la presidencia dentro del Frente para la Victoria.
Con un uso inteligente y artístico de la política mediática, transformó un exabrupto del precandidato del riñón kirchnerista en un fuerte cuestionamiento a su integridad moral, y puso en juego su falta de valores, compasión y solidaridad con el prójimo.
Adentro y afuera
Sin embargo, el aporte que representa el rol estratégico de las esposas en las campañas de los precandidatos presidenciales tiene un costo personal alto cuando parecen subordinadas a las carreras de sus esposos.
La politóloga Malena Galmarini se define como madre y esposa a la hora de tomar decisiones relativas a su participación en las listas del Frente Renovador que conduce su marido, Sergio Massa. Es una “mujer de su casa”, que sólo pretende ayudar y acompañar a su esposo.
Si no hablamos de Juliana Awada, no es por su falta de protagonismo; antes bien es por el éxito que tuvo el macrismo en invisibilizarla luego del trágico incendio de un taller clandestino textil en el barrio porteño de Flores donde murieron dos niños.
Este siniestro puso la atención en la ineficiencia del gobierno de la ciudad de Buenos Aires para controlar estas instalaciones y echó sospechas sobre su uso por diferentes firmas de indumentaria, entre estas la perteneciente a la familia política de Macri.
En estas elecciones, sabemos que la vicepresidencia para cualquiera de los tres precandidatos con mayor intención de voto implica una decisión estratégica (como en otras). Aun falta que corra mucha agua, pero la contienda presidencial y el fin del cristinismo exigen acciones urgentes, y las esposas se han convertido en actores centrales en las campañas.
Con una capacidad de penetrar en espacios y ambientes no exclusivamente políticos, ellas juegan todo el tiempo con su condición de outsiders / insiders que escapan a los controles rigurosos de la corrección política.
Se mueven con la impunidad que les da su “frescura” y hacen uso de su herramienta pública: humanizar a los candidatos mediante la fórmula de llevar la vida privada a la esfera pública. Pero pueden tener roles estratégicos en el armado político. Todos los candidatos sacaron a jugar a este comodín que la ciudadanía no identifica como parte de la clase política, aun cuando es parte de ella.
Las esposas sólo suman, no hay pérdida en la ecuación. Si restan, desaparecen sin que nadie las extrañe.
*Politólogas, profesoras de las universidades de San Andrés y de Buenos Aires, respectivamente.

