La sombra de la corrupción
En la década de 1990, la embajada norteamericana en la Argentina fue una fuente de información creíble sobre la corrupción del gobierno menemista. Claudio Fantini.
¿Otro signo de la decadencia del imperio norteamericano? Posiblemente. ¿Un muestrario de presiones y acciones indebidas? Seguramente. Pero también una fuente de información –l a Embajada de Estados Unidos– a tener en cuenta en lo referido a corrupción, narcotráfico y lavado de dinero. De hecho, el mejor periodismo argentino de investigación de la década de 1990 supo valorarla y utilizarla. La sede diplomática habría sido una de las fuentes para descubrir nudos de corrupción menemista. Desde que el embajador Terence Todman fue a la Casa Rosada, en diciembre de 1990, a denunciar pedidos de coimas al frigorífico Swift para "agilizar" trámites impositivos para el ingreso de maquinarias requeridas por la planta de Rosario, la legación puso la lupa sobre la corrupción. Y es probable que, de modo deliberado, haya filtrado información para que la prensa crítica de esa década –a la que un Carlos Menem pescado in fraganti acusó de "delincuencia periodística"– desnude negociados y delitos.La desconfianza hacia Menem habría comenzado durante su primera campaña presidencial, cuando habló de un puerto libre en la isla Martín García y de otras propuestas que a los sabuesos de la agencia antinarcóticos (DEA) sonaron a artimañas para facilitar el lavado de dinero, actividad que dejaba de tener a Panamá como sitio seguro.Eso explicaría, al menos en parte, el giro copernicano de Menem, quien inició su gestión pidiendo un ministro de Economía a la empresa Bunge y Born y continuó al proclamar el entonces canciller Guido Di Tella las indignas "relaciones carnales" con Washington. También es posible que, en aquellos acontecimientos, Estados Unidos haya comenzado a observar a Eduardo Duhalde como sospechoso de vínculos con el narcotráfico, lo que el periodista Hernán López Echagüe asentó en un libro. Por eso, no debe pasar inadvertida la mirada cargada de sospechas que afloró, mezclada con hojarasca y basura de todo tipo, en los informes revelados por el sitio WikiLeaks. Además, Jaime. Hay mucho de chisme patético y de observación superficial, pero en ese torrente de datos emanado de la Embajada norteamericana también se percibe una certeza contundente que desemboca en una pregunta inquietante: si teniendo los instrumentos para hacerlo, el Gobierno no actúa en forma adecuada contra el narcotráfico y el lavado de dinero, ¿es por ineptitud o por complicidad? De esa certeza y de su inevitable interrogante parten las miradas sobre el entonces ministro de Justicia (hoy jefe de Gabinete), Aníbal Fernández, y sobre presuntos movimientos financieros del matrimonio Kirchner en paraísos fiscales.En la Argentina, cuando la economía anda bien, la corrupción no importa. El problema es cuando chocan dos trenes, como ocurre con las revelaciones de WikiLeaks en el mismo momento en que lo hace el "caso Jaime".Nadie lo dice en voz alta, pero está en el pensamiento de todos: si Ricardo Jaime era tan corrupto como parece confirmarlo el devenir de la causa, entonces Néstor Kirchner también lo fue. Sencillamente, es imposible que haya actuado por cuenta propia el hombre que más tiempo duró al frente de la Secretaría de Transporte, récord conquistado a pesar de la multitud de sospechas que lo rodeaba. Con tantas sombras y acusaciones, quedó entre los funcionarios que la Presidenta heredó de su marido. Jaime cayó recién cuando se mezclaron los coletazos de la crisis global con la derrota oficialista en las elecciones de 2009. Y está claro que Kirchner no era un pusilánime que delegaba poder sin control a sus funcionarios. Podía no estar al tanto de todo en áreas como Ciencia y Tecnología (de paso, una de las mejores de la gestión), pero es absurdo pensar que quien manejaba una archimillonaria madeja de subsidios no era controlado por el jefe al que reportaba de manera directa. Si Jaime robó, sería "para la corona". Bajada de línea. El kirchnerismo tiene un eficaz aparato de propaganda. Cada bajada de línea que hace es repetido con puntos y comas en todos los niveles del espectro oficialista. Sobre la corrupción, los turbios vínculos con la minería y el negocio del juego, así como sobre la inmensa fortuna y el pasado político del matrimonio Kirchner, hay dos argumentos repetidos al pie de la letra. El primero, de corte histórico, señala que a los grandes rebeldes libertarios, como Juan José Castelli y Manuel Dorrego, también se los acusaba y difamaba. El segundo, más resignado, señala que la corrupción no es lo central sino lo secundario de este momento histórico. Por lo tanto, hablar de ella es hacer el juego a los "enemigos del campo nacional y popular". Para las usinas que "bajan línea", es todo un desafío responder a funcionarios españoles que hablan de "corrupción" en el Gobierno argentino, y a la pregunta inquietante que deja planteada la filtración de los papeles de la Embajada. Sobre todo, cuando el "caso Jaime" impone pensar en Néstor Kirchner. Los agregados de inteligencia de las embajadas suelen ver lo que el país donde se encuentran no percibe. Habría sido la Embajada de Venezuela la que descubrió el plan del dictador Jorge Videla de movilizar fuerzas hacia la cordillera. Por eso, Carlos Andrés Pérez advirtió a Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, y juntos plantearon el tema al Papa, quien finalmente evitó una guerra con Chile.Colombia, México y Brasil muestran que, por ineptitud o complicidad con los gobiernos, el narcotráfico desemboca en sangrientas guerras. Así deberían entenderlo las usinas de argumentos ideológicos.

