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La soberanía, más allá del territorio

Ni la luz de la vida ni la luz de la historia se derraman por azar: jamás iluminan a las almas umbrías que le temen al desafío de la claridad.

20 de noviembre de 2016 a las 12:01 a. m.
La soberanía, más allá del territorio

“Los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”. Semejantes palabras, cargadas de sentido criollo para mirar y decir, fueron forjadas en el fragor de pensamientos y corazones inflamados por la pretensión de ser un pueblo en la historia. Las escribió José de San Martín en una carta a Juan Manuel de Rosas en entusiasmado reconocimiento a la heroica resistencia en la Vuelta de Obligado, sobre el Paraná, el 20 de noviembre de 1845. Esa fecha, desde hace cuatro años, se marca en rojo en el almanaque como Día de la Soberanía (este año, el feriado se pasó para el lunes 28 de noviembre). Fue una batalla perdida. El despertar de casi todos los pueblos a la historia, en especial los latinoamericanos está hecho de batallas, victoriosas por cierto, pues de otro modo no habrían resultado nuevas naciones en el escenario del mundo. Pero a veces también se muestra el carácter en la derrota, como sucedió aquella vez. Las dos fuerzas navales de las entonces mayores potencias guerreras del mundo, Inglaterra y Francia, vinieron dispuestas a que nuestros ríos fueran de libre navegación, por la razón de la prepotencia. Pero en ese estrecho pasaje del Paraná se encontraron con una feroz resistencia y, aunque siguieron adelante, la aventura imperialista ya estaba frustrada. Aquel capítulo sobrevino luego de que las guerras de la Independencia nos hubieran legado un país (no pudimos ser una nación: Sudamérica quedó dividida), fue una de las primeras grandes muestras de autoestima argentina, más allá de la adversidad. Es que la hora de la adversidad ponía a prueba el carácter definitivo de la determinación original. No hacen falta cañones ni pelearse con nadie para afirmarlo: la soberanía no es sólo un asunto de territorio, sino –y sobre todo–, de mentalidad y convicción. Necesitamos de nuestra propia estima para mirarnos a nosotros mismos y sostener la mirada a los demás, incluidos los argentinos que no nos tienen ninguna estima. Ni cada hombre ni cada pueblo pueden construir un destino venturoso si no creen en sí mismos, si no sienten que se lo merecen, si no se aman lo suficiente, si no celebran su propia existencia. Ni la luz de la vida ni la luz de la historia se derraman por azar: jamás iluminan a las almas umbrías que le temen al desafío de la claridad. El porvenir es un horizonte que se conquista con el pecho y la frente al sol, con la sangre convencida de que se ha nacido para imponerse ante la adversidad y brillar.