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La puerta es una biblioteca circulante

Es un día de la semana. Lo recuerdo bien por la paradoja: mi madre me retira temprano de la clase de Lengua para que la acompañe a hacer unos trámites, y terminamos en una biblioteca.

18 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
La puerta es una biblioteca circulante

Es un día de la semana. Lo recuerdo bien por la paradoja: mi madre me retira temprano de la clase de Lengua para que la acompañe a hacer unos trámites, y terminamos en una biblioteca. Vamos caminando por la peatonal y estoy fascinado por la circulación azarosa y libertina de la gente afuera de la escuela en la que yo debería estar estacionado detrás de un pupitre, barriendo con el flequillo una blanquísima hoja Rivadavia.Voy con ella hacia la Biblioteca Circulante, una casona con dos o tres habitaciones atestadas de libros sobre la calle Deán Funes. Ella tiene que cambiar unos libros. Se trata de un universo aparte, con pisos de madera y estantes que trepan hasta el techo, una guarida segura donde viven textos uniformados de chaquetas verdes, a la que se accede por una escalera angosta.El lugar huele muy bien. En ese momento, yo no sé qué es ese olor pero me gusta. Se trata de una fragancia levemente agridulce con chispas rancias y suaves, un olor a pegamento viejo, a papeles amarillos.Todavía no sé bien qué es un libro, pero en los próximos años empezaré a darle batalla a un fantasma académico y excluyente de piel áspera, a fuerza de mover las páginas crocantes que me aguardan alineadas contra esas paredes y que no tienen nada que ver con el aburrimiento que me proponen los pizarrones.La escalera de ingreso desemboca en un palier mínimo donde hay una mesita pegada a la pared, un sillón viejo y un cenicero. La calle enmudece cuando los pies pasan el segundo escalón. Y apenas la puerta se cierra detrás de uno, estalla el silencio. Hipnosis Todo dentro de la Biblioteca Circulante es hipnótico. La sensación que se tiene es que la ciudad gira en torno de la biblioteca. En mi cabeza infantil, empieza a gestarse la idea de que la bautizaron con un nombre perfecto. En la sala principal del recinto, hay un escritorio presidido por un fichero. Junto al escritorio, un ventanal que da a la calle. Estamos en desnivel y la perspectiva hace que las cabezas de la gente del otro lado del vidrio pasen como melones sobre una cinta transportadora.Me gusta la mujer que hay detrás del escritorio. En mi imaginación, ella es la guardiana de un portal místico tras el que se esconde la posibilidad de una repetición infinita de mundos fantásticos. Ella y su fichero. Y sus tarjetitas con los nombres mecanografiados de los socios.Todavía no lo sé, pero esa mujer circunspecta va a ser mi guía en un bosque desconocido, aterrador y fascinante.Saludamos y mi madre devuelve dos libros. Yo miro mientras ellas hablan y comentan cosas que no entiendo. Me concentro en la cinta transportadora que va haciendo desfilar melones de manera intermitente. Miro también algunos estantes de las paredes que se han combado peligrosamente hasta tocar los libros que tienen por debajo.Mi madre está enganchada con novelas de autores con nombres llenos de consonantes. Lee una o dos por semana, las devora de noche, le da batalla con esas lecturas a su insomnio, así y sólo así puede soportar el departamento pequeño, la rutina demoledora, sus ganas de apostar por nuevos rumbos.Se está preparando –y no lo sabe todavía– para convertirse en la protagonista de uno de esos libros. Su espíritu está contaminado de voluntad ficcional –entenderé con el tiempo–, y eso hará que escriba sus propias páginas. Aventuras simples En ese momento, en el departamento donde vivimos, hay muchos libros. Varios de ellos se usan para nivelar las patas de las camas. Principalmente, los de filosofía. Nadie los lee. En mi casa, los libros de filosofía sólo sirven para mantener nuestros sueños en equilibrio. –¿Querés probar con alguno? –me pregunta mi madre, y le hago señas para que nos alejemos del escritorio.Hasta ese momento, sólo he leído revistas de aventuras. Y las cosas aburridas que me dan en el colegio. En la otra punta de la sala le digo que sí, que quiero algo pero que tenga sangre, sexo y fantasmas. Voy condicionado por kilos de revistas Nippur y D'Artagnan que hay en mi mesa de luz.Sólo sé que quiero algo que me dé placer y que me ponga en la otra punta del mundo que ha construido la maestra de Lengua a fuerza de hacerme leer a un escritor ciego cuyos poemas plagados de palabras extrañas me torturan en las clases de lengua. Quiero aventuras simples, palabras simples, cosas que se puedan entender y que me despierten emociones terrenales.Sexo, sangre y fantasmas