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Las calzas de la habladuría nacional

Las calzas de Cristina, más allá de la polémica, también sirven para reparar en ciertos síntomas que revelan modos nuevos y también modales viejos.

29 de septiembre de 2013 a las 01:49 p. m.
Las calzas de la habladuría nacional

Las piernas y caderas de la Presidenta enfundadas en calzas negras desataron la tan frecuente habladuría nacional, que transforma hechos banales en cuestiones de Estado y viceversa.

Fue una imagen singular, de hecho: ver la figura tan entallada, es decir, tan ceñida a su piel, de nuestra mandataria, al parecer provocó una gran detonación en las impresiones visuales, cuya posterior interpretación también fue capaz de confundir sensaciones estéticas o “morales” con políticas.

Hubo quienes la acusaron de ponerse calzas para hacer que se hablara de ella y no de otros temas que no le resultarían muy provechosos, aunque, en consecuencia, ellos hablaron de las calzas; otros que, con estupor, se inquietaron moralmente por lo estrecho de la distancia entre lo que se ve y lo que está oculto en la mitad para abajo de la Presidenta, con gran preocupación por semejante estrechez, supuestamente inconveniente para el cargo.

Y hubo más: desde los que entendieron a esas calzas casi como una indecencia hasta los que reconocieron un sentimiento de admiración por la armonía de la anatomía sugerida.

Más allá de la imagen presidencial en cuestión, acaso un aspecto especial que podría rescatarse del gesto vestido de Cristina es la reafirmación del protagonismo de las calzas, pues no se trata de una prenda extraordinaria, de diseño ultraoriginal ni de alta costura, sino de una de las más populares entre las mujeres argentinas, al menos por lo que se ve en las calles y en los hogares de la capital de los cordobeses y de otras ciudades y pueblos.

Las calzas, por lo que uno presiente a simple vista, resultan de una comodidad tal para el cuerpo de las mujeres que no sólo recurren a ellas aquellas que están en condiciones de convertirlas en un atavío que trasunta sensualidad, sino que también las usan quienes no revelan las mejores formas pero que, vestidas así, parecen proclamar un grito de rebelión ante el supuesto trauma de no tener la silueta que se aproxime al paradigma de belleza, o simplemente de usarlas porque son cómodas, sin que esto signifique ni sumisión ni rebelión.

Pero las calzas no pasan indiferentes por las calles. Llevan consigo la marca de las mujeres de otro tiempo. Ya no son simplemente las sometidas a cierta demanda estética que hace que las que no puedan corresponderse con ellas traten de disimularse bajo ropajes que esconden las líneas de las siluetas.

Con o sin pequeñas faldas sobre ellas, las usan mujeres que no tienen las piernas de las chicas que las lucen en la peatonal, pero que no necesitan la aprobación de los ojos de nadie para sentirse cómodas dentro de una prenda generalmente de precios accesibles.

En las redes sociales, circula la comparación con el mismo ceñido estilo que tenían los pantalones de los próceres del siglo XIX, como Manuel Belgrano y Simón Bolívar.

La tentación, entonces, es comparar las complicaciones de la vestimenta de entonces, en especial para las mujeres que no sólo llevaban capas de faldas, sino también, llegada la ocasión, miriñaque, un armazón que le daba forma de campana a las polleras. Es decir, muy lejos de aquella simpleza que proponen hoy las calzas y que, por cierto, no dejan de despertar viejos retorcimientos machistas frente a una manera de andar despojada de prejuicios por parte de las mujeres de la multitud.

Las calzas de Cristina, más allá de la polémica, también sirven para reparar en ciertos síntomas que revelan modos nuevos y también modales viejos.