es la anatomía de un Padrenuestro que me pinta de cuerpo entero, la radiografía de mi contextura vital. No soy más que eso. No quiero ser otra cosa. Al resto de los libros del mundo los puedo usar para equilibrar las patas de mi cama.Volvemos al escritorio, yo con las mejillas encendidas, mi madre masticando un chicle de menta. La mujer del fichero me mira, sus pestañas negras parecen un racimo de gotas de alquitrán.Mi madre traduce con eufemismos:–Algo sórdido… terrorífico. Literatura fantástica condimentada con toques picarescos –dice.La mujer sonríe apenas, los labios se desplazan replegándose hasta convertirse en una manga carmesí, rugosa, que descubre unos dientes blanquísimos. Los surcos de rouge que se concatenan para darle forma a su simpatía me hacen sentir raro.Decido seguirle el perfume de champú y mate amargo hasta las habitaciones contiguas. Mi madre se queda en la sala principal.Avanzo preguntándome quién se habrá tomado el trabajo de escribir todo esto que tenemos frente a nuestras narices. En mi cabeza torpe y rocosa, todos estos autores están fundidos en una mano única y permisiva, la antítesis del señor ciego que escribe poemas.En mi cabeza rudimentaria, es posible que haya una habitación extra en esa casona donde alguien esté, en ese momento, tipeando marcialmente página tras página estos libros verdes para llenar otros huecos en los estantes. Uno por semana Todos los volúmenes de la Biblioteca Circulante están forrados con una cubierta oscura que anula la ilustración original. No existen las solapas, las contratapas, las fotos del autor. Un ejército de tapas ciegas al servicio de una guerra absurda, silenciosa, interminable contra el enemigo que hace que repruebe Lengua. La mujer toma algo de un estante y me lo tiende. No sé qué hacer con el libro. No hay fotos, no hay dibujos, no hay indicios de qué es lo que espera agazapado detrás de la primera hoja. Levanto la tapa y leo un nombre y un apellido.–Es una novela de terror –me dice. Yo no contesto nada.Escuchamos la voz de mi madre. Quiere saber si hay algún libro de historia de príncipes rusos. Me quedo solo en la habitación.Repaso los demás lomos, seducido por la arquitectura caprichosa de los anaqueles. Nombres en letras doradas en la parte superior de cada lomo de cada libro, un cuadradito de papel con un número en la parte inferior. La cabeza me ruge en un caldo de cálculos inútiles. ¿Cuánto tardaría yo en leer todo esto? ¿Tengo que hacerlo?Vuelvo al escritorio. La mujer está completando algunos datos en un cuaderno de espiral. Me gusta ver sus uñas rojas que parecen cascarudos pegados a la lapicera. Sus pulseras tintinean a medida que escribe. La sensualidad con la que se muerde el interior del labio me confirma la sospecha de que voy a volver, independientemente de si consigo o no terminar de leer lo que me llevo.Ella me mira de pronto, sorprendiéndome:–¿Querés hacerte socio? Si ese que llevás no te gusta, podemos buscar otros. Acá, si algo sobra, son las opciones… y ya todos sabemos lo difícil que es encontrar un primer libro que nos guste. Me siento frente a ella y recito mis datos. No me molesta este compromiso que asumimos; yo deberé leer uno por semana, pero si no lo consigo, ¿a quién le importa? La realidad de la ficción Volvemos a la calle. Ya no somos los mismos. Deán Funes no es la misma. La pateamos con indiferencia, apretando nuestros libros viejos, los sueños que duermen entre esas páginas. La realidad de la ficción. La vuelta al mundo por la puerta de una biblioteca circulante. Esa noche me abanico los ojos en cámara lenta con la historia de un señor que regresa de un coma y descubre que tiene extraños poderes. Me vence el sueño antes de que pueda hacer girar la hoja número 20.Gracias a esa mujer cuyo nombre desconozco, tuve permiso para mojarme el índice 20 veces, por primera vez, sin medir las consecuencias.Volví a verla varias veces y jamás me animé a decirle que en todas las librerías del mundo deberían replicar su sonrisa. El colegio quedó empantanado en el recuerdo y lo reemplazaron otras obligaciones igual de feas. Pero aquel fichero desvencijado sigue comiéndose mi nombre cada vez que pienso en escaparme. Y agradezco en silencio la posibilidad de cerrar los ojos, abrir un libro cualquiera por la mitad y enterrar la nariz en esa profundidad donde el pegamento me lleva a una mañana en la que pude suspender por un rato la credibilidad y anclarme en la fantasía. Me siento privilegiado cuando puedo escaparme a ese mundo circulante en el que siempre hay una ventana. Me resulta fácil y cómodo arrellanarme en esa casona, que hasta tiene vista preferencial a la cinta transportadora por la que van desfilando, con intermitencias y sin libertad, todos los demás melones